Extrañas compañías
EXTRAÑAS COMPAÑÍAS
—Solo nos desviaríamos un par de millas.
—Un par de millas es mucho.
—Mírala, Z’na.
Mircea ya ni siquiera tiembla bajo las mantas, con la mejilla apoyada en el omoplato de Fel’nis.
Sus labios han pasado a un tono mucho más oscuro y apenas tiene fuerzas para rodearle el cuello.
Le hemos preguntado si conoce alguna población en la que podamos encontrar a una curandera y ha dado vagas indicaciones, porque le cuesta no quedarse dormida.
—¿Y con sangre no aguantará?
—No podemos seguir debilitándonos así, tanto Lazor como yo — dice Éomar—. Si nos atacasen ahora, todo recaería en ti y en Fel’nis, así que os necesitamos enteros.
—Porque la orgía de mordiscos de anoche no ha tenido nada que ver.
Me rasco la nuca y me miro los pies, cuando tiene razón me hace sentir como un chiquillo de cinco años. Éomar abre la boca para replicar con alguna pulla, pero se lo piensa.
—No hemos sido responsables, pero hay que centrarse en cómo lo vamos a solucionar.
—Un poquito de puta planificación antes de echarnos a las montañas habría venido que ni pintado. Si no me hubieseis expulsado os habría avisado de que la humana no lo iba a conseguir —masculla la guerrera.
—Mircea perdió su petate antes de llegar a Urrik. Por mucha planificación que hubiese…
—¿Y dónde coño están los demás? Son más amigos tuyos que míos —me interrumpe y mira a Fel’nis, que aprieta los labios en un gesto de reprobación—.
Los exploradores de Shal’karath se tienen que estar descojonando, no me extraña que nos ataquen.
—Se frota una ceja congelada y fija la vista en la pendiente que nos conduciría hasta la curandera—.
Y no me gusta que se rían de mí, así que iremos.
Éomar asiente y me tengo que contener para no recordarle a Z’na que ni siquiera tendría que estar consultándolo con ella.
Todo va recayendo en su liderazgo, porque mi maestro está demasiado cansado para discutir.
Fel’nis celebra su decisión en silencio y le dice algo a Mircea, que contesta con un amago de sonrisa, más parecido a una mueca de dolor.
Es el primero en echarse a la pendiente, embutido en pieles y mantas.
Parece mucho más grande de lo que ya es.
Z’na bufa y los sigue, pero no ha terminado; la bronca continúa hasta que alcanzamos a ver la pequeña población de la que ha hablado Mircea, una suerte de amasijo de chozas sepultadas por la nieve y lo que parece un campanario o la aguja de un templo.
Dos millas letales que no nos aseguran que Mircea lo conseguirá.
Un letrero maltratado por el clima nos saluda con un golpeteo violento, colgado de la única argolla que impide que salga volando.
Fel’nis lo levanta un poco para que podamos ver el nombre de la aldea y le pregunta a Mircea si estamos en el lugar correcto, porque parece abandonada.
No contesta, apenas puede abrir los ojos.
—Hay humo saliendo de una de las chozas.
—De tres —señala Z’na, yendo en cabeza.
El campanario que me pareció distinguir no posee una campana, puede que se la hayan quitado para que el viento no los torture o que la hayan robado para fundirla y vender su cobre.
Esto se parece más a un campamento de bandidos que a otra cosa.
Z’na se acerca a una portezuela llena de escarcha y emplea los nudillos para llamar; lo hace cuatro veces hasta que percibimos que alguien se mueve al otro lado.
—¡Necesitamos ver a la curandera! ¡Nuestra amiga está muy mal!
—¡Marchaos!
—Puedo echarla abajo, he llamado por decoro.
La puerta arrastra el pequeño muro de nieve que se ha formado enfrente y la cabeza de una humana adolescente asoma un poco.
Tiene los pómulos hundidos y parece en peores condiciones que Mircea, pero sus ojos se llenan de una vitalidad propia del miedo cuando se fija en los de Fel’nis, que son de un azul tan intenso como los de su hermana.
Suelta un chillido y trata de cerrar la puerta, pero la mano de Z’na la retiene sin esfuerzo.
—¿Has visto a otros como nosotros?
—¡Monstruos! —Sigue tirando de la puerta.
—Eso es que sí. Te diré que no tenemos nada que ver con los rh’zir que acampan cerca de aquí, y que de hecho los estamos cazando.
Un niño raquítico trata de ayudar a la muchacha, con el cabello tan alborotado y sucio que parece una boñiga de vaca. Me agacho para tratar de tranquilizarlo, pero chilla y cae de culo.
—¡Mira a la humana que llevamos, so zopenca! —brama Z’na, señalando a su espalda con el pulgar—. Si fuésemos como ellos nos la estaríamos comiendo, en lugar de pasearla.
—Un momento.
—Quédate donde estás, Éomar.
Mi maestro agarra la puerta también y echa a Z’na a un lado con el codo, soltando un sutil gruñido que hace el amago de ponerla en su sitio. Luego busca los ojos de la muchacha, que sigue empeñada en que nos vayamos.
—Tenemos comida.
La chica musita que tiene hambre y mira al niño, que se ha escondido tras sus faldas y berrea.
Éomar le dedica una sonrisa cálida y chasquea los dedos para que hurguemos en su petate y saquemos uno de los siete conejos que nos quedan.
