Rojamuerte El juicio de los hados #3
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El juicio de los hados #3

Cierro la mano en su nuca y le estrello la cara contra el suelo, que tiene más hielo que nieve. Lo hago cuatro veces y la dejo suspendida mientras me agacho más.

—Si sabes quién soy, sabes lo que te espera si no hablas.

—Mátame, estoy deseoso de ir con mis Señores Oscuros. Inmensa es su gloria y su Trono de Sombras.

—¿Dónde están los demás, por qué erais solo seis?

—Es mejor que te apartes, Lazor. —Éomar da un paso.

—No lo creo.

—Lazor.

Lo miro y veo que ha crispado una mano. Está pensando en lo que pasó poco antes de que le desgarrase la cara a Mircea. Es cierto que la sangre me ha empezado a hervir, pero no estoy sintiendo nada parecido a lo que sentí entonces. Le hago caso a regañadientes.

Fel’nis se ha despertado hace solo unos instantes y observa la escena con el ceño fruncido y un ojo medio cerrado por el sol. Da vueltas alrededor del rh’zir cual león de montaña, mientras Éomar se agacha y pregunta:

—¿Por qué erais seis? Sabemos que atacáis en grupos más grandes.

Un pegote rojo le salpica la cara cuando el rh’zir escupe y se echa a reír, diciendo que lo va a tener crudo. Doy un paso y me topo con el brazo de U’hrk.

—¿Crees que voy a ser más suave contigo porque no soy del culto?

Le clava una garra en el dorso de la mano y la arrastra, llevándose por delante un par de dedos. El rh’zir resopla entre los dientes y el sudor se le mezcla con la sangre seca de las sienes.

—Tenemos mucha paciencia, tipo duro.

Le clava la garra otra vez y el resto de dedos pasa a acompañar a los otros, que se balancean en la nieve.

El rh’zir suelta un alarido tremendo; es cierto que es joven, cuando llevas más tiempo en el culto tienes mucho más aguante para el dolor.

Eran exploradores, él y los suyos, han venido por un motivo distinto del de atacar a poblaciones humanas.

Lo comento y lo acompaño de un rugido, con el brazo de U’hrk todavía en el pecho.

—¿Exploradores? —Éomar enarca las cejas— ¿Qué estabais buscando?

—No.

—¿No?

Mete la mano en un hueco sin escamas que tiene en el costado y la retuerce, sacándole más alaridos.

—La tengo cerrada en tu costilla, tú dirás si quieres que tire.

—¡Zaros!

—¿Sí?

—¡Zaros Mor’fn!

—Ya sabemos su puto nombre, di algo útil.

—¡Rojamuerte! ¡Lo busca!

—¿Por qué?

Sacude la cabeza y ruge como un poseso cuando una costilla pasa ante sus ojos, convertida en un palito lleno de venas que se balancean. Da un par de botes en la nieve, hasta detenerse a mis pies.

—¡G’lar! ¡Lo quiere G’lar!

—¡¿Por qué?!

Las pupilas temblorosas del rh’zir pasan de él a Mircea, que se ha alzado sobre los codos y lo mira con el ceño fruncido. Se están sosteniendo la mirada y por un momento me parece que le… suplica. Éomar no repara en ello, porque chasquea los dedos frente a su cara y le agarra de la mandíbula.

—¡No diré más! ¡Lo que me hagas no será peor que lo que me haga él si muero como un chivato! ¡Me resucitará y me volverá a matar cuantas veces quiera, le he visto hacerlo!

—¿Cómo se combate el miedo con miedo? —oigo mascullar a U’hrk.

—Te diré cómo.

Me quito su brazo de en medio y me agacho junto a Éomar, que gruñe y se aparta.

—¿Cuánto llevas en el culto, Iniciado?

—¡A ti te lo voy a decir!

—Lo pregunto porque hay cosas peores que el Castigo de G’lar, quizás todavía no lo sepas.

—Me rasco la barbilla con los nudillos, mirando hacia un lado—.

¿Te suena la Prueba del Valor? —Me mira con los ojos entornados—.

Vaya, parece que nos vamos entendiendo. Es posible que te hayan dicho que es horrible, pero que sirve para moldearte a imagen y semejanza de Los Oscuros, que puede incluso que te conviertan en su berserker…

¿Y a que ningún veterano te ha contado nada de lo que vio?

No, claro que no… ¿Temes el rostro de G’lar?

Pues yo he visto el de Los Hados, me gustaría ver cómo intenta hacerles sombra.

¿Y sabes qué te espera una vez mueras, una vez G’lar termine contigo?

El Juicio, su Juicio. Y créeme, G’lar les gusta incluso menos que tú. Ningún nigromante les gusta.

