Las palabras no bastan #2
Ni siquiera se lo piensa. Hunde los dientes en mi hombro, las palabras no bastan y es como si quisiera arrancarmelo.
Mircea trata de separarlo de mí y bramo que no se acerque, lo hago tan fuerte que retrocede y contiene un chillido; me preocupa que se eche sobre ella si lo vuelve a tocar.
Dejo que me desgarre, que llore contra mí, que me hiera de todas las formas posibles.
No, las palabras no bastan. Tienes que verlo todo, tienes que sentirlo todo.
Quizá así me perdones. Me estremezco y reprimo un grito por la inquina de sus mordiscos, pero me entrego a ella.
Su puño está por romperme las costillas, me golpea mientras bebe y el brazo con el que me agarraba el cuello se ciñe a mis dientes.
Balbucea una súplica rota, quiere que me una a su agonía.
Mi sangre le confiesa que maté a U’hrk para no tener que matar a nadie más, para no tener que enfrentarme a él.
Le confiesa también que los amo con una pasión desgarradora, que no puedo soportar el pensamiento de perderlos.
Su sangre me confiesa que me ama del mismo modo, que le salvé la vida y que por ello no dejará de salvar la mía.
Nuestras violentas confesiones sofocan el llanto de mi compañera, que no sabe si nos estamos matando mutuamente.
Imagino que para ella debe ser grotesco, pero es lo más hermoso que he compartido con él.
Mi silueta se funde con la de Éomar en su iris vidrioso, se arroja sobre él y recibe la suya con la misma impaciencia.
Sangramos en el otro, nos revolvemos en este caos de decepción y amor descarnado hasta que lo demás desaparece.
Siempre has querido que crea en algo y esta es la devoción con la que te idolatro, Mircea… Y Éomar es ahora parte de ella.
La buscamos al rato, tan magullados como exhaustos, para echarnos a cada lado. Sus dedos pasan de mi mejilla a la de Éomar y oigo cómo le pide disculpas cuando cierro los ojos, se vuelve hacia él y susurra:
—¿Me odias por lo que ha pasado?
—No —masculla, adormilado.
—¿Y estás enfadado conmigo?
—Sí.
—¿Para siempre?
—No.
—¿Me abrazas?
Pasan tres latidos hasta que la estrecha contra él, con tanta fuerza que le saca un quejido.
Z’na vuelve con las primeras luces y la sigue Fel’nis.
Llevan una ristra de conejos en cada mano, como si hubiesen estado toda la noche buscándolos.
Los sueltan cerca de las ascuas de la hoguera y se sientan en silencio; Fel’nis suspira y empieza a despellejar uno.
Mircea oculta la cara contra el pecho de Éomar, se ha alimentado de él hace un par de horas y han entrado juntos en la morada de Oniros.
Crujo el cuello y salgo de entre las mantas para recoger mi ropa, que sigue húmeda.
Mascullo un improperio mientras me la pongo y me froto la nariz con la mano, porque me está moqueando como tiende a ocurrir con mi compañera.
Mala señal, si estoy enfermando es que no me alimento bien.
Puede que también se deba a toda la conmoción de hace unas horas, cuando me llenaba de la melancolía de Éomar y rozaba las puertas de la casa de la muerte.
Me mareo al erguirme más y Fel’nis pregunta si me encuentro bien.
Se da cuenta de lo absurdo que ha sido a media frase y sigue despellejando conejos.
Nos queda un día más de caminata y todo apunta a que atacaremos solos, a que el temporal ha retrasado a los refuerzos que seguían a los hermanos.
Aprieto los dientes mientras caigo en la inclemente certeza de que todo pende de un hilo.
Mi maestro ha decidido encubrirme, aunque no lo haya expresado con palabras, por lo que ahora toca compartir la mentira que se sostendrá por tanto tiempo como su voluntad tarde en quebrarse.
Ya se ha quebrado bastante, tanto que me planteo cuánto más aguantará sin otra intentona por un acantilado.
Ignoro si mi sangre le ha mostrado todo lo que U’hrk compartió conmigo, pero su cariño por Mircea no se ha visto afectado.
Lo que siento es muy distinto, supera al cariño y empieza a darme más miedo que el Juicio de los Hados, porque soy el maestro del autoengaño y las dudas no se han ido a ninguna parte, mucho menos después de haberlas oído en boca de otro.
Me obligo a pensar en el día que nos espera y en cómo actuaremos sin los guerreros con los que contábamos, para colmo me he cargado a uno de un valor incalculable.
Repito el improperio y me siento porque las rodillas me tiemblan, al tiempo que echo mano de un conejo y me dispongo a ayudar a Fel’nis.
Me mira de soslayo y me lo devuelve, añadiendo algo así como «vaya puto día nos espera».
Z’na lo secunda con un suspiro y da el primer bocado, sus pupilas yendo de mí a la espalda de Éomar, que asoma un poco bajo las mantas.
Se está fijando en las marcas de mis mordiscos.
—¿Os habéis peleado?
—Algo así, sí.