Rojamuerte Las palabras no bastan
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Las palabras no bastan

LAS PALAbrAS NO BASTAN

Nadie interviene cuando Fel’nis empieza a destrozarse los nudillos con los árboles; no llora, pero suelta unos rugidos tan tortuosos que es como si lo hiciese. El bosque se tambalea con él y se pierde entre la bruma que ha dejado la tormenta. Lo mejor será que dejemos que lo haga.

Z’na lleva un rato mirando el fuego que nadie se ha acordado de apagar, tiene los ojos vidriosos y rodea sus piernas con los brazos.

Murmura para sí de cuando en cuando y arruga el entrecejo; puede que esté tratando de encontrarle algún sentido a lo ocurrido.

Es sorprendente que todavía no se haya levantado para sacármelo a golpes, teniendo en cuenta que es la más desconfiada.

Venga, Z’na, por lo menos párteme la cara.

Éomar trata de tranquilizar a Mircea, que en cuanto se ha enterado ha roto en sollozos.

Se habían cogido mucho cariño, porque U’hrk jamás manifestó su desconfianza; se la estaba tratando de ganar y lo consiguió.

Me muerdo el labio al observarlos, luchando contra el impulso de unir mis gritos a los de Fel’nis.

No ha habido ni un momento en el que hayan cuestionado mi historia, ni un gesto que indique que se echarán sobre mí.

Ojalá lo hiciesen, me está costando no confesarlo.

El Lazor de antes querría callárselo, ni siquiera habría sentido algo al asesinar a su amigo.

La conciencia muerde más fuerte cuando estás tratando de ser mejor persona, y asumo sus dentelladas con el temple de un sacerdote.

La escarcha se pega a mi ropa empapada. Me he negado a quitármela y meterme bajo las mantas.

Estoy temblando, aunque no solo se debe al frío.

De alguna manera tengo que castigarme, ya que no lo harán ellos.

Éomar insiste en que me la quite y sacudo la cabeza, con el cabello pegado a los cortes que ya casi se han cerrado.

Me coloca la manta que le cubre los hombros —su ropa ha quedado tan empapada como la mía y la ha puesto junto al fuego— y se agacha, pero rehúyo su mirada y se la devuelvo.

—No tienes la culpa de lo que ha pasado, Lazor. Lo defendiste hasta el límite de tus fuerzas, ¿cierto? Es lo que te enseñé a hacer y lo haces de maravilla. No tienes la culpa.

Me comí su puta tráquea, Éomar. Me dio la oportunidad de hacer las cosas bien y me comí su tráquea porque estaba aterrado. Sigo siendo un cobarde, no me he desprendido de eso y ni siquiera puedo mirarte a los ojos porque lo notarías.

Toma mi nuca con firmeza, para unir su frente a la mía.

Mi mente transforma sus palabras de consuelo en acusaciones y su aliento me afecta como el veneno de mantícora.

Echo la cabeza hacia atrás cuando salgo de mi estupor y lo aparto con brusquedad, soltando un gruñido que le avisa de lo que ocurrirá si sigue tocándome.

—Lazor —la vocecilla rota de Mircea, que me espera bajo las mantas.

El motivo por el que he añadido un eslabón a la cadena que me ciñe a la condena ultraterrenal me asquea durante un latido.

Suelto un gruñido quejicoso y me levanto sin saber a dónde iré ni lo que haré.

No es su culpa, he tomado esta decisión por los dos, pero no puedo evitar pensar lo contrario.

Éomar sigue agachado y me dedica una expresión tan amarga como el regusto de U’hrk, que no logro quitarme por mucho que escupa contra el fuego.

Z’na me ha mirado cada vez que lo he hecho, pero no ha dicho nada.

—Esto no solo trata de ti, Muecas, haz el favor de calmarte —espeta—.

Tu humana te necesita, quítate esa mierda mojada y ve a darle calor.

—Rompe un palito y lo echa a las llamas—.

A ver si puedo convencer a Fel’nis para que se calme también, está montando un escándalo de cojones…

allá donde esté. —Se levanta y camina—. No me esperéis despiertos.

La luna que se filtra entre las nubes la hace centellear como una de las lejanas estrellas que no alcanzamos a ver. Sortea los árboles y el rumor de la nieve la sigue.

Mircea extiende los brazos en mi dirección, con los labios del tono de las ciruelas y las lágrimas brillando en las pestañas.

Éomar trata de hacer que se tumbe, pero se niega.

Empiezo a quitarme la ropa, por poco me destrozo la camisa con las garras, antes de poner todo cerca del fuego.

Repto bajo las mantas y dejo que se pegue a mí, profiriendo tiernos sollozos contra mi cuello.

Me disculpo con ella y balbucea que no lo entiende, susurro que haría cualquier cosa por protegerla y me mira con el ceño fruncido, reconociendo algo distinto en mi timbre de voz.

Éomar no me ha oído o no ha querido hacerlo porque ha decidido concedernos algo de privacidad; se ha levantado para recolocar mi ropa y avivar el fuego.

Los deditos de mi compañera se posan en mis mejillas y me mira a los ojos durante cinco latidos, el tiempo que tarda su sonrisa en convertirse en un lamento mudo.

