Rojamuerte El juicio de los hados
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El juicio de los hados

EL JUICIO DE LOS HADOS

Las sendas de la cordillera se vuelven más escarpadas y profundas, a medida que nos desplazamos hacia el pico de Urrik. La hermosa torre de Satirican se alza a nuestra espalda y en cuanto demos otro giro, dejaremos de verla.

Me detengo mientras los demás pasan por mi lado, porque el paisaje invita a dedicarle una pequeña reflexión acerca de todo lo que dejo atrás.

No se limita a la ciudad y al vasto T’har Kul, que asoma en un amasijo marrón tras los picos nevados, sino a una parte de mí de la que pensé que jamás me libraría, si es que acaso se me pasó por la cabeza antes de acabar en el Bosque del Draugr.

Rojamuerte me despide con su sonrisa siniestra y sus ganas de ver el mundo arder, con su rencor acerado y su mirada macilenta, demasiado cansado para vivir, demasiado cobarde para morir.

Repudié su oscuridad poco antes de llegar a la ciudad, pero no me lo sacudí del todo hasta anoche, cuando sus pesadillas me abandonaron y solo quedó la paz de unos brazos de piel aceitunada, del familiar olor de la viajera con la que no me atreví a hablar la noche en la que decidí acabar con mi vida.

Y me sigues acompañando, Rossana, pero tu recuerdo ya no me hiere, me mece con ternura cuando visito la morada de Oniros y me embulle de una fuerza con la que jamás conté.

Quiero pensar que me he convertido en algo de lo que estarías orgullosa y quiero pensar que todavía hay esperanza, que me reencontraré contigo en el campo de cebada roja en el que concebimos a nuestros hijos y en el que los vimos jugar.

El amor que todavía siento por ti y que sentiré hasta el último de mis días se ha convertido en la coraza dorada que ahora luzco frente a la adversidad que en un tiempo me lapidó, resplandece como la luz que se cuela entre los nubarrones y disipa las tentaculares sombras del tormento.

Mircea se aprieta contra mi brazo y suspira, la luz que se filtra a través de la gema de Satirican decora su mejilla con reflejos nacarados y sus ondas se mecen con el frío viento que agita el valle. Puede que ella también esté pensando en su Rona.

Beso su frente y le doy un pequeño apretón en el hombro, para que me camine conmigo.

El viento nos azota con una diatriba de puños helados a medida que nos adentramos más en las Sierras del Fuego, es tan fuerte que hasta Fel’nis llega a tambalearse y es sostenido por U’hrk cuando su pie da un resbalón cerca del acantilado que bordeamos.

Hay tanta nieve y niebla que el límite del mismo se confunde y por poco nos quedamos sin el ariete de la compañía.

Después le llega el turno a Mircea, que se tambalea en la ventisca como una veleta ajada y se inclina peligrosamente hacia el vacío, debido al peso del petate que se le descuelga de un hombro y da bandazos.

La agarro a tiempo, pero sus pertenencias se pierden en la infinidad blanca y la oigo soltar un grito de profunda extenuación, que pasa a un gemido desesperado.

Caemos de espaldas y una vez que nos hemos asegurado de que no nos veremos arrastrados por el temporal, la suelto y dejo que gatee hasta quedarse cerca del borde.

—¡No lo vas a recuperar! —vocifera Fel’nis, acercándose para agarrarla de la capa y evitar así que avance.

Mircea se vuelve hacia él con los labios apretados, parece a punto de echarse a llorar.

Se rasca la nariz en un burdo intento porque la nieve no se le meta en ella y gatea de vuelta, para ponerse en pie y sacudirse las piernas.

Me levanto también y caigo en la cuenta de algo que no tiene solución, agradeciendo a su vez que hayamos metido el abrigo de piel de lobo y su saco de dormir en mi petate.

Ojalá no vayamos a necesitar lo que ha perdido.

Acampamos en la ladera del pico de Urrik, un solitario cerro bordeado por un río inmóvil que refleja los rojizos colores de la tarde.

La gélida niebla danza en sus faldas y penetra en nuestros huesos.

Los árboles de un bosquecillo nos resguardan del viento y permiten encender una modesta hoguera, tan pequeña que apenas sirve para calentarnos.

Es para Mircea, que lleva un rato diciendo que no siente las yemas de los dedos.

La apagaremos cuando caiga la noche, porque no queremos hacernos visibles, y mientras me entretengo tratando de acomodar a la Caminante con mi calor corporal.

Es una complicación que se nos ha pasado por alto, no estamos acostumbrados a pensar con las limitaciones de los humanos.

La nariz le moquea y tiene la punta roja y algo despellejada, por no hablar de las manchas oscuras que le han salido en la línea de la frente y en las orejas.

Éomar se preocupa casi tanto como yo, por lo que sugiere que dejemos la hoguera encendida un poco más, pero se encuentra con la reticencia de los otros.

No podemos correr con el riesgo de ser descubiertos, sería un suicidio.

—No os preocupéis, he estado en sitios más fríos —tirita, acurrucada en mi pecho y envuelta por la piel de lobo que le regalé—. El clima no mata a un Caminante.

—No contabas con este clima, no pasa nada por admitir que tu gremio también se equivoca.

