Rojamuerte La brutal danza del águila #2
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La brutal danza del águila #2

—Y luego os lo encontrasteis otra vez en Mirkel, la ciudad por la que pasasteis para llegar a Sorash. Ya sé, dijiste que estaba tratando de dar con el clan Razaros a través de los cronistas, pero… ¿otra casualidad? ¿Cuántas casualidades hacen falta para…?

—Ve al grano.

—Y luego mata a Negramuerte, que según cuentan parecía hecho de granito. Se lo carga con un azadón, sin más.

—Estaba distraído y ya os he dicho que la cabeza es la parte más vulnerable de todas.

—Negramuerte, mano derecha de Shal’karath, distraído. —Su respiración irregular se corta con una leve risotada—. Y asesinado por una humana.

—Así es como ocurrió, lo vi con mis propios ojos.

—Lo viste, a pesar de que estabas medio muerto.

Avancemos hasta el ataque del culto, cuando estabais en el Cañón del Viento, ¿cómo fueron tras vuestra pista, si permanecisteis ocultos en las cloacas?

Tuvieron que seguiros, pero salisteis por un lugar que no se le suele pasar por la mente a todo el mundo.

Negramuerte murió sin testigos, por lo que es imposible que les hablase de la entrada oculta, mucho menos del día que partiríais.

—Z’na puede oler a un ciervo que pasta a dos millas.

—Z’na es una guerrera extraordinaria y ellos no.

—Señala a un lado y gira—. Llegáis a Satirican, nos reunimos, y durante el festín Mircea habla de los nigromantes de La Torre como si los conociese.

Da detalles concretos, hasta de los que tienen mayor rango, y tú te pones nervioso.

La vena del cuello te palpitaba tan fuerte que me di cuenta enseguida.

Vuelvo el rostro despacio y me detengo, para encontrarme con una mirada tan seria como una tumba.

—No me gusta oír hablar de nigromantes, imagino que entiendes por qué.

—¿No ves nada de lo que estoy viendo aquí, Lazor?

—La presa.

—No va a ir a ninguna parte, está a unos… —arruga un lado de la cara, pareciendo que la oye— cincuenta latidos. ¿Te das cuenta? Ni siquiera estás prestando atención. La he localizado hace un rato, mientras caminábamos.

—Tampoco me gustan los interrogatorios.

—Estabas pensando en otra cosa, puede que tenga algo que ver con vuestra discusión. —Se rasca la mejilla con los nudillos—. Tengo buen oído y tengo buen ojo, por eso tampoco se me escapó lo que pasó hace unos días, con el rh’zir.

Tiene las pupilas dilatadas, señal de que está muy pendiente de lo que no digo con palabras, aunque la sonrisa no lo ha abandonado.

Sus escamas no repican y siguen siendo del color del crepúsculo, se confunden con el cielo mortecino que despunta sobre el borde del desfiladero que tenemos a unos treinta latidos.

No ha cuadrado los hombros ni se ha encorvado, por lo que puede que no esté pensado en atacarme, pero no dudo que lo hará en cuanto diga algo que no le guste.

Piensa, Lazor. Protégela sin engrasar la rueda de la violencia, has dejado eso atrás.

—No diré que tanta casualidad no despierte alarma, pero la conozco mejor que la palma de mi mano.

—Desde hace poco más de un mes.

—Lo suficiente como para saber que no representa un peligro.

—El amor nos ciega, si te contase la cantidad de cosas que he pasado por alto por este mismo hecho…

—Mete los pulgares en las correas de su pantalón, irguiendo el pecho—.

Estuve muy enamorado de Z’na, hace unos años.

Me negué a verla como lo que es y me empeñé tanto que descuidé otras cosas, hasta un punto ridículo.

—Pero no hemos venido aquí para hablar de Z’na. Ni para cazar, intuyo.

—Sabes algo que Mircea no nos ha contado, pero no creo que sepas mucho de ella.

—¿A dónde quieres llegar?

—Te trona el corazón, como lo hizo la noche en que dijo todo eso que sabía de los nigromantes. Es posible que estemos viajando con una aliada de G’lar, esa es la verdad que te niegas a ver.

El viento nos obsequia con sus aullidos y se me mete en el cuello. No me muevo ni para subirme las solapas, estoy demasiado concentrado en su postura y lo calmado que parece estar. Me desconcierta.

—Soy un águila. —Se encoge de hombros—. No me lo tengas en cuenta.

—¿Se lo dirás a Éomar?

—Solo si me obligas.

—¿Qué propones?

—Que se lo digas tú.

—Sabes lo que hará con ella si sospecha que…

—Lo sé y no lo sé, puede que nos sorprendamos —me interrumpe, sin moverse tampoco—. Démosle un voto de confianza para explicarse y luego ya veremos.

—Ese «ya veremos» podría acabar con la vida de Mircea.

—¿Tan grave es el secreto que le guardas?

—Grave es lo que insinúas, sabes lo que decidirán si les cuentas todo eso.

—Y lo que decidirías, de no estar tan implicado con ella. Si estuvieses en mi lugar y hubieses visto lo que he visto, ¿lo dejarías correr? —Asiente al ver que no contesto—. No digo que podría salir mal para ella, pero le vamos a dar la oportunidad de explicarse que no le daríamos a otro.

