La brutal danza del águila
LA brUTAL DANZA DEL ÁGUILA
La mejilla de Mircea se mueve en un vaivén en mi hombro, a medida que salvamos la distancia entre Urrik y La’miel.
Va sujeta a mi espalda mientras los demás caminan a nuestra zaga, con la nieve abofeteándolos y ahuecando el bajo de los abrigos, que se han ceñido tanto como pueden.
Nos conduce por una de las sendas más peligrosas y por tanto, menos transitadas.
La nieve me cubre hasta la rodilla y me muevo a trompicones, soltando pequeños jadeos y gruñidos que interrumpo cuando susurra indicaciones en mi oído.
La argolla de mi oreja está tan fría que quema cuando me roza la línea de la mandíbula.
Todo se ha vuelto blanco y gris y una neblina irritante difumina la línea del acantilado que tenemos a la derecha, así que avanzo pegado a la pared.
Se lo estamos poniendo fácil para que nos ataquen, pero dudo que hayan podido adivinar que iríamos por aquí.
No tienen a un Caminante con ellos y sus exploradores no pueden medirse con la valiente humana que se aprieta contra mi espalda.
Comenta que el clima se ha vuelto realmente loco, que cuando caminó por estas sendas hace un año apenas había nieve.
Fel’nis dice que es cosa de la nigromancia y de la guerra del mundo humano, porque es la antesala de algo peor.
Sus comentarios ominosos son lo último que necesito oír, pero debo emplear mi aliento en avanzar sin cansarme demasiado.
Ya hemos pasado tres noches al raso, lo que quiere decir que hemos agotado la poción y que Mircea ha tenido que volver a alimentarse de Éomar, de mí…
y de U’hrk. Sigue comiendo lo que cazamos, y Z’na se ha mostrado generosa, dándole un buen pedazo de su ración y diciendo que le agrada que trate de adaptarse a nuestras costumbres.
Esta noche tendré que ver cómo pega los labios a la muñeca de U’hrk y de Fel’nis; también tendrá que dormir entre ellos, y eso es lo que más me repatea.
No debería pensar así, arrimamos el hombro entre todos para mantenerla con vida, pero los siento como intrusos.
Mircea no parece tan escandalizada, por mucho que se esté amoldando a nuestras costumbres, y aprieto los dientes para no decir que es como si se la estuviese follando toda la cuadrilla.
Z’na olisquea el viento de cuando en cuando, para cerciorarse de que no nos siguen ni aliados ni enemigos.
Se muestra alarmada por lo primero y teme que no puedan encontrarnos debido al temporal.
Fel’nis confía en que lo harán y sofoca sus quejas con una ristra de carcajadas que la enojan aún más.
Las rencillas con Éomar se han calmado un poco; desde que nos sorprendió en Urrik ha demostrado que necesitamos su impertinencia y su modo de hacer las cosas.
Se toleran mediante fugaces y frías miradas, a veces intercambian un par de palabras y ahí queda todo.
Estamos demasiado preocupados por la salud de Mircea y por la misión como para entretenernos en quién hizo qué.
U’hrk se muestra imparcial en todo momento y tan solícito como siempre, lo cierto es que viajar con él es una delicia; no obstante, reparo en las miradas que a veces me lanza, como si algo no le encajase del todo conmigo.
No me molesta porque tiene motivos para desconfiar, el secreto que le estoy guardando a Mircea alteraría hasta a mi maestro.
No dejo de pensar en la mirada que compartió con el rh’zir, hace ya tres días, y me digo que le preguntaré por ello cuando volvamos a acampar.
Será difícil, porque nos pegamos a ella como lapas en cuanto extendemos los sacos de dormir, pero la duda se me ha acomodado en el hueco de la mandíbula, provocando que rechine los dientes de cuando en cuando.
Confío en ti, Mircea, pero no me quito ese momento de la retina y necesito que me digas que es una estupidez.
La dejo en el suelo cuando la cara opuesta de la montaña nos oculta de la ventisca que nos pellizca las mejillas.
Me acerco a su cara para comprobar que no tiene los labios morados y pestañea por la nieve que se le mete en los ojos; sigue teniendo manchas oscuras, pero no se acerca a lo de la primera noche.
—Acamparemos más abajo, ¿no? —le digo a Éomar—. Tengo que descansar un poco.
Señala un bosquecillo apenas visible que hay al final de la senda y asiento.
—Nos vamos a adelantar, si no te importa. Z’na se pone insoportable cuando paramos, aunque solo sea para mear.
Genial, así podré escupir lo que me reconcome sin tener que susurrar como una vieja.
Procuro que no note mi insistencia cuando vuelvo a asentir y me hago a un lado para que pasen los demás.
Fel’nis me palmea el brazo, felicitándome y diciendo que hay suficiente claridad para preparar un fuego.
Se lo agradezco y espero a que se hayan alejado, pensando en qué diré y cómo lo diré.
Mircea nota mi nerviosismo, encogida bajo las pieles.
—No hay forma agradable de decir esto y puede que te cabrees. Te pido disculpas por adelantado. —Ella agita su naricilla enrojecida y mueve la cabeza para que siga—. El rh’zir al que torturamos en Urrik… te miró.
