La brutal danza del águila #3
Trata de contestar, pero parece que se esté ahogando.
Le he arrancado las cuerdas vocales y paladeo todo lo que fue y todo lo que podría ser; estamos a tiempo de pararlo, de seguir siendo los hermanos que ha unido el destino.
Debo confiar en mi maestro y en que hallaré el modo de protegerla sin más derramamiento de sangre.
Doy un paso y me detengo. Hay un agujero donde antes estuvo su nuez y una lágrima se desprende del único ojo que le queda.
Mi trenza sigue en su garra derecha cuando la alza entre nosotros.
Me acerco, dando la pelea por terminada, pero me abre otro tajo que se extiende desde la comisura de mi labio.
Por poco me arranca la mandíbula. Ha retrocedido tanto que el acantilado le queda a siete pasos.
Rujo.
Cae el velo rojo.
Arremeto contra él como un ariete y desaparece frente a mis ojos, convirtiéndose en una mancha que mengua en la blancura del vacío. Parte el hielo del lago que hay más abajo, el estallido se propaga hasta alcanzarme y doy un respingo. Mis resuellos se entrecortan y vuelven con más fuerza.
Estoy llorando por U’hrk del clan Daress, no me doy cuenta hasta que me desplomo de rodillas, porque la tormenta ha empeorado y la nieve me ciega. Los truenos incesantes colapsan contra el valle y un rayo corta el plomizo horizonte, devolviéndome al momento.
Muévete, Lazor. No tienes derecho a llorar por él, muévete.
Me meto un puñado de nieve en la boca y escupo varias veces, luego me la froto por el pecho y el cuello.
Vuelvo sobre mis pasos y empiezo a borrar el rastro, bajo capas de hojas, nieve y barro.
No lo hago a conciencia porque no sé de cuánto tiempo dispongo, lo cierto es que me extraña que todavía no hayan salido en mi busca.
Ni siquiera sé qué diré cuando pregunten por él, tengo su olor por todo el cuerpo y sabrán que nos hemos peleado.
Algunas cosas nunca cambian, me sigo moviendo por la vida a cabezazos.
Me detengo a poca distancia del lugar en el que le pedí a Mircea que me contase su secreto, al percibir el balanceo de unas ramas a unos quince latidos.
Distingo las escamas de Fel’nis, que avanza con la tenacidad de una montaña, el ceño muy fruncido y la lenta certeza de que algo horrible acaba de ocurrir.
—¿Dónde está U’hrk?
—Nos han atacado —logro decir entre jadeos. No tengo que fingir porque estoy realmente agotado—. Me he quedado inconsciente y al no verlo he pensado que lo mejor era volver.
—¿Quiénes?
—No lo sé, pasó muy deprisa. —Apoyo la mano en un árbol—. Nos pillaron desprevenidos, luchamos contra ellos cerca del desfiladero.
Fel’nis retrae los labios al tiempo que se acerca, lo ha hecho tan rápido que me tambaleo hacia atrás cuando ya me ha olido. Ciñe su mano a mi hombro para evitar que caiga de espaldas y gruñe:
—Hueles a él.
—Es posible que lo haya herido mientras me defendía, la tormenta no me ha dejado ver nada.
—Avisaremos a los otros, hay que encontrarlo.
Tengo que hacer un merecido esfuerzo por que no note mi sorpresa, cuando me palmea y me empuja para que avance frente a él, en dirección a la tímida luz que se cuela entre las siluetas verticales de los árboles.
Un regusto ácido me corroe la lengua; el sabor de la culpa, de la rabia, de la decepción.
Fel’nis confía en mí lo suficiente como para haber creído mi ridícula historia y aunque me conmueve, estoy pensando en si los otros lo harán.
Mi maestro nos intercepta y Z’na se queda a su zaga. Mircea no se mueve del lado de la hoguera, nos observa con expresión soñolienta. No imaginas lo que acabo de hacer por ti, apenas puedo mirarte sin que se me escape un gruñido.
Dejamos a Fel’nis con Mircea y nos echamos a la cortina de nieve que cae de lado y nos aguijonea, en busca de mis fantasmas.
Dan con el rastro que no he logrado cubrir del todo, en el claro en el que luchamos.
Z’na se pone en cuclillas, agarra un manojo de nieve negruzca y olisquea, después vuelve el rostro hacia el lugar por el que cayó U’hrk y dice que está cerca.
Trato de contestar a sus preguntas mientras nos acercamos, pero he empezado a titubear.
—Ahí abajo —señala y Éomar sigue su dedo.
Llegamos al lago y mi maestro nos pide que nos quedemos donde estamos; después se quita las botas y camina por el hielo, salvando un hueco enorme.
No cuenta con la habilidad de Z’na, pero ha reparado en las señales que indican que podría haber caído al agua.
Se agacha y empieza a barrer la nieve con los brazos, teniendo mucho cuidado de no hacer movimientos demasiado bruscos, luchando contra el viento que lo agita.
De pronto se queda muy quieto, con las pupilas clavadas en el espacio que hay entre sus piernas.
Z’na se lleva una mano al pecho, muy despacio.
Éomar tiene la boca retorcida en una mueca de puro espanto y sigue sin moverse.
Las argollas de su oreja tintinean con el azote del viento y eso es todo.
Me quedo quieto también, verlo así me ha agarrotado los músculos.
Z’na grita para que vuelva, pero la ignora.
Me da un golpe en el hombro para que vaya en su lugar, pues soy el que menos pesa de los dos.
Hago de tripas corazón y empiezo a caminar con mucho cuidado, reparando en las pequeñas grietas que se extienden con cada paso. Ya lo tengo muy cerca.
Un estallido. Y otro. Y otro.
Docenas de estallidos en cadena y el hielo me engulle.
Apenas me da tiempo a tomar aire cuando penetro en el infierno helado; se me clava tan hondo que estoy seguro que, de ser humano, estaría muerto.
Un abrazo negro e inclemente me aprieta las costillas y me empuja hacia el fondo.
El ojo desorbitado de U’hrk se pega a mi cara y suelto el poco aire que me queda al gritar, luchando por separarme de él como si se tratase del mismísimo Astharoth.
Y nos hundimos, me acerco más y más a la nada que me enviará con Los Hados. Un cono de luz mengua ante mis ojos, cada vez más, cada vez…
«Lazor»
Extiendo la mano hacia los golpes que sofocan mis últimos latidos y noto algo parecido a un arañazo, me recorre el antebrazo y se queda en mi muñeca. El cono de luz prístina se ensancha y la nada me escupe. La garganta me arde cuando doy un par de bocanadas.
Otro estallido. Estridente, cruel, primal. El grito de un semidiós caprichoso.
—¡CORRED!
El mundo se tambalea en una violenta lluvia de esquirlas plateadas.
Éomar me agarra del brazo y vamos hacia la línea desdibujada de los acantilados, lejos de la pupila inyectada en sangre de U’hrk y de todo lo que grita para que me una a él.
Llego a la orilla y me vuelvo para coger la mano de mi maestro, pero sus garras resbalan por las mías en un siseo y se me escapa con otro estallido.
El brazo de Z’na lo retiene y tira, el desafío con el que no contaban Los Hados.