Rojamuerte El juicio de los hados #4
61%

El juicio de los hados #4

—Le haría eso a cualquier drazir, es una proeza que siquiera te adentrases en su territorio. Nos comimos a su gente, los Años de la Sangre…

—Pensaría como tú de no ser por las visitas de Oniros.

—Eso me preocupa un poco más. El Dios de los Sueños nunca ha sido amigo de los mortales, por mucho que los bardos canten a su favor.

—Me quieren con ellos en el Abismo —exhalo, soltando un quejido ronco—. Ni siquiera soy capaz de recordar el número de personas a las que he asesinando a sangre fría. Esto es lo que ahora camina contigo, este es el motivo por el que estoy condenado.

—No creo que a Oniros le importen los humanos a los que mataste, pero es el abuelo…

—De Los Hados.

—Sí.

Apoya el hombro en el tronco que tengo delante y nuestros ojos se encuentran. Su voz aterciopelada empieza a disipar la angustia, va acompañada de un ligero ronroneo.

—¿Lo hiciste tú realmente?

—¿El qué?

—Matar a toda esa gente. En ocasiones me pregunto si fue el monstruo que a veces te domina.

—La amnesia siempre acababa apareciendo, no recuerdo ni una sola matanza con la mente despejada. Empezaba con el velo rojo y de ahí a engullir corazones. Entonces salía, pero eso no quiere decir que tenga las manos limpias.

—¿Y qué hay de la amnesia que duró varias lunas, antes de que te entregasen a la Inquisición?

—Me la provocaron las pociones de G’lar.

—Liberó al monstruo que te negabas a seguir soltando.

—Sí.

Sus ojos siguen fijos en los míos, la plomiza aurora se refleja en las escamas que le rozan el labio inferior y ensombrece sus párpados.

No parece que me juzgue, no parece que tenga más intención que la de consolarme; es más, tiene la mirada empañada y respira más deprisa, movido por un pensamiento funesto.

Intuyo que trata de descifrarme porque no puede creer que lo que tiene delante haya sido capaz de todo eso.

Me abruma sentirme así de vulnerable, pero le sostengo la mirada y no retrocedo cuando se acerca un poco más y susurra:

—Quiero decirte que…

El crujido de una rama rompe el encantamiento de las tímidas ascuas de su iris, del silencio tranquilizador que ha espantado a los demonios. Giro la cabeza, carraspeando un poco.

—El pajarillo quiere verte, Lazor —la voz de U’hrk—. Está un poco asustada y creo que conmigo no le vale.

Éomar se rasca la nariz y adopta una pose un tanto brusca, como si estuviese nervioso y no supiera qué hacer con las manos. Le palmeo el hombro y lo dejo atrás, con una sensación extraña en la boca del estómago.

Los demás están descartando el cuerpo del rh’zir cuando cruzo el claro y voy hacia Mircea, que parece recuperada. Me agacho y paso un nudillo por su labio cuarteado, que también ha adquirido un tono saludable, para quitarle un rastro de sangre.

—Siento que hayas tenido que ver eso.

—Pero ahora sabemos dónde encontrarlos.

—Y hará más frío, La’Miel está a cuatro días de camino y en el punto más alto de esta maldita cordillera.

—Es cierto —dice Mircea—, pero no hará más frío.

—¿Qué quieres decir?

—Es un volcán, el más hermoso del mundo. ¿Conoces su historia? Cuentan que fue donde los Celestiales nos crearon a todos. —Baja la mirada y duda—. Lo que le has contado al…

Pongo un dedo en la hendidura que tiene bajo la nariz y sacudo la cabeza. Ojalá no lo hubiese oído, pero así son las cosas.

—Estoy vivo, todavía no me tienen y no me tendrán en mucho tiempo.

Me abraza, ocultando la cara en mi hombro y susurrando que no quiere que me tengan, que quiere impedirlo.

La envuelvo también, frotándole la espalda y reprimiéndome para no hablar acerca de lo que me ronda la mente.

Z’na aviva el fuego, todavía dedicando intensas miradas contra el hermano que la traicionó, que decide que irá a cazar junto con U’hrk y pregunta dónde se ha metido Éomar.

Mi maestro sale de entre los árboles y advierto que tiene la nariz congestionada, algo extraño viniendo de un drazir tan sano, pero sus gestos ansiosos me preocupan más, cuando dice que irá a cazar con ellos y evita mirar en mi dirección.

¿Lo he asustado con mi confesión al hablarle del monstruo?

El ambiente se ha enrarecido mucho y empeorará ahora que tendremos que quedarnos a solas con Z’na.

—¿Cómo se encuentra tu humana? —pregunta cuando se alejan.

—Se llama Mircea y puedes preguntárselo tú.

—Por poca gracia que me haga darle la razón a mi hermano, una cosa es cierta: tenemos que empezar a hacer un esfuerzo por no odiarnos si queremos que esto salga bien —comenta como si se lo estuviese diciendo al fuego—.

Así que propongo que compartamos la caza como camaradas, cuando vuelvan, y que pensemos en un nuevo nombre para ti.

Es una tradición propia de las cuadrillas y creo que ahora somos algo que se le parece.

Mircea me dedica el movimiento de cejas que suele acompañarla cuando me pide que sea amable y suelto un suspiro tan áspero como el tono que empleo al contestar que me parece bien.

Me acurruco con ella bajo las mantas para no seguir hablando con la guerrera y nos quedamos dormidos con el apacible crepitar del fuego.