Le entrega el bulto ensangrentado y la muchacha da las gracias al tiempo que suelta la puerta y se hace a un lado.
Nos recibe un fuego paupérrimo. Por la ausencia de muebles intuyo que los han usado para calentarse. El niño no se suelta de la falda de la chica, mientras ésta desenrolla el conejo y empieza a clavarle un par de palos, con la torpeza de sus dedos congelados.
—Será mejor que os lo comáis crudo, os nutrirá más —dice Éomar, manteniendo las distancias—. Cierra la puerta, Z’na.
—Mejor me voy a preguntar…
—Entra y cierra —ordena sin levantar la voz, pero el siseo que la acompaña avisa de que se le ha agotado la paciencia.
Z’na contesta con un brusco empujón, de suerte no ha partido la puerta en dos.
Mircea musita algo en respuesta, aunque puede que se deba a que tiene un pie en la morada de Oniros.
Me acerco a ella para retirarle la escarcha del pelo y de la cara y susurro que ya estamos en la aldea, ignorando la mueca de la guerrera a la que cansan mis afectos; quiere que atienda a lo que ocurre a cinco pasos.
—Estamos buscando a la curandera, mi amiga dice que tenéis una.
—Puede que esté en el templo, pero lo más probable es que haya muerto. No hemos salido para comprobarlo.
—¿Cómo te llamas?
—Uyma.
—¿Hace cuánto que os atacaron, Uyma?
El niño me recuerda a uno de esos perros callejeros que se encuentran en todas las ciudades grandes, mientras devora la pata del conejo y se embadurna los párpados de sangre. La chica lo acompaña, aunque está procurando dejar la mayor parte para él.
—Hace tres días, se llevaron a nuestra madre… A casi todas las mujeres. Apilaron a los hombres a las puertas del templo.
Su historia me suena. Se llevan a las mujeres para comérselas y para los ritos de G’lar, es una suerte que esta les haya pasado desapercibida. Éomar suelta su petate y le entrega otro conejo, ignorando las quejas de Z’na.
—¿Cuántos eran?
—No me acuerdo, nos escondimos en el sótano.
—Trata de hacer memoria, es importante.
—Puede que treinta, quizá más.
Se vuelve para mirarme y asiento, porque me está recordando horrores a todo en lo que participaba hace un tiempo. Mi estómago vuelve a hacer de las suyas y contengo una arcada contra el puño.
—Muchas gracias, ya nos vamos.
Nos acercamos a la puerta y la muchacha alza una mano.
—¿Los vais a matar?
—Puedes estar segura.
Caminamos un poco más y suspiro al ver la pila de cadáveres que ha sepultado la nieve, la habríamos confundido con un simple montículo de no ser por los mechones de cabello que asoman aquí y allá.
Forma una cuña en torno a los escalones del templo, que sorteamos.
Esta vez no lo han quemado; puede que tengan una agenda apretada, que ahora les dé pereza o que hayan querido variar un poco.
Me horrorizo por mi propia ocurrencia, pero el humor es tan necesario en esta ocasión como en cualquier otra y hubo un tiempo en el que de hecho lo habría dicho hasta en voz alta.
El hielo cruje bajo mis pies cuando nos acercamos al portón, que está sellado a cal y canto.
Éomar hace una seña para que compruebe la parte de atrás y Z’na me acompaña, aunque no creo que la vaya a necesitar.
El portón que se balancea y da golpes tiene una brecha en diagonal y está sujeto por lo que parece una viga. Esquivo una flecha cuando me asomo, de suerte no me alcanza en un ojo.
—¡Ni un paso más, apóstata!
Hemos apoyado la espalda en el portón y espero a que se acerquen para contestar:
—¡Hemos venido a ayudar! ¡Tenemos comida!
—¡A otro perro con ese hueso!
—¡Somos amigos de Uyma!
Silencio. Quejidos y bisbeos. Más silencio.
—¿Uyma sigue viva?
Tienen tanto miedo que se han atrincherado sin siquiera arriesgarse a comprobar si hay otros con vida. Chasqueo la lengua y me acerco al hueco que tengo a un palmo de la cara.
—¡Y le hemos dado dos conejos! ¡Abre y te daremos más!
Intuyo que por lo menos debe haber cuatro personas tratando de mover la viga.
Tardan mucho en hacerlo, deben estar tan famélicos como la chica.
El portón gime y las puntas de flecha centellean a ocho pasos, esgrimidas por tres hombres.
La única mujer que se encuentra con ellos sostiene un cuchillo de trinchar, sus manos nudosas tiemblan como un junco en un arroyo.
—Cuidado, apóstata, tenemos buena puntería para los ojos y sabemos que funciona con vosotros.
—Ve a avisar a los demás, Z’na —ignoro la amenaza.
—¿Hay otros? —La mujer alza más el cuchillo.
—Una humana viene con nosotros, necesita toda la ayuda que le podáis ofrecer. Dijo que contáis con una curandera.
—Estás hablando con ella, pero no veo ningún conejo.
—Mi líder los traerá. —Vuelvo a hacerle un gesto a Z’na.
La guerrera farfulla una ristra de improperios y las puntas de flecha la siguen hasta que desaparece. La sigo oyendo mascullar un poco más y una flecha me pasa por el hombro cuando doy un paso. Tienen la peor puntería del mundo, eso que me llevo.