—Es cierto que ha empeorado un poquito —susurra en una admirable muestra de optimismo.

—Deberíamos apagarlo, ya es casi de noche —interviene U’hrk.

—Podemos estirarlo un poco más —replica Éomar, cruzado de brazos.

—Hay que apagarlo —Fel’nis sacude la cabeza, desde el árbol en el que está apoyado.

Me debato entre el sentido común y el disgusto, entre asentir o pedirles que cierren la puta boca. Cada vez tirita más, podría oír cómo le castañetean los dientes desde el otro lado del bosque, no estoy exagerando. Cuando sea de noche y la temperatura se desplome…

—Yo digo que no lo apaguéis, porque los otros tendrán que ver algo para avanzar por esta mierda blanca y gris.

La voz ha salido de entre los árboles. Mis compañeros reaccionan con la misma alarma, crispando las manos y encorvándose.

Dejo a Mircea junto al fuego y los imito, hasta que reparo en que Fel’nis no se ha movido del árbol y que de hecho está más preocupado por hurgarse las garras.

Abro la boca para preguntarle qué coño le pasa y entonces la veo.

—Aunque he podido oleros durante todo el camino y no creo que se deba a mis habilidades. Astharoth Todopoderoso, ¿hace cuánto que no os bañáis?

Z’na Reid se detiene en la línea oscura de los árboles, resplandeciendo más que la nieve que pisamos.

Lo raro es que no la haya visto llegar, pero es posible que sepa erizar las escamas a voluntad para tornarlas más oscuras.

Nos da un momento para contestar, chasquea la lengua y se dirige a su hermano:

—Tú y yo tenemos que hablar.

—Ya habrá tiempo —contesta Fel’nis, raspándose el interior de la garra del índice con un palito. Ni siquiera la ha mirado.

—¿Sabías que nos seguía?

—Pues claro que sí, Lazor, es mi hermana. —Se digna a mirar a Z’na—. ¿Te han seguido?

—Vendrán mañana, a más tardar.

—¿Te importa decirnos qué pasa? —U’hrk imita mi desagrado.

—Vendrán más, ya os lo dije. —Fel’nis se hurga los dientes también—. O se encargaba mi hermana o acababan viniendo al enterarse de que estoy aquí. —Escupe el palito—. Imagino que Sthyrias no ha tenido nada que ver.

—Por inspiradora que resultase tu puñalada trapera, la gente de Sthyrias no se sentía inclinada a avisar a nadie —espeta Z’na, igualando el cinismo de su mellizo—. Así que he tenido que patearme todo el camino a Garmont, ida y vuelta.

—Pues se ha encargado mi hermana, veo que ya no soy tan popular.

—Les echaban los ojos chiribitas cuando dije que marcharías conmigo.

—Normal, a ver quién coño te aguanta a solas.

Genial, no solo debo preocuparme por Mircea, sino que ahora también tenemos a Lady Bésame Mucho el Culo en el campamento. Vuelvo junto a la hoguera y la envuelvo con mis brazos, profiriendo un bufido.

—Z’na. —Éomar le dedica un asentimiento escueto y se yergue.

—Éomar —lo imita ella.

—Estás aquí.

—Estoy aquí, sí.

—Supongo… que está bien.

—Supongo.

—Y me aceptas.

—¿Cómo qué?

—Como líder.

—Ya veremos.

—¿Ya veremos?

—Joder, ¿podéis enrarecerlo más? —Fel’nis resopla—.

Vamos a quitárnoslo de en medio porque estas mierdas me dan más dentera que la carne de tres días.

—Señala a Éomar—. Tú te vas a disculpar por haberla rechazado y ella se va a disculpar por haber perdido el control frente a Sthyrias.

—Da una palmada, viendo cómo lo miran—. No pienso aguantar esto durante el tiempo que nos quede de caza. —Señala entre ellos—. Así que vamos.

—Cállate de una puta vez, Fel’nis. —Z’na bufa y va hacia un lado para soltar su petate.

—No me voy a disculpar. —Mi maestro les da la espalda y viene junto a nosotros.

—Me queda claro que no lo harás —masculla ella, buscando algo.

Éomar gira la cabeza como un resorte y endurece la mandíbula, pareciendo que se contiene.

—Joder. —Fel’nis se da por vencido—. Pues así van a ser las cosas.

—Sí. —U’hrk arquea las cejas, con las pupilas clavadas en la nieve y los brazos en jarras.

He estado más pendiente de Mircea que de la comedia que han montado, porque los labios se le están poniendo morados.

Susurro si está bien y asiente entre titubeos.

Éomar saca una de las pociones de su capa y le pregunta si es la que le pidió que usase con ella, en caso de congelación.

Asiente de nuevo y pega la cara a mi pecho, diciendo que no lo va a necesitar.

—Se os va a morir esta noche si no hacéis algo.

—La voz de Z’na nos interrumpe—. Urrik se ha puesto peor en las últimas lunas porque el clima se está volviendo loco.

—Le dedico una mirada fulminante mientras se acerca y ladea la cabeza, mirando a Mircea como si fuese un ratón de campo—.

Hay unas cuevas por aquí cerca, imagino…