Extrañas compañías #2
—¿Tienes alguna poción para el frío?
—¿Y cómo crees que estamos aguantando?
—Necesitaré un par, así como algo de ropa.
—Las pociones son para mi gente.
—Podemos cazar para vosotros, para que no tengáis que salir. Os diré también que no os volverán a atacar, ya tienen lo que querían. Podéis empezar a hacer vida normal… —Me detengo, porque estoy diciendo una tontería de proporciones épicas—. Estáis a salvo, quiero decir.
—Llevas sus marcas —dice uno que tengo a la derecha, fijándose en las manos que he alzado sin darme cuenta.
—No creo que sea el momento de ponerme a dar explicaciones, tenemos comida y cazaremos para vosotros a cambio de lo que he pedido. Creo que es una propuesta generosa.
Se tensan más con las pisadas de mis compañeros, aunque agradezco la presencia de Éomar porque negociar se me da tan bien como cavar una zanja con los dientes.
Le pido que les enseñe los conejos y no tarda en lanzar un par a los pies de la curandera, que se agacha con cautela.
Fel’nis descubre el rostro de Mircea para que vean que no he mentido y la mueca que la vieja nos dedica se suaviza un poco.
—De acuerdo.
—¿Estás loca, Thara? ¿Los vamos a dejar entrar, sin más? ¡Tiene sus marcas!
—Y tiene comida. —Señala un rincón—. Dejadla ahí y que solo se quede uno. No os dejaremos entrar hasta que traigáis más.
Éomar hace un gesto para que me quede y Fel’nis deja a Mircea donde han indicado.
Regresa con mucha parsimonia al portón, tomando en consideración a cada uno de los humanos por si se les ocurre faltar a su palabra.
Lo aseguran una vez se han marchado y me siguen con sus flechas, cuando voy tras la curandera.
Uno de ellos ha descartado el arco y se ha hecho con una lanza.
Hay otros en peores condiciones que Mircea; sus toses rebotan en las bóvedas mientras observo a la curandera, que le está tomando el pulso.
—Estará muerta de aquí a un par de horas.
—¿Puedes impedirlo?
—Creo que sí, pero no prometo nada. —Se gira hacia el de la lanza—. Trae más agua de la terma, aunque lo mismo tenemos que meterla en ella.
—No vamos a cometer sacrilegio por una…
—¡Ya hemos cometido sacrilegio! ¡Nos hemos metido todos y que yo sepa, no hay ni un sacerdote vivo! No creo que a Astharoth le importe lo más mínimo.
El hombre que se acaba de llevar los gritos le entrega su lanza al que tiene más cerca y da media vuelta, dedicándome una mirada desdeñosa.
Se la devuelvo y me agacho junto a la curandera, que me deja claro que no me quiere tener tan cerca.
Me muevo un poco y esperamos a que vuelvan con el agua caliente, con la que empieza a frotar la cara y el cuello de Mircea.
Despacio, para devolverle la temperatura.
Sus toses la alarman, dice que le cuesta respirar y que va a tener que reposar su medicina un par de días, como mínimo.
Suelto un suspiro de alivio, porque quiere decir que sobrevivirá.
—He visto a esta chica antes —dice mientras vierte medicina en su boca, sirviéndose de un gotero—. Estuvo aquí hace unas lunas, con una compañía… extraña.
Pestañeo y asiente, concentrada en lo que hace. Una parte de mí no quiere seguir preguntando, pero no logro atarla en corto.
—¿Extraña?
—La acompañaba uno de los tuyos, tenía los ojos muy verdes. —Trago saliva y parece que repara en lo mucho que me cuesta hacerlo, pero continúa de todos modos—. No se quedaron más de una noche, aunque sirvió para que no nos gustasen.
El pulso se me acelera y crispo la mano que cierro en la rodilla. Si lo hago más fuerte soy capaz de desencajarme la rótula.
—¿Por qué no os gustaron?
—Algunas personas tienen un cierto tipo de energía que se les pega, aunque no lo quieran.
Fueron agradables con la gente de la posada, especialmente el mestizo.
Tenía unos modales muy refinados y una facilidad de palabra…
¿Cómo decirlo? No sé, recordaba a los poetas.
Ella lo miraba como a un Profeta, como si el mundo y sus misterios se hallasen en la palma de su mano, con una fascinación pasmosa.
No hicieron nada cuestionable, pero la he recordado por eso.
—¿Estaban… enamorados?
—Oh, sí. Y tenían una energía enigmática, muy oscura. Ella me rozó la mano y sentí un escalofrío especial. No creo que vaya a olvidarlo nunca.
—¿Habló contigo?
—Un poco, necesitaban una poción saciante para él. —Me mira un momento y resopla—. Te estás haciendo polvo la rodilla.
Me importa un carajo, en este momento solo estoy pensando en abrirme la cabeza contra uno de los altares y desparramar mis sesos sobre la víbora a la que incomprensiblemente amo, que viajaba con Negramuerte mucho antes de conocerme.
Ha fingido todo este tiempo que solo lo conoció de pasada en Sorash y me planteo que haya fingido todo lo demás.
Recuerdo sus juegos de celos, recuerdo sus risitas, recuerdo que apenas me dejó beber su sangre la última vez que hicimos el amor y me siento como un imbécil por haber pensado que solo eran chanzas.
Todo en lo que creo se está derrumbando mientras observo cómo la curan, agazapado junto a un camastro desvencijado en un templo que huele a muerte. El lugar adecuado para el declive de mis esperanzas renovadas.
¿Pero por qué nos ha traído hasta aquí, sabiendo que la recordarían? Puede que lo haya hecho para salvar la propia vida, que ni siquiera haya pensado en cómo resolverlo después. No sería propio de ella, es cauta y muy astuta.
Permanezco en silencio, conteniendo las lágrimas como una tormenta en una botella, hasta que regresan los demás.
Mi rechinar de dientes es tan obvio que las toses de los enfermos apenas lo ocultan, estoy al borde de un colapso que me acerca a la oscuridad de la que llevo huyendo desde que la conozco.
Apenas me entero cuando Éomar se acerca y comenta que ya no tiene los labios negros, que han cazado todo lo que han podido encontrar y que la noche casi se nos ha echado encima, que no será seguro desplazarse hasta el día siguiente y no se qué mierdas más acerca de utilizar el templo como base de operaciones.
Se pone en cuclillas frente a mí y se da cuenta enseguida de que algo va mal, puede que se deba al sudor que me perla la cara o a que ha visto a las mismísimas Nueve Furias en mis pupilas dilatadas.
—¿Qué pasa?
Me estoy acordando de lo que nos hemos confesado por la mañana, de todas las palabras bonitas que siempre le dedica a Mircea, de cómo se abrazó a él anoche y le pidió disculpas por no haber confiado en él.
No confía en nadie, me clavó los colmillos por vete a saber qué y ha jugado su papel a la perfección, dándome lo que necesitaba desesperadamente y acercándome a Shal’karath.
Libero un rugido truculento, apuñalado por las frías lágrimas que se me acumulan en las pestañas.
Éomar me pone una mano en el hombro y musita mi nombre, antes de llevarse un empujón.
Me sigue de todos modos, mientras me dirijo al portón como una saeta.
—¡Lazor!