Festín de dragones #2
Estoy seguro de que pueden oír mi pulso, U’hrk ha desviado la mirada y la tiene clavada en la vena que me palpita a un lado del cuello. Curvo la boca en un amago de sonrisa y observo a los demás, que no parecen alarmados.
—Así que será… fácil —comenta Éomar, que ha vuelto a centrar su atención en mí.
—Es el secreto mejor guardado del culto, muchos de sus integrantes ni siquiera lo saben.
—Así que primero vamos a por Shal’karath y luego…
—Deberíamos ir a por G’lar primero, es la verdadera cabeza de la serpiente. Sin sus ritos y su magia no son nada.
—Los conoces mejor que nadie, así que dirigiremos el ataque juntos —dice Éomar—. Mircea, ¿podrías dibujar lo más parecido a un mapa, con las localizaciones que compartió el otro Caminante contigo?
—Tengo el material en mi petate. —Se despereza al levantarse, para ir hacia el otro lado de la habitación—. Si algo se nos da bien, es dibujar mapas.
U’hrk sigue mirándome, porque no me he calmado del todo y tengo las manos crispadas.
Mircea vuelve y apoya un trozo de pergamino en la parte menos manchada de la mesa, pero uno de sus bordes se tiñe de sangre.
Moja una pluma en un frasquito y la observamos mientras traza líneas con todo el esmero que le permite la borrachera, presionando la lengua contra la cara interior de la mejilla.
Éomar se levanta y mira por encima de su hombro, señalando su destreza e invitando a los demás a acercarse.
Mi hábil compañera los deja alucinados, no hay día en que no me sorprenda.
—Siete posibles escondites, la cosa se complica —señala Éomar.
—Qué ratitas más astutas —dice Fel’nis.
—¿Si yo fuese Shal’karath, en cuál me ocultaría? —pregunta Éomar.
—¿Cómo sabemos siquiera que está en las Sierras del Fuego?
—Está aquí porque así es más fácil coordinar los ataques contra el mundo humano —intervengo—. Las montañas le ofrecen la cobertura que necesita.
—Pero te dejaron en Vytherin cuando te echaron del culto —dice Éomar.
—Y después se replegaron a las Sierras del Fuego, así es como actúan.
—Entiendo… Pues ahora solo queda adivinar dónde se oculta. Con un poco de suerte nos hacemos con alguien de utilidad, mañana.
—¿Vamos a secuestrar a uno? —La proeza me parece arriesgada, aunque muy acertada.
—Por supuesto, ¿qué piensas sino que podemos hacer? Lo repetiremos en todos sus escondites.
Me levanto y cojo la mano de Mircea para llevármela a un lado, dejándolos con sus conjeturas. Esgrime una sonrisa beoda y llena de entusiasmo.
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres, venir con nosotros?
—Mírame la cara, Lazor. No puedo estar más comprometida con tu causa.
—Cierto. —Paso un nudillo por sus suturas, apenas rozándolas—. Puede que no lo sepas, pero tienes el corazón de un dragón.
Me agarra de las solapas del abrigo y me atrae hasta quedar a un palmo de mi cara.
—Claro que lo sé, mi padre me lo dijo.
Nos besamos y me rodea el cuello con los brazos para que la levante del suelo.
Ignoro los silbidos de los demás cuando cruzo la habitación y busco la puerta a tientas, sin dejar de besarla.
Por suerte la nuestra está conectada a la suya y no tengo que tantear mucho.
Mircea apoya la barbilla en mi hombro y los despide con la mano.
—¡Buenas noches tengáis! —Fel’nis se carcajea— ¡No os preocupéis, ya nos quedamos nosotros aquí organizando la revolución!
—Déjalos, a saber cuándo tendrán una ocasión como esta —replica Éomar, con tono apocado.
—Yo me voy a la cama también, sois demasiado feos para quedarse hasta tarde.
La acuesto en la cama y la ayudo a desnudarse, empezando por desabrocharle los cordones de las botas, que apoyo en mi rodilla.
Hace ademán de echarse hacia delante para ayudarme y le doy un cariñoso empujón, diciendo que solo vamos a dormir.
Le quito una y cuando termino con la otra se me sube a la espalda, para tratar de atraparme la oreja con los dientes.
Suelto una carcajada áspera y sacudo la cabeza.
—Hace un siglo que no me tocas.
—Los Hados no quieren que ocurra, parece ser.
—Los Hados no pueden con nosotros. —Me pasa la lengua por el lóbulo y me estremezco—. Quiero que ocurra.
—Tienes fijación con tirárteme encima cuando estás borracha y ya sabes lo que pienso.
—No quiero que seas un caballero, no esta vez. —Oigo cómo se desabrocha el peto y los pantalones—. Quiero que me devores como a ese ciervo que nos acabamos de zampar.
—No eres un ciervo. —Me quedo sentado, luchando contra el impulso de hacerle caso.
Me levanta el pelo para pasar los labios por mi nuca y aspiro entre los dientes cuando me muerde.
Cierro los ojos y suspiro cuando sigue por un lateral de mi cuello y vuelve a entretenerse con mi oreja.
Mis escamas repican y las de la espina dorsal las acompañan al cabo de un latido.
Estoy a punto de mandar a Los Hados a tomar por culo.
—Estoy cubierto de sangre y barro.
—Me gusta.
Contengo un gruñido, porque el cuero no es amigo de las erecciones y me estoy destrozando la entrepierna. Su mano repta hasta el bulto y me lo acaricia, para mayor tormento.
