Rojamuerte Festín de dragones #3
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Festín de dragones #3

Tengo los ojos cerrados y estoy tratando de recuperar el aliento, porque hemos follado por toda la habitación y lo cierto es que he perdido práctica.

Oigo cómo se levanta y abro un ojo, reparando en las líneas carmesíes que le bajan por el interior del muslo.

Tenemos que hallar el modo de evitar eso, porque me desagrada mucho pensar que la estoy destrozando cada vez que lo hacemos.

Habrá que preguntarle a las profesionales, cuando tengamos un momento entre matanza y matanza.

Curvo un lado de la boca al ver que se acerca con algo brillante; es un pendiente de oro, como el que llevan los Caminantes.

—No tengo agujeros en las orejas.

—Pues te los hacemos, tengo un imperdible justo aquí. —Se tumba de lado, examinando mi lóbulo—. Era de Rona, ¿sabes? Y de mi madre antes que de ella. Quiero que las lleves a las dos contigo cuando mates a Shal’karath. Te dará suerte, ya verás.

Ni siquiera noto el pinchazo, estoy demasiado maravillado viendo cómo las primeras luces perfilan la silueta de su rostro, colmándola de destellos rojizos. Por ti es que lloran los bardos, Caminante.

Me besa la oreja y luego sigue por el cuello, sacándome una risita.

—No sé…

—Hay que aprovechar todo lo que se pueda, Gruñidos.

—Estoy de acuerdo, pero ya van cuatro veces y está amaneciendo. —Pues que amanezca.

—¿No te duele?

—Ya te lo he dicho, solo al principio… Y al final, pero es solo hasta que te relajas.

—Que no, Mircea.

—Pero si estás ronroneando otra vez.

Me quedo mirándola un poco más y mi dedo retira una onda de su mejilla, es verdad que parece que tenga escamas.

—Te has llevado todos los malos sueños —susurro.

—¿Y cómo sabes que esto no es un sueño?

Sus ondas me cubren cuando nos fundimos en un largo beso, al que siguen otros.

Éomar me dedica un gesto a medio camino entre el mal humor y el orgullo fraternal cuando salgo de la habitación para reunirme con ellos.

Es posible que nunca me haya visto sonreír así, porque la noche me ha sentado de miedo aunque solo haya dormido una hora.

Me palmea la espalda cuando tomo asiento en el banco y descubro que han dejado otra presa para devorar, más pequeña que la de anoche.

Mircea se acerca al cabo de un rato, rascándose un ojo y caminando con las piernas muy separadas.

Puede que nos hayamos pasado un poco, pero luce una sonrisa muy parecida a la mía.

Fel’nis tiene la boca llena de vísceras y las baja con dos largos tragos de vino.

U’hrk tiene mal despertar y lo hace saber con un rugido corto, cuando toma asiento y agarra su porción.

Masculla que fue mala idea alquilar solo dos habitaciones y Éomar recibe el comentario con un asentimiento enérgico.

—He tenido unos sueños de lo más… extraños —comenta Fel’nis—.

De vez en cuando aparecía un tipo que me decía cosas al oído.

Decía… —Esboza una mueca de fingida solemnidad, inclinándose sobre la mesa y creando una expectación tremenda con una pausa que se alarga por cinco latidos—. «Mmmm» «Ahhh» «Ufff».

Las carcajadas lo suceden, retumban por la habitación como true-nos. U’hrk lo señala, fingiendo sorpresa.

—¡Yo he tenido uno parecido! En los míos decía: «Ahí… Ahí… Ahí».

Éomar se aclara la voz, esboza una sonrisa de afectación y añade:

—Y no olvidemos: «Rrrrrr» «Mhm… ¡Mhmmm!» y «¡No pares!»

—Ya me ha quedado claro que habéis estado poniendo el oído. — Me rasco la coronilla, mortificado a la par que eufórico.

—Hubiésemos querido no ponerlo, te lo aseguro.

—Ya lo creo —resopla Éomar.

—En el fondo os ha gustado. —Mircea da con la jarra en la mesa, conteniendo otra risotada.

—Créeme, Caminante, no es la primera vez que tengo que aguantar los gruñidos de unos camaradas que se lo pasan bien, pero jamás como anoche.

—Fel’nis trata de meter un trocito de carne en su jarra, pero no acierta—.

No se os ocurra volver a hacerlo si no vais a permitir que nos unamos a la fiesta, la habitación entera se ha puesto verde de envidia.

—Creo que el jefe hasta se ha enfadado —apunta U’hrk, evitando el codazo que le propina Éomar.

Seguimos compartiendo chanzas, hasta que empezamos a prepararnos para echarnos a la senda.

—¿Y esto? —U’hrk señala mi pendiente, mientras se carga el petate a la espalda—. ¿Ahora eres Caminante?

—Por una noche como esa, yo me haría hasta Conservador —dice Fel’nis, pasando por nuestro lado—. ¿Todo en orden, jefe?

Éomar observa su petate con los brazos en jarras. Aunque lo ha preparado a conciencia y sabe que no se deja nada, parece que no quiera moverse. Dejo a los otros en la puerta y le pongo una mano en el hombro, fijando los ojos en sus cosas.

—Sin miedo, chavalín —murmuro para que solo pueda oírme él.

Gira la cabeza y curva la comisura del labio, dedicándome una mirada cargada de todo lo que ya he podido ver en su postura. Inclina la cabeza hasta pegar su sien a la mía y susurra:

—¿Sabemos lo que estamos haciendo, palurdo?

—Vaya que sí, tenemos dos cabezas que arrancar. Y dentro de poco podrás contárselo a tu hija y al niño que todavía no ha nacido, así como a tu Rhenara.

—¿Eso crees?

—Te lo prometo.

Se separa y me mira a los ojos, tratando de adivinar si creo mis propias palabras. Me veo reflejado en ellos, sonriendo como no lo he hecho en cinco años. Claro que me las creo, Éomar, a tu lado sería fácil hasta creer que el cielo es verde y no azul.

—Te creo.

Vamos juntos hasta la puerta y me da un sutil codazo, antes de tomar la delantera. Mircea me coge del brazo cuando caminamos por el pasillo y dice algo así como que se ha quedado con hambre.

—Como sigas pareciéndote a mí, te van a salir hasta escamas.

—Ya tengo escamas.

—Pues pupilas verticales, lo mismo da.