—Mientes, G’lar es su elegido. El Juicio es de Los Oscuros, que nos abrazarán como a héroes.

Río por lo bajo, enseñándole los dientes.

—Los Oscuros ni siquiera se molestarán con los veteranos, Iniciado, porque no lo merecemos.

Te voy a dar la oportunidad de morir ahora y de enfrentarte a un Juicio más misericordioso que el que te espera si bebes su esencia.

Sí, veo que todavía no la has tomado, no del todo, de lo contrario tratarías de arrancarnos la cabeza a mordiscos, aunque te falten las piernas.

Si mueres ahora, es posible que pases desapercibido.

No me engañas, eres la última mierda del culto y te voy a hacer el favor que nadie me hizo. Dime por qué me busca y será rápido.

—¡No lo sé! ¡Soy la última mierda del culto, tú lo has dicho! ¡Solo obedezco órdenes!

—Entonces dime dónde se ocultan el nigromante y Shal’karath.

—No lo sé.

—Sí que lo sabes. Le lleváis esta información a Zaros, que siempre viaja con él.

—Si te lo digo…

—¡¿Quieres esta vida, Iniciado?! —rujo cerca de su cara— ¡¿Quieres que cada puto dios del Inframundo te use de diana hasta que no quede ni un recodo de tu alma?! ¡Te estoy ayudando, pedazo de mierda! ¡Porque te juro que lo que te hará G’lar no será nada comparado con lo que te harán Los Hados!

—El pico de La’Miel.

—¡¿Qué?!

—¡EL PICO DE LA’MIEL!

Ciño las manos a cada lado de su cabeza y se la retuerzo hasta que sus ojos inyectados en sangre se clavan en sus omoplatos.

Se vacía con un estertor, hasta que tiro y me quedo con ella en las manos.

Rueda a un lado al cabo de dos latidos y sus ojos sin vida me aguijonean.

El silencio cae sobre el claro, hasta que se ve interrumpido por el gorjeo de un tímido pinzón.

Éomar me palmea el hombro y me felicita, pero el tono de su voz expresa que esto le hace tanta gracia como una patada en la cara.

Me levanto y camino hacia los árboles, porque necesito un momento para reponerme.

No es la primera cabeza que arranco, pero hablar de Los Hados y de lo que vi hace dos años me sigue trastocando.

No le he mentido ni le he manipulado, he esgrimido una verdad tan aterradora que me están temblando las manos.

Trato de aferrarme a la esperanza que me acompañó al dejar Satirican, me digo que La Prueba del Valor es otra jugarreta de G’lar y que no los vi realmente.

Pero no olvido sus rostros, aunque Oniros ya no me torture con ellos.

Y hay algo más que me ha erizado las escamas: no sé por qué el rh’zir y Mircea se han mirado de ese modo, pero no me ha parecido algo aleatorio.

¿Estaría apelando a su compasión, al ver que es humana?

No, los rh’zir no actuamos así, ni siquiera los Iniciados.

No me deja beber su sangre y ahora esto.

—¿Lazor?

Vuelvo la cara levemente, ofreciéndole mi perfil a Éomar. Se apoya en un árbol y decide quedarse donde está, porque me ve muy alterado.

—Estoy bien, no voy a volverme loco.

—No es por eso.

Nos quedamos callados, hasta que se aclara la voz y se acerca.

—¿Es cierto todo eso que has dicho, de lo que te espera cuando mueras?

—No lo sé.

—Pues me parece que te lo crees.

Aprieto los labios y me los humedezco. No quiero hablar de ello, pero no creo que vaya a dejarlo correr. Cierro los ojos, con el corazón latiéndome en la garganta y una pequeña sensación de vértigo.

—Por eso me daba tanto miedo morir. Era quedarse con el culto o eso.

—¿Y no sabías lo que ocurriría, cuando hiciste esa prueba?

—No te lo dicen, de lo contrario te lo pensarías. Luego te obligan a no hablar de ello con nadie.

—¿Y por qué os hacen pasar por eso?

—Para que nos quedemos, para que pase lo que pase temamos al suicidio.

Éomar se echa el cabello tras la oreja y asiente. Tarda un poco en encontrar las palabras.

—Pues entonces no podemos fallar. No sé si es verdad que te espera todo eso porque no hay nada más mentiroso que un nigromante, pero me encargaré de que puedas tener una vida feliz antes de enfrentarte a ello.

—Sospecho que no miente, El Dios Muerto y Oniros lo confirmaron.

—¿Qué quieres decir?

—El dios de los draugr supo que estoy maldito desde que puse un pie en su bosque y me torturó por ello.