Asiento y su respiración se torna irregular, conteniendo otro torrente de lágrimas.

—No —dice.

—Sí.

Cierra la mano y aprieta los nudillos contra mi barbilla, mordiéndose con fuerza.

Me da la espalda después y grita contra el saco de dormir, provocando que Éomar se gire.

Nos miramos a los ojos y sus párpados se abren más; ha visto esta mueca antes, en el Cañón del Viento.

Se alza despacio y da un par de pasos, el fuego lo ensombrece como una deidad vengativa.

—Lazor… Tú no has… Tú no…

Me obligo a confiar en él, porque soy incapaz de mentirle a una persona que ha puesto el cuello por mí tantas veces, que me dio mi nuevo nombre.

Me obligo a creer en lo que dijo U’hrk, de que su reacción podría sorprenderme.

Me obligo a pensar en que hasta hace poco no confiaba en nadie y en lo mucho que me equivoqué al creer que no volvería a hacerlo.

Tampoco sé qué haré si se lanza a por Mircea, ni quiero saberlo. Tres latidos. Cuatro.

—Sí.

Chasquea la lengua y se pasa una mano por el pelo, que deja quieta en la coronilla. Sigo sosteniéndole la mirada y mi nuca golpea el suelo cuando se echa sobre mí. Retrae los labios y me roza el puente de la nariz con los dientes.

—¡Di que es mentira!

—No.

Me aplasta la nuez, cortándome la respiración. No se lo impido, tiene derecho a cada ápice de esta rabia, de esta cruda decepción. Sus ojos centellean como el magma de las entrañas de la tierra y me suplican que lo niegue.

—¡¿Ha sido G’lar, es eso?!

Afloja el agarre para que pueda contestar.

—Quiso matarme y me defendí. —Toso—. No, no es verdad. — Otra tos, la boca me sabe a hierro—. Ataqué porque me amenazó.

—¡¿Por qué iba a hacer una cosa así?! —Los dientes me castañetean cuando vuelve a golpearme—. ¡¿Por qué?!

—Hay algo que no te he contado.

Ciñe la garra a mi frente y me muerdo la lengua con otro golpe.

—¡¿Por qué?!

—No confiaba en ti. Pensaba que sí, pero…

Empiezo a verlo doble, otro golpe y me dejará inconsciente.

—¡¿No confías en mí?!

—Lo he hecho por ella. —Se separa un poco y le agarro de la nuca—. No le hagas daño. Prométemelo.

—¡¿Por qué iba a hacerle daño?!

Mircea nos mira entre violentos temblores, agazapada bajo la manta cual animalillo en su madriguera.

La frustración de mi maestro es tal que se le están saltando las lágrimas que no ha derramado por U’hrk, caen por mis mejillas y se confunden con el aguanieve.

El cuello me traquetea cuando me suelta y se vuelve hacia Mircea, que ha estado suplicando que no me haga más daño.

—¿Por qué dice eso?

—No lo sé.

Me arrastro hasta ella, para cubrirla con mi espalda. Giro la cabeza sin perder de vista a Éomar.

—Díselo, por favor.

—¿Es por mi padre? —gimotea— ¿U’hrk lo sabía?

—Nos oyó hablar antes, supo que te guardo un secreto.

—¡¿Qué secreto?! —brama Éomar.

Mircea le muestra las palmas de las manos y dice que se lo contará si se calma, apelando a su vez a lo mucho que hemos compartido y a que lo quiere como a un hermano. Se queda muy quieto, pero el pecho le sube y baja como si hubiese corrido por todo el bosque.

—¿Tú tampoco confías en mí? —Le crepita la voz, pero ya no grita—. ¿Así es como va a ser?

—No quiero que sea así… Tuve miedo…

—Te he contado cosas que no le he contado a nadie, Mircea.

—Lo sé y lo siento mucho.

—¿Somos hermanos, dices?

—Tuve miedo, pero ya no.

—Demuéstramelo.

Arruga el labio con cada gruñido que se le escapa, cuando empieza a contarle su secreto.

Concluye diciendo que no sabe por qué he matado a U’hrk, que su historia es todo lo que le puede ofrecer.

Lo observamos mientras se pasea por el claro un par de veces, apretándose el espacio entre los ojos y profiriendo más gruñidos.

Mircea da un bote cuando ruge; estira tanto el cuello tanto que parece que se lo dedica a la luna.

—¡Y tú…! —Me señala y se acerca como un alud—.

¡Tú…! —Me agarra del cuello, un giro de muñeca y me lo habrá partido—.

Lazor… ¿Cómo has podido…? —Suelta un sollozo ahogado y los labios le tiemblan.

La máscara de la ira homicida ha dado paso a una intensa melancolía y vuelve a ser el niño asustado al que consolé en el acantilado—. ¿Por qué no crees en mí?

—Creo en ti.

—¡No es verdad! —resuella, tan rápido que pienso que se ahoga también—. ¡Si no confías en mí, no crees en mí!

Sus gruñidos se han convertido en un gemido agónico, necesito que me crea porque no soporto verlo así.

—Muérdeme.