Las palabras no bastan #3
—Ha sido una noche para el dolor y cualquier dolor vale —murmura Fel’nis, como si se lo estuviese diciendo al conejo que sangra en su mano—. No nos corresponde juzgar, Z’na.
—No juzgo, solo pregunto.
—Juzgas, todo el tiempo. —Suspira y la mira como quien atiende a una tarea tediosa.
—Qué rápido te enfadas cuando se acaban los arrumacos —masculla ella, antes de dar otro bocado—. Come, Lazor.
—No tengo hambre.
—No te lo estoy sugiriendo.
—No tengo…
—Respeta la puta jerarquía porque no tengo el día para andar repitiéndome. Si te digo que comas, comes.
Obedezco, aunque me sepa a cenizas y a alcohol de quemar.
Mastico con la boca muy abierta y trago con un rictus que expresa lo mucho que me cuesta, viendo cómo Z’na pone los ojos en blanco y se levanta para despertar a Éomar.
Se sirve del pie para hacerlo, el gesto más afectuoso que se puede esperar de ella.
Mi maestro gruñe y se aferra más a Mircea.
—Me estoy cansando un poco de ser la columna en la que se recuesta todo el mundo.
Yo también tengo derecho a dormir y a cagarme en todos los dioses juntos, pero no me ves hacerlo porque los líderes no podemos permitírnoslo.
—Echa las mantas a un lado y rompe a reír—.
Sí que os habéis tomado en serio lo de calentarla.
U’hrk tiene que estar revolviéndose en el hielo, nos deja y nos da por follar como los conejos que hemos traído. —Le vuelve a dar con el pie—. ¡Arriba!
Soy muy consciente de lo que debe parecer, pero nada más lejos de la realidad. Éomar sigue tan cabreado que la sola idea de tocarla de ese modo le haría gritar hasta el próximo siglo. Compruebo con espanto que el humor ácido de nuestra compañera me acaba de sacar la sonrisa más insospechada.
—¡Z’na! —Fel’nis la reprende, retorciendo un conejo para no retorcerle el pescuezo.
—¡Y tú! ¡Eres un Reid, allí y aquí! —Le arroja su petate—. ¡Deja de lamentarte cual costurera, cómete tu ración y empieza a recoger!
Fel’nis patea el petate y empieza a devorar con las pupilas clavadas en ella, decidiendo que no merece la pena replicar.
Lo imito y me esfuerzo en retener lo que voy tragando, el estómago me ruge como si me estuviese deshaciendo por dentro.
Me palmea el hombro cuando se levanta y hace un comentario acerca de las ganas que tiene de que Shal’karath nos mate a todos, contesto con una sonrisa ladeada y se aleja para seguir discutiendo.
Mi estómago no mejora cuando dejamos el claro y bordeamos los acantilados, pero Mircea se encuentra mucho peor; da indicaciones con una mano temblorosa, recostada en mi espalda.
Éomar se ofrece a cargar con ella y sacudo la cabeza, porque no está en condiciones de arrimar el hombro.
La acaba llevando Fel’nis y hace que parezca que no pesa nada, se mueve con el brío del viento que no da tregua y le da conversación para que no se duerma.
Z’na camina a su lado y ha dejado de gritar órdenes hace un rato, ahora se ha decidido por unas chanzas que nadie entiende.
—Quiero decirte algo —oigo susurrar a Éomar. Lo miro brevemente y aparto un cúmulo de ramas para que pase delante—. Yo también te he mentido.
Camino más despacio, porque no estoy seguro de que Z’na no vaya a oírnos. Fel’nis está hablando a gritos y el viento carga con sus propias voces, pero no quiero que continúe.
—En otro momento.
—No hay otro momento —replica, taciturno—. Cuando lleguemos a La’Miel no habrá más momentos.
—De acuerdo, escúpelo.
—Sospeché de ella también. —Arqueo las cejas y asiente—.
¿Y sabes por qué no dije nada? Porque no soy un verdadero guerrero, me dejo llevar por esto, como tú.
—Se señala el pecho—. Esto es lo que nos ha empujado más lejos que a nadie, lo que acabará con la tiranía de Shal’karath, lo que la protegió cuando la mente dice que no debes.
Y esto me dice que podemos confiar en ella.
El asesinato de nuestro compañero me pesa cada vez más, de haberle dado a Mircea la oportunidad de explicarse es posible que mi maestro la hubiese protegido de ellos. Quién sabe lo que habría pasado con el resto de la cuadrilla, pero me habría apoyado.
—Pensamos del mismo modo y admito que es muy distinto a cómo lo hacen ellos, entiendo que tuvieses miedo.
—Señala a lo lejos con un movimiento de barbilla—.
No me malinterpretes, palurdo, se me ha pasado por la cabeza empujarte por ese acantilado, ¿pero qué sería de mí sin ti?
Y entonces me pregunto: ¿Pensarías lo mismo, si me pasase algo?
Ya se ha mostrado vulnerable conmigo, pero esto es otro tipo de vulnerabilidad.
Me está preguntando si le echaría de menos, si alguien le echará de menos en caso de que todo fracase.
Mi sangre se lo ha confesado, pero necesita oírlo.
Se echa el cabello tras la oreja y tropieza porque no deja de mirarme.
Le sostengo para que no caiga y esbozo una sonrisa escueta.
—Ya van dos noches de abracitos… ¿Y te lo preguntas?
Resuella al devolverme la sonrisa y la expresión taciturna lo abandona. Se muerde el labio incluso, si fuese un drazir con rabo lo estaría agitando.
—Vamos, antes de que Z’na nos mueva a patadas.