—No pienso correr el riesgo, no puedes pedirme esto.

—Es lo único que puedo hacer por ti, camarada, porque ahora eres un guerrero de Astharoth. Si no lo fueras ya te habría abierto en canal para averiguar lo que sabes.

—Y eso es una amenaza.

—Solo si quieres que lo sea.

Chasqueo la lengua y alzo la barbilla, para ver cómo se agitan las copas de los árboles, que arrojan nieve en mis hombros cuando una bandada de pájaros abandona sus ramas.

Estoy calculando el tiempo que llevaría a los demás darse cuenta de que nos hemos enzarzado con algo más que un ciervo.

Contando con la velocidad del viento, es posible que solo tenga unos trescientos latidos.

Menos mal que me he dejado crecer las garras.

Emiten un levísimo ronroneo cuando las arrastro por la tela del abrigo y las apoyo en las caderas, esperando confundirlo con una pose relajada. U’hrk sisea al despegar los labios.

—Es posible que se den cuenta mucho antes de lo que imaginas.

—No quiero pelear contigo, U’hrk.

—Sería algo más que pelear, me temo.

—¿Cómo puedes estar haciendo esto? Mircea te aprecia muchísimo.

—¿Y crees que me agrada? Ha bebido mi sangre, hemos compartido mucho más que el camino… Pero estoy pensando en nosotros, en todos nosotros. Mente antes que corazón, Lazor.

Suspiro y hago el amago de dar la vuelta, pero descargo mi garra contra su cara y ni lo rozo.

La nieve ni siquiera cruje cuando se sitúa a mi espalda y me da tal patada que salgo lanzado hacia delante.

Doy contra un tronco podrido y el golpe hueco me zumba en los oídos, su garra está en mi cuello antes de que se extinga del todo.

Me levanta como si estuviese hecho de trapo y me abre varios tajos en diagonal al propinarme un bofetón.

Caigo hacia un lado y ruedo, para ponerme en postura de ataque.

Mi espina dorsal repica bajo el abrigo mientras retrocedo hasta un pequeño claro.

Se da un momento para observarme, como si no acabase de reventarme la cara y estuviésemos compartiendo chanzas junto a la hoguera.

—Te voy a dar una oportunidad para que entres en razón. Si te enfrentas a mí seremos enemigos.

—No puedes pedirme eso —jadeo, la sangre me calienta la cara y de milagro no me falta media nariz—. No me estás dejando otra opción.

—Tu historia me conmovió, quizá lo recuerdes, pero estás repitiendo un patrón. El autoengaño te va a volver a meter en un problema, mayor que el que tenías antes, y ya no estás solo… Así que será nuestro problema.

Me quito el abrigo y mis garras tintinean en el suelo helado cuando me desprendo de las botas. La protegeré con todo lo que tenga, porque ninguno la conoce como yo y no estoy dispuesto a ver cómo la matan por un pasado del que ni siquiera tiene la culpa.

Espero a que se mueva, porque ya he comprobado que tengo las de perder si ataco primero; me sobrevuela como un águila, predice mis movimientos y se lanza en picado.

Se quita una bota con ayuda de la otra y se encoge de hombros, dándome a entender que la oportunidad ha pasado y que se dispone a emprender el vuelo.

Me encorvo más y gruño, dándole a entender que acepto las consecuencias.

La brutal danza abre con un movimiento circular, en el que esquivo sus ataques avanzando y retrocediendo.

Me acecha, me estudia y acomete. A veces me agarra de un brazo y otras de una pierna, consiguiendo que dé contra cada tronco que rodea el claro.

Me ciño a él con los dientes en uno de sus agarres y damos varias vueltas en el aire; caigo sobre pies y manos y la nieve se agita y nos rocía cuando arremeto contra su yugular, para evitar que vuelva a alejarse.

Se zafa como si estuviese tratando de atrapar a una lagartija minúscula y siento sus garras en la parte baja de la espalda; las retuerce para extraerlas y las vuelve a clavar, para darme otra patada que me llena la boca de barro y hielo.

Me tira de la trenza y vuelve a ceñir el pie a mi espalda, hundiéndose en mis vértebras.

La tengo tan arqueada que pienso que me partiré en dos, si no me arranca la trenza antes.

Lanzo las garras hacia atrás y enrolla la mano en mi pelo para alzarme y aprisionarme la garganta.

Su aliento se agita en mi oreja cuando le abro un tajo en el costado.

—Ojalá hubiese sido de otro modo, Lazor.

—Puede ser de otro modo.

Llevo las garras a la nuca y me desprendo de la trenza, hiriéndolo en la cara.

Me deslizo hacia delante, salto y me apoyo con los pies en un tronco, para impulsarme de vuelta hacia él.

Consigo clavarle los dientes en el cuello y suelta un gemido entrecortado mientras resbalamos por el claro.

Me abro camino en su garganta como si estuviese devorando un venado.

Carne y escamas se desprenden de mi boca cuando me empuja varios metros y se levanta, llevándose la mano a la profundísima herida.

Dos hilillos negros le bajan por las comisuras mientras sigue retrocediendo, apoyándose en los árboles.

—No quiero hacer esto, U’hrk.