El nudo
EL NUDO
Las agudas carcajadas de U’hrk nos despiertan, han vuelto con una buena presa y la están despedazando mientras cantan una canción propia de su Orden.
Fel’nis mete la pata con cada verso porque no la recuerda del todo y Éomar se ríe por lo bajo, aunque muestra un semblante serio.
Mircea asoma la naricilla bajo las mantas y sus ojos sonríen al observarlos.
—¡Vamos, nos tienes que ayudar! —Fel’nis me atrapa por el brazo y me levanta—. Nada de muecas sombrías, por sombrío que haya empezado el día. —Me palmea el hombro y la espalda, desperezándome a golpes—. ¿Has pensado ya en un nombre? No podemos dejar que sigas con esa cosa tétrica de Rojamuerte.
—No sé cómo hacerlo.
—Te daré ejemplos. —Se acaricia el mentón con el pulgar y el índice—. Mi hermana es Aurora Escarchada y yo soy Estrella Solitaria. —Se toca el pecho y dirige la mano hacia U’hrk—. ¿Tú eras…?
—La madre que te parió, nos criamos juntos y ni te acuerdas — contesta, haciendo fuerza para arrancar una pata—. Crepúsculo Lunar.
—¡Eso! ¡Sabía que tenía algo que ver con la luna! —Chasquea los dedos y mira a Éomar, que está metiéndose en la presa hasta el codo— Y tú…
—Ascua Danzante. —Hace una mueca de desagrado—. Me lo puso mi madre y lo llevo con honor, pero…
—Las madres siempre quieren lo mejor para nosotros. —Fel’nis esboza un mohín y se echa a reír—. Salvo la nuestra. Nos dio de mamar y se desentendió en cuanto dimos los primeros pasos, eso fue todo lo que hizo.
—Lávate la boca antes de hablar de madre —interviene Z’na, farfullando por una comisura—. Era lo que tenía que ser, de lo contrario no habríamos salido así. —Dirige su mueca socarrona contra mí—. Dados los ejemplos, ¿se te ocurre algo?
—Gruñido Profundo.
Nos volvemos al oír la vocecilla de Mircea, que se ha animado a ser parte del jolgorio.
U’hrk se carcajea, dándose palmadas en la rodilla y embadurnándose de sangre.
Una risita se abre camino tras los dientes de Fel’nis y se convierte en una fuerte risotada.
Hasta Z’na ríe, tanto que no parece la zorra hostil que se nos unió anoche.
—Me gusta. —Estiro el labio inferior, asintiendo.
—Seguro que será recordado durante generaciones. —U’hrk se enjuga una lágrima del ojo.
Suelto una risita ácida porque me recordarán igualmente, hay canciones acerca de mí que hacen que los chiquillos se revuelvan en sueños.
—Necesita un aire más teatral si quieres que el enemigo tiemble al oírlo. —Fel’nis se rasca la sien con el nudillo, dejando una estela de pulpa—. ¿Qué te parece… Trueno Vibrante?
—Es un poco redundante, ¿no? Los truenos hacen que el suelo vibre. —Z’na sacude la cabeza.
—Siempre has dicho que soy bueno con esto.
—Y veo que has perdido facultades.
—Trueno de Astharoth, entonces.
—¡Rugido de Astharoth! —exclama U’hrk.
—Sacrílego de Cojones. —Z’na chasquea la lengua—. No metáis al Todopoderoso en esto, que nunca sale bien.
—Trueno Acechante. —Éomar se levanta, apoyando la pata del ciervo en su hombro. Extiende dos dedos a medida que habla—. Gruñe y es un lobo.
—Así de fácil. —Fel’nis suelta un pequeño suspiro—. Tienes talento para esto.
—Es que le dais muchas vueltas. ¿Qué te parece, Lazor?
Arquea las cejas en un gesto de complicidad y se echa el cabello tras la oreja. Ya no parece tan serio, para mi gran alivio. Me muerdo una esquina del labio y asiento, porque me encanta que me lo haya puesto él, hasta me provoca un hormigueo en el estómago.
—Me gusta, sí.
—¡Pues ya tenemos camarada! —Mi espalda cruje cuando Fel’nis me abraza—. Un momento… ¿Bailabas de pequeño?, ¿de ahí el nombre? —Se vuelve hacia Éomar.
—No me podía estar quieto, no creo que tenga nada que ver con bailar.
