El juicio de los hados #2
—Las usa el culto, por eso estamos aquí —contesta Éomar—. Este es el mejor lugar al que podemos aspirar. —Acerca la cara al hueco que hay entre mis brazos y mis piernas, para hablar con Mircea—. Oye, va a ser mejor que usemos la poción ahora.
—Es la única que tengo.
Compartimos una mirada inquieta y mi maestro maldice entre dientes.
—Pues va a tocar dormir abrazados —apostilla Z’na, ignorando las muecas que le lanzamos—. Todos juntitos y revueltos.
—¿Cómo es posible que tengas tal habilidad para ensombrecer un sitio con solo pisarlo, hermana? Me creería que hace más frío por tu culpa.
—Lo que dice Z’na tiene sentido, nuestro calor corporal podría servirle. —Éomar suspira—. Pero hay que apagar la hoguera. —Se encuentra con mi mirada suplicante—. Lo siento, amigo, pero así debe ser.
—Nuestra sangre también podría valerle —apunta U’hrk—.
Sé que suena un tanto extremo, pero a los humanos les sienta como un cuenco de sopa hirviendo, de ahí los remedios que hacen con ella.
—Se acerca un poco más, hablando en tono confidencial—.
Es más, juraría que la poción que habéis mencionado lleva algo de sangre de drazir.
—¿Y cómo sabes eso? —inquiere Éomar.
—He tenido que ganarme la vida de modos un tanto… peculiares. —Se encoge de hombros al ver cómo lo mira—. ¿Qué pasa? Me alegra mucho que os haya ido tan bien fuera del Antiguo Reino, pero algunos no hemos tenido más opción que ponernos a vender sangre.
—Es cierto que está muy calentita —musita Mircea, adormilada.
Preparamos los sacos de dormir y nos tendemos con ella al tiempo que nos cubrimos con todas las mantas que encontramos en los petates, por suerte damos con una piel de oso que Z’na ha traído consigo.
Éomar se tumba a su espalda y nuestros brazos se juntan cuando la envolvemos.
Los demás van a cazar y traen un venado decente.
Nos turnamos para levantarnos y comer. Los labios de Mircea se están poniendo negros y tiene las puntas de los dedos de un tono azulado, así que los mete bajo el abrigo de Éomar mientras me alimento todo lo deprisa que puedo.
Si como lo suficiente mi calor corporal aumentará, pero la ración que me corresponde es mucho menor que la de los demás.
Éomar no puede cederme parte de la suya porque la está ayudando a calentarse también.
Pregunto a los otros; U’hrk no tiene problema en hacerlo y Fel’nis gruñe un poco cuando accede, pero la que termina por cabrearme es Z’na.
—Si nos atacan durante la noche, necesitamos estar bien alimentados. Entiendo que te preocupe tu humana, pero la vida de los demás también es importante.
—Me estoy cansando de tu mierda de carácter.
—Le dijo la sartén al cazo.
—¡Z’na! —La reprende Fel’nis.
—Te ordeno que le cedas un trozo a Lazor —la voz de mi maestro irrumpe desde las mantas, bronca como el rumor del mar.
—Tú no me vas a ordenar una mierda. Los demás no respetarán la jerarquía, pero eso no quiere decir que no exista. Soy la mayor y la más experimentada, así que cuando digo que no hago algo… No lo hago.
—¿Sabes qué pasa? Que me cuesta menos que a ellos pasarme por los huevos tu jerarquía, hace poco más de una semana ni siquiera era el guerrero de nadie. No te estoy dando la opción de negarte; o me la das o la cogeré de todos modos.
—Lazor —Éomar frunce el ceño.
—No —restallo como un látigo.
—¿Por qué, Z’na? ¿Por qué siempre a golpes con el mundo entero? —Fel’nis se desespera—. A mí también me jode ceder mi ración, pero esa chica es valiosa y hay que hacer sacrificios.
—No es uno de los nuestros, hago sacrificios por los nuestros.
—Como si lo fuera —espeta Éomar—. Es más, para mí lo es. Cede. Tu. Ración.
Fel’nis se encoge de hombros, al ver que su hermana lo mira en busca de apoyo.
—Estoy de su parte, si no lo haces te la quitaremos entre los tres.
La guerrera bufa y me lanza un trozo de carne a la cara, para dar media vuelta y dirigirse hacia los árboles.
Me contengo para no encajarle un golpe en la nuca, dando mordiscos furibundos.
Vuelvo a las mantas al cabo de un rato, con la carne todavía bajándome por la garganta, y me aprieto contra Mircea después de cubrirla también con mi abrigo.
Parece que está mejorando un poco, ya no se agita como un tambor.
—Si se le ponen los labios negros, no podemos dejarla dormir — murmura Éomar—. La vigilaré ahora, tú duerme. Mircea, vuélvete.
Despierto al rato, con el aliento del que pienso que es U’hrk en la nuca.
El tipo también se ha abrazado a mí y veo que Fel’nis lo ha imitado, quedándose a la espalda de Éomar.
Pestañeo y susurra que ha mejorado un poco, así que asiento y repetimos el proceso; me quedo despierto mientras los demás duermen y me encargo de vigilarla.
Lo repetimos una vez más y nos damos cuenta de que nuestra temperatura corporal ha disminuido.
Sus labios se han vuelto a oscurecer y le cuesta abrir los ojos, así que lo único que se me ocurre es abrirme la muñeca.
—Bebe.