—¿Ah , sí?
—Os mirasteis, mejor dicho, como si os conocieseis. Sé que vas a decir que es una estupidez, pero…
Se vuelve hacia el bosquecillo, dándome la espalda. Es una reacción extraña, pero puede que se deba a que está enfadada.
—Es una estupidez, Lazor.
—¿Y por qué no me miras mientras lo dices?
—Porque así no me da la nieve en la cara.
Tomo sus hombros y la obligo a girarse, tratando de no alterarme ni hacerle ver que me estoy cabreando. Sus ojos negros me estudian, entornados y teñidos del mismo enojo creciente.
—Prométemelo, que no os conocíais.
—No deberías ni pedirme eso.
—No debería costarte hacerlo.
—Sigues sin confiar en mí.
—Confío en ti como en nadie, por eso quiero hablarlo contigo. Mi yo de antes ni se habría molestado en preguntar, ¿eres consciente de eso?
—Muy bien, pues te lo prometo. No nos conocíamos. —Levanta los brazos, colocándose a mi espalda—. Vamos.
Me agacho para que me rodee el cuello y se ciñe a mi espalda de un salto.
La noto muy tensa cuando emprendemos la marcha, pero no creo que se deba al esfuerzo.
Me digo que estoy siendo estúpido, que la desconfianza solo complicará las cosas, por lo que no abro la boca.
Nos adentramos en el bosque y dice que puede continuar por su cuenta.
Vuelvo a dejarla en el suelo y se adelanta, sin siquiera mirarme.
Atrapo su abrigo con los dedos y una cascada de ondas le roza el puente de la nariz, cuando se detiene y gira la cabeza.
—Por favor.
—Sé que te dije que aguantaré todo por estar contigo, pero estoy harta de la desconfianza, las preguntas, los juicios…
—Solo te estoy preguntando…
—Con lo que me ha pasado en la cara debería bastarte. Estoy harta, lo digo muy en serio.
—Me queda claro que estar conmigo es como navegar por aguas turbulentas.
—Muy turbulentas e infestadas de monstruos.
—Y el navío se balancea tanto que sientes que caerás por la borda. Pero te prometo que no ocurrirá.
Se cruza de brazos, todavía sin volverse del todo. La rodeo con los míos y se encoge más, como si estuviese asustada.
—Hay algo que no me encaja y te amo y te amaré, sea lo que sea. —Pego mi mejilla a la suya—. Sé que lo que ocultas es grave, por eso no quieres que pruebe tu sangre.
—No te oculto nada.
—¿No?
Tomo su muñeca en un fingido ademán de llevármela a la boca, con el fin de ver cómo reacciona, y la aparta como tantas otras veces. Se vuelve y retrocede un paso, mirándome con una mezcla de recelo y miedo.
—Volverás a ponerte como cuando te conté lo de mi padre.
—Luego hay un secreto. Solo te quiero proteger, si se enteran…
—No se enterarán. Habrá terminado pronto y no tendremos que hablar de ello jamás.
—Aquella vez fui un capullo, pero no volverá a pasar. Te estoy rogando que confíes en mí.
—Confío en ti, pero sé cómo reaccionarás y eso es lo que me da miedo.
Una silueta sortea los árboles en nuestra dirección y Mircea va a su encuentro.
—Tenemos trabajo. —La mortecina luz que se filtra a través de la neblina me devuelve el reflejo de las magníficas escamas de U’hrk—. Z’na ha insistido en que caces con nosotros. Éomar debe descansar.
Observo a Mircea mientras se aleja, con una funesta sensación en el pecho.
—¿Todo bien, peque? ¿Te está molestando este bruto? —U’hrk atrapa su mano, pero se le escapa—. ¿Qué pasa? —Se vuelve brevemente, acercándose a mí.
—Nada.
Se sube las solapas del cuello del abrigo y lo sigo por un sendero que conduce a otro cúmulo de desfiladeros que bordean un pequeño valle moteado de verde y gris, con forma de cuña.
—¿Vamos solos?
—Los demás cazaron ayer, toca repartirse el trabajo.
Caminamos durante un rato, esquivando ramas bajas y haciendo muecas cada vez que un jirón de viento procedente del valle nos clava otra ristra de nieve en la cara.
Será muy difícil ver algo, comento mientras pasamos por la línea curva y congelada de un riachuelo y lo seguimos, de vuelta a la cobertura de los árboles.
—Pues mira, ya que te tengo a solas voy a preguntarte algo que me lleva rondando la mente desde que te conozco.
Resoplo y me paso la mano por el pelo, lo tengo tan humedecido que parece que me acabe de dar un baño. Me queda un rastro de suciedad en la palma y arrugo el labio. U’hrk me mira brevemente para que conteste y muevo las cejas, dándole a entender que no estoy en mi mejor momento.
—Me parece un poco extraño que Negramuerte coincidiese con Mircea en Sorash.
—Es Caminante —digo—, coinciden con gente de todo tipo.
—De todos los asesinos del culto, fue a dar con Negramuerte, uno de los más despiadados. No solo da con él, sino que le vende una poción y se marcha sin más.
—Las coincidencias existen.