Nos disponemos a compartir la presa y Mircea se sienta en mi regazo, cubriéndonos de mantas y empeñándose una vez más en comer sin cocinar su porción. U’hrk sugiere que le pongamos un nombre también, ya que es parte de la cuadrilla.
—¿Qué te parece Fulgor del Camino?
—Coño, qué bonito. —Z’na le da un codazo a Fel’nis—. Mira y aprende.
—Te quejarás del tuyo.
—Me lo pusiste cuando estabas cabreado, de haberme mirado como la acaba de mirar U’hrk llorarían hasta las piedras.
U’hrk se rasca la nuca, parece un poco avergonzado.
—Es perfecto, U’hrk. —Mircea extiende una mano para darle un apretón en el brazo y ríe al llevarse un beso en los nudillos—. Gracias.
—No te pases —gruño en broma.
—Es la luz que nos guía, Lazor, y sé que no permitirás que se apague.
Claro que no, pero el fulgor del que habla empieza a dar bandazos y me siento un poco perdido desde lo que me ha parecido ver antes. La estrecho contra mí de todos modos, agradeciendo la calidez con la que nos arropan.
—¿Y cómo vamos a llamarnos? Todas las grandes cuadrillas tienen nombre.
—No somos una gran cuadrilla.
—¿Cómo que no? —El brazo de U’hrk sube y baja, deteniéndose en cada uno—.
Ascua Danzante, Aurora Escarchada, Estrella Solitaria, Fulgor del Camino, Trueno Acechante y la joya de la corona —hincha el pecho y se señala—: Crepúsculo Lunar.
No ha habido nombres más insignes en toda la historia del Antiguo Reino, merecemos uno de cuadrilla.
—Si ya nos ha costado con el de Lazor…
—El Nudo —gruñe Fel’nis, que se ha venido arriba con sus palabras—. Seremos el puto Nudo del Antiguo Reino, los defensores que lo mantienen unido. —Z’na asiente, muy complacida—. ¿Lo ves? Solo había que darme un poco de tiempo.
—Cuando te pones belicoso eres una delicia, hermano.
—Soy belicoso.
—Y pomposo.
La agarra de la mandíbula y le planta un beso inesperado; se lleva un puñetazo como respuesta, pero la sonrisa no lo abandona y a ella tampoco, aunque la suya es más escueta.
La de Éomar ha vuelto a desaparecer, se ha entretenido con un pensamiento que le ensombrece el ceño y Mircea también repara en ello; cruza la diatriba de risas y pullas que los demás se lanzan y lo abraza, para susurrar algo que no alcanzo a oír.
Mi maestro se ha quedado tieso, pero la corresponde al cabo de un instante y pone la cara contra su hombro, contestando en un susurro ahogado.
Tampoco me molesta, los gestos que intercambian se parecen más a la complicidad fraternal que a otra cosa.
Mircea se coloca a su espalda después y empieza a pasarle las manos por el pelo —de acuerdo, esto sí que me preocupa—, después chista para que le presten atención y dice:
—Si vamos a ser una cuadrilla de renombre, tenemos que hacerlo bien.
—¿A qué te refieres? —pregunta Fel’nis, esquivando un tortazo de su hermana.
—¿Habéis oído hablar de las trenzas de los Guerreros Huérfanos?
—¿Los qué?
—Los Guerreros Huérfanos de Zaratra, la Orden ancestral de mercenarios que se remonta a los tiempos en los que T’har Kul todavía pertenecía a los Shagar y los Thorne. Hacen de la guerra un arte. Me recordáis un poco a ellos, salvo por otras cosas que no vienen al caso.
—Pero cuéntalas.
—En otro momento, son un poco… turbias. A lo que iba: algunos se trenzan de un modo muy concreto para la batalla.
—Mircea sigue deslizando los dedos por el cabello de Éomar, que ha empezado a ronronear—.
No se les deshace hasta al cabo de unos días, uno me enseñó a hacerlo cuando… Bueno, tampoco viene al caso.
—Creo que Fulgor del Camino ha tenido una vida de lo más interesante.
—Y picante, me apuesto lo que quieras.
—Nos vamos a trenzar como ellos, no admito discusión. —La Caminante empieza a dividir el cabello de mi maestro en mechones, con una mueca de concentración—. Empiezo con Éomar y…
—A mí no me tocas el pelo. —Z’na chasquea la lengua.