—Holaaa —ríe en mi oreja, segura de su aplastante victoria.
—Holaaa —ronroneo.
Desliza el abrigo por mis hombros y sigue entreteniéndose con mi oreja, mientras me lo quita.
—Estás…
—¿Estoy…?
—Borracha —se me escapa el gruñido, cuando mete mi mano entre sus muslos desnudos.
—Estoy empapada. Es verte luchar y ponerme más cachonda que un semental.
—Lo estoy oliendo —resoplo.
—¿Quieres tenerlo más cerca?
Me vuelvo sin que pueda predecirlo y el colchón gime cuando me arrojo sobre ella, apoyando las manos a cada lado de sus hombros.
Se frota contra el bulto que me causa más daño que placer y me mete la lengua en la boca, mientras me peleo con las correas.
Me ayuda y se sirve de los pies para bajarme los pantalones, moviéndose con una destreza admirable.
—No, espera.
—Ya he esperado suficiente.
—Te voy a destrozar si lo hacemos así.
—Destrózame.
Cierra las manos en mi nuca y alza las caderas para que la penetre, pero me echo hacia atrás y hace un mohín.
—Me han destrozado antes y me gusta.
—Dudo que te haya destrozado un drazir.
Un atisbo de duda asoma a sus ojos y frunzo el ceño al ver que me sostiene la mirada durante cuatro larguísimos latidos, pero se echa a reír y descubro que me estaba tomando el pelo. Hay que ver lo que le gusta jugar con mis celos.
—Tú encima.
—Pero lo hacemos. —Me señala con el dedo, ceñuda.
—Lo hacemos —suspiro como si no me apeteciese, aunque ronronee como un león.
Me tumbo y la observo mientras gatea con una sonrisa sugerente, adornada por las pecas de su nariz.
Acaricia las espinas que me rodean el muslo, sirviéndose de la lengua, y pasa al otro.
No sé si me hace gracia que le gusten tanto mis tatuajes.
Teniendo en cuenta de qué están hechos resulta hasta obsceno, pero el cosquilleo y el roce de su aliento me convencen de que no es momento para encrucijadas morales.
Arrastra los labios por más espinas, hasta detenerlos en las que se arraciman en mis ingles.
La acompaño con ronroneos irregulares, cuando me da un pequeño mordisco.
Paso los dedos por su cabello negro y atrapo sus ondas, preguntándome lo que se propone.
Arquea las cejas en un coqueta expresión de sorpresa y sacudo la cabeza, adivinando al fin sus intenciones.
Asiente mientras niego, pero desisto cuando empieza a inclinarse.
¿Quién soy yo para contradecirla?, pienso mientras me muerdo el labio.
Mis ronroneos se han vuelto tan fuertes que seguro se oyen en la otra habitación.
Su aliento me acaricia el miembro cuando besa mis escamas con una delicadeza tortuosa; repican y abro la boca para soltar un quejido mudo.
Usa la lengua y mueve la mano en un vaivén lento, impregnándose con las primeras gotas de mi oscura semilla, que se confunden con la sangre de la pequeña herida que se ha hecho.
Abre los labios en torno a la punta y empieza a deslizarlos, aunque no puede abarcarla toda.
Frunzo el ceño al ver que le cuesta y trato de decir algo, pero me clava un colmillo y suelto un alarido tan rotundo que ella da un pequeño salto.
—¡ASTHAROTH TODOPODEROSO!
—Perdón, es que es difícil.
Me estoy mordiendo el labio y resoplando por una comisura, porque he visto las putas estrellas.
—¡Te he avisado!
—Has hecho así con la cabeza, que no es avisar.
—Vamos a limitarnos a las manos y a lo otro, ¿te parece?
—Que sepas que soy buena con esto, no vayas a llevarte una impresión que no es.
—Seguro que eres la mejor, pero me has arrancado media polla.
—Le voy a dar un besito para que se cure.
—No más besitos ahí, por favor.
—Lo estudiaremos en otro momento.
—¿Todo en orden? —La voz de Éomar, al otro lado de la puerta.
—¡Perfectamente, amado líder! —Junta los dedos de la mano y se los lleva a la sien en un saludo cómico—. ¡Le he hecho un poco de da…!
Me echo hacia delante y la tomo por la nuca para besarla, confiando en que deje de contarle nuestras intimidades. Me recibe con risitas, que se convierten en leves gemidos cuando paso los labios por su barbilla y cierro la boca en su garganta.
—Nada de mordiscos esta vez.
Gruño, porque he estado a punto de morderla en un hombro.
—Es como pedirle al mar que no haga olas, pero lo intentaré. — Frunzo el ceño, es la segunda vez que la noto reticente—. ¿No quieres que te sienta?
—Solo un par de sorbitos. —Pasa un dedo por mi labio inferior y se da cuenta de que se me ha oscurecido el ánimo—.
Hay que ver lo romántico que eres, Lazor.
—Hace un mohín, pero no me convence—. Estoy cansada del camino, es todo.
—Se encoge de hombros—. Cuando recupere las fuerzas podrás morderme hasta detrás de las rodillas.
—Pero va todo bien, ¿verdad?
Mete la mano entre nosotros y suelta una risita al ver que reacciono como un león enjaulado.
—De maravilla.
—Tengo un regalo para ti —musita Mircea, pasando el dedo por la línea de mis pectorales.