Le doy un par de toques en la cara y da un respingo, clavando las pupilas en la línea escarlata que me baja por el antebrazo. Pega los labios a ella y traga, la dejo hacerlo todo lo que puedo.
—Éomar.
—¿Hmm?
Dudo y me dedica una mueca insistente.
—¿Puedes hacer lo mismo con ella? En un rato, si vuelve a empeorar.
Me revienta tener que pedirle esto, pero va a ser necesario. Se lo piensa un momento y finalmente accede; es lógico que tenga reparos, quiero darme de cabezazos por sugerirlo. La ocasión se presenta al cabo de unas horas, cuando el cielo empieza a clarear.
—Tienes que beber de mí —dice Éomar.
—¿De ti? Pero Lazor…
—Tranquila.
Éomar se muerde la muñeca y susurro al oído de Mircea que está bien y que no me enojaré, así que cierra los ojos y empieza a succionar, apretada contra él.
¿Le estará sintiendo como me siente a mí?
El sonido de sus labios contra la piel de mi maestro me empieza a torturar.
Tuerzo el gesto y los vigilo con los párpados entornados, hasta que Éomar me dedica una sonrisa tranquilizadora, abriendo y cerrando la mano para bombear más sangre.
Nos queda la certeza de que no podemos repetirlo de nuevo sin debilitarnos y enfriarnos más, una vez acaba.
Y solo contamos con media poción. Como no nos movamos rápido y tengamos que pasar aquí una noche más, se va a tener que pegar a la muñeca de todos.
Recibo al sol con el entusiasmo de un infante, viendo a su vez que Mircea mejora cuando se cuela entre los árboles y la acaricia con su calidez. Z’na no ha regresado desde la discusión y una parte de mí lo celebra también.
—¿Cómo está? —pregunta U’hrk, alzándose bajo las mantas.
—Hemos tenido que darle sangre.
—Así de mal, ¿eh?
—Joder, estoy agotado.
—Yo también —gruñe Éomar, todavía tumbado.
—Puedo darle la mía, si empeora.
—Me temo que vamos a tener que arrimar el hombro entre todos.
—Si a Lazor le parece bien, claro.
Me miran y frunzo los labios en una mueca de fría y furibunda resignación. La voz me sale acorde, como cada vez que me enojo por encima de lo habitual.
—Tendría que ser muy cabrón para que me importase más eso que su vida.
—Es temporada de celo, no te lo reprocharíamos —alega U’hrk—. La cabeza no funciona cuando…
—He dicho que me parece bien —lo interrumpo, cortante.
Mircea sigue durmiendo, ha pasado una noche de perros y con el sol podrá descansar. Le paso los nudillos por la sien y vuelvo el rostro al oír el crujido de unas ramitas, a unos cuarenta latidos. Éomar se levanta, tensando el cuerpo al encorvarse.
—Es Z’na.
—¿Cómo no?
—Y huelo a otro.
—¿Qué?
Me levanto también y la vemos avanzando entre los árboles, apartando ramas bajas mientras carga con algo voluminoso. Distinguimos un par de piernas enfundadas en un pantalón hecho jirones, que le golpetean los muslos. Lleva a un tipo al hombro y puede que esté muerto o inconsciente.
—¿Qué cojones haces? —brama Éomar, harto como está de sus provocaciones.
—Lo que no hacéis vosotros.
Suelta al tipo en mitad del claro y vemos que pertenece al culto, lleva las marcas en la cara y en los nudillos ensangrentados. Le falta la mitad de ambas piernas y el ángulo de su espalda no es el que debiera tener, pero respira. Lo mueve con el pie mientras dice:
—Me tocaba mucho las narices lo de quedarme aquí sentada para esperar a que nos maten, viendo cómo se os moría el pajarillo, así que decidí moverme para averiguar algo.
El escondite que habéis encontrado solo tenía a una cuadrilla de seis y eran muy jóvenes, me da que se estaban preparando para reagruparse en otro sitio.
Antes de que me preguntéis, los he despedazado.
—Escupe sangre contra el suelo—. Me ha costado dar con ellos porque estaban bien metidos en las cuevas.
Descarga el pie contra la espalda del tipo, que gime y abre los ojos.
Nos miramos entre nosotros, más sorprendidos que enojados.
Éomar curva la comisura del labio y se rasca una ceja con el dorso de la mano, decidiendo que no la va a reprender.
Le ha pasado por encima, pero las cosas han salido mucho mejor de lo que ninguno podría esperar.
Esto significaría un duelo a muerte para otro líder, con el objetivo de disputarse el mandato, pero para mi maestro hay cosas más importantes y lo demuestra cuando asiente y la felicita entre dientes.
Me pongo en cuclillas junto al tipo y apoyo una mano en la rodilla, dedicándole todo el enojo que llevo acumulando durante la noche. Ladeo la cabeza y le enseño los dientes en la sonrisa más amplia que puedo esbozar; un espejismo de lo que fui, se le ensanchan las pupilas al reconocerla.
—¿Sabes quién soy?
—Un puto renegado.
—Tienes unas heridas cojonudas, amigo, no creo que vayas a poder regenerar eso. Lo mismo te toca arrastrarte por la nieve hasta el siguiente escondite.
—Que te jodan.
—O hasta las piernas que has dejado en las cuevas. Lo mismo te las puedes encajar solito, ¿apostamos?
—No te temo, berserker.
—Y tú no me suenas de nada. Malo para ti.