—Ya tardaba en llegar la aguafiestas. —Fel’nis se pasa la mano por el suyo—. Sigue conmigo después, Mircea.
—Parecemos un grupo de cortesanas, en lugar de guerreros — gruñe Z’na—. ¿Qué vendrá después, elegir el color de los vestidos?
—Pues no te sentaría mal uno —su hermano la codea.
—¡Y a ti tampoco! —ruge ella.
Me uno a las risas de U’hrk, porque lo cierto es que se les coge el gusto.
Es como asistir a un espectáculo de titiriteros, hasta imitan los mamporrazos.
Dirijo una furtiva mirada hacia donde está sentado mi maestro, que acaba de rozar la mano de Mircea con un cariño del que no estaba al corriente.
No hay nada raro, Lazor, pero te has perdido una conversación que en algún momento ha tenido lugar y de la que no te han hecho partícipe.
O puede que el momento que compartieron anoche haya significado más de lo que sospechabas.
Tampoco sé qué carajos le pasa al crío, pero no creo que se limite a las palabras que nos hemos dedicado hace un rato.
Mircea repara en mi mueca y le susurra algo al oído, haciendo que se ría.
Ni puta gracia me hace, pero al menos se están divirtiendo y lo está dejando bien pintón, el brillo cobrizo de la trenza despunta como un atardecer.
Me pregunto si alguna vez fui así de guapo, antes de que me mutilasen, y disipo el pensamiento porque me parece inapropiado, tratándose de mi maestro.
No, Lazor, estamos celosos, no nos distraigamos con las ascuas que se clavan en nosotros e igualan el fulgor de la hoguera, que danzan en el iris que entorna.
—¡Ya está! —Mircea le palmea el hombro a Éomar y pone los brazos en jarras, tras levantarse de un salto. Parece mentira que hace unas horas se haya estado muriendo de frío—. ¿A quién le toca?
—Pues no se te da mal. —Z’na estira el cuello, admirando el resultado—. Es posible que me deje.
—Los Caminantes contamos con muchos talentos. —Gira sobre los talones y me dedica una mueca traviesa—. ¡Te toca!
—Favoritismos —masculla Z’na.
Se coloca a mi espalda y bajo mucho la voz al hablar, aprovechando que se han distraído con Éomar. No me puedo aguantar, puede que se deba a la dichosa época de apareamiento o a que se ha agotado el cupo de secretos que estoy dispuesto a tolerar.
—Tienes el pelo un poco sucio, se te está poniendo marrón.
—¿Qué coño pasa, Mircea?
—¿Con qué?
—¿Qué le has dicho a Éomar?
Se da un momento para contestar, desenredándome a conciencia.
—Son secretos de hermanitos.
—Hermanitos —siseo, porque para los guerreros de Astharoth es un concepto muy amplio—. ¿Y se puede saber qué le pasa a él?
—Ya te lo he dicho, no te lo puedo contar.
Atrapo su mano y giro la cara, lanzándole una mirada que no invita a discusión. Contesta con otra que refleja que le importa un carajo.
—Te pones muy guapo cuando estás celoso.
—Y por eso no desaprovechas la ocasión, pero nuestros celos no son como los de los humanos. Podrías liarla bien con esta costumbre que estás cogiendo.
Me imita con un tono infantil y me planta otro beso inesperado, con la misma brusquedad de Fel’nis.
—Somos El Nudo, Lazor, y como tal actuamos. No hay nada que lo pueda romper ni haremos nada para romperlo.
—¿Cuándo ha ocurrido, eso que tenéis?
—Nos contamos algunas cosas cuando nos emborrachamos en Satirican, de las que obviamente no te acuerdas. Fue entonces cuando decidimos que seríamos hermanitos.
—A mis espaldas.
—No sabía que debíamos pedirte permiso, pero ocurrió frente a tus narices.
—No quiero que me pidáis permiso, solo…
—¿Sí?
«No quiero más secretos», me gustaría contestar. De ningún tipo, pero parece que salgan de debajo de las piedras.
La nieve cae en un fino reguero, cuando un cuervo aterriza sobre una rama alta.
Me resulta tan irónico que se me escapa un bufido.
No parece que tenga las plumas rojizas, pero lo observo de todos modos y Mircea también.
Gira la cara en cuanto me doy cuenta y se cambia de sitio, para volver junto a Éomar.