Rojamuerte Festín de dragones
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Festín de dragones

FESTÍN DE DRAGONES

Mircea todavía tiembla y no es para menos.

Me recuperaré rápido del brazo roto y de mis heridas, pero Éomar lo tendrá un poco más difícil.

Me está echando la bronca por meterme a defenderlo, dice que lo he humillado y que espera que no se repita, pero me importa un bledo porque habría acabado mucho peor de no haber sido por mí.

Tengo que adaptarme a sus costumbres, pero el honor no me parece práctico según en qué circunstancias; es la zancadilla que has visto venir y que podrías haber evitado.

Ahora soy su guerrero, pero me digo que algunas cosas no van a cambiar.

—No soy un niño de teta, soy tu maestro.

—Quería protegerte y lo conseguí, no me arrepiento de nada.

Lo he dejado sin palabras, tal vez se deba a que jamás esperó que dijera eso. Su expresión pasa del escollo a la más absoluta confusión, parece que hasta contiene el aliento. Se aclara la voz, pero tarda unos latidos en contestar.

—Creo que te di una impresión de lo que no soy, en el acantilado.

—Me parece que no y créeme, me gusta más ese Éomar.

—¿Te… gusta? —Su voz se ha vuelto más aguda.

—¿A ti no?

Se le han humedecido los ojos, puede que se deba a que no pestañea. La confusión ha pasado a una mueca atónita. Continúo, mi tono de voz se ha enfriado porque me estoy enojando.

—En fin, tú harás las cosas a tu modo y yo al mío. Soy tu guerrero, no tu esclavo.

Doy media vuelta y me alejo, porque no quiero seguir llevándome una reprimenda.

Hemos alquilado un par de habitaciones en una posada que hay cerca del templo, para prepararnos para la marcha que tendrá lugar al día siguiente y que podría ser la última.

Considero que deberíamos esperar más, pero las heridas de mi maestro no sofocan sus ansias de revolución.

La comida es de agradecer en el lado drazir de la ciudad: fresca y sangrante, como si la acabásemos de cazar, y sonrío al ver que esperan a que mi maestro dé el primer bocado.

Es lo apropiado, ahora es nuestro líder, pero Fel’nis es el mayor y esperaba que empezase él.

Los estudio en silencio, mientras me lleno la cara de vísceras.

El primo, hermano o lo que sea de Z’na me mira también, aunque ya no lo hace con inquina.

Luego mira a Mircea, que no quiere ser la nota discordante y trata de desgarrar con los dientes el trozo crudo que se ha servido. No se le está dando bien.

—Podemos pedir que te lo cocinen —susurro, limpiándome la boca con el brazo.

—Le estoy cogiendo el gusto.

Fel’nis se echa hacia atrás mientras mastica y el banco gime con él. —¿Cómo ha ocurrido… esto?

—¿El qué? —gruño, masticando también.

—Tú y…

—Se llama Mircea.

Los demás nos dedican toda su atención, parece que se han contenido en preguntar lo mismo. Suspiro y la miro, reparando en que esboza una sonrisita tímida.

—¿No lo has visto antes o qué?

—Lo he visto poco, por eso pregunto.

—Es una historia súper bonita que seguro te hará llorar como una niñita, pero no me apetece contártela.

—Sé amable. —Mircea me da un apretón en el brazo.

—¿Se la cuentas tú?

Ríe por lo bajo y sacude la cabeza, echándome a los lobos.

Tomo aire, dejo las vísceras y me dispongo a hablar de todo lo que ocurrió en el Bosque del Draugr, aunque omito algunos detalles acerca de lo que me llevó hasta allí, porque no quiero que las emociones me embarguen en demasía.

Mircea me coge la mano al ver que me tiembla y sonríe todo el rato, con los ojos tan vidriosos como los míos.

Rona vuelve a estar entre nosotros, la habitación se convierte en el campo de colinas plateadas en las que recogió las luciérnagas del Dios Muerto.

Mis nuevos compañeros atienden a cada palabra y el que parece más conmovido con nuestra historia es U’hrk, el de las escamas moradas.

Se hace el silencio una vez acabo, pero ninguno retoma lo que estaba haciendo. U’hrk da un par de toques en la mesa con un dedo y alza su vaso para que brindemos con él.

—Por quienes nos hacen desear ser mejor persona. Puede que no lo consigamos del todo, pero solo por ellos merece la pena seguir en el mundo.

—Por Rona —musita Mircea.

—Por Rona —la secundo.

Compartimos una mirada cuando su vaso choca con el mío.

Mi maestro me sonríe por primera vez desde nuestra disputa y asiente, dándome a entender que se le ha pasado.

Nada como una historia de amor y pérdida para ablandar el corazón de un guerrero, al menos el de uno como él.

Fel’nis no se muestra impresionado, como si el clan Reid estuviera hecho de piedra, pero me concede una sonrisa escueta, que también le dedica a Mircea.

Mi compañera aspira entre dientes al beber, lo ha hecho también mientras comía y se debe a las suturas que le bajan por la comisura derecha del labio.

—¿Creéis que vendrán más? —pregunta Éomar.

—No cuento con ello. —U’hrk se encoge de hombros—. Los que quedan son aún más honorables que el gran Sthyrias Thesyn. Cuando se enteren de la que habéis liado…

—Vendrán. —Fel’nis deja el vaso en la mesa y coge otro manojo de vísceras—. Por eso me he unido.

—¿Eras el gancho, eh? —intervengo con sorna—. Por eso es que Z’na nos dijo que debíamos presentarnos con ella.

—Mi hermana me usa como moneda de cambio, no lo negaré. Todos somos monedas de cambio para ella y Sthyrias lo sabe, de ahí que le haya dado tanta caña.

—¿Tu hermana? —enarbolo una ceja.

—No te hagas el sorprendido, tenemos las mismas escamas y el mismo genio.

Como aliada es una delicia, como compañera…

En fin, lamento que las cosas hayan salido así.

—Mira a Éomar—. Supe que se iba a liar desde el momento en que dijo que te reclamaría; si las cosas no se hacen a su modo se pone bastante feo.

—Es una pena que no vayamos a poder contar con ella. —Éomar le dedica una mueca socarrona.

—No cantes victoria. Te guarda rencor, pero sigue siendo una Reid y el conflicto es nuestro canto de sirena. Se le pasará de aquí a dos días y la tendremos gritando órdenes por el campamento, ya verás.

—Uf —suspira U’hrk.

—Ya no te da tanta pena que no te reclamase, ¿a que no?

—Tres pretendientes horrorizados, la herencia de la gran Z’na Reid.

—A mí no me cuentes, hemos tenido un hijo y ahí acaba todo. — Fel’nis resopla—. Por Astharoth Todopoderoso que lloré cuando se cansó de mí, y no fue por pena.

—Pues a mí sí que me da pena —interviene Mircea.

Nos volvemos a mirarla y se le ponen rojas hasta las orejas. Juguetea con la carne que queda en el único plato que hay en la mesa, que se ha empeñado en usar.

—Que no venga con nosotros, quiero decir. —Se encoge de hombros, sin mirar a nadie—. Es pragmática y a veces cruel, pero es del todo necesaria. Apuesto a que podría con Shal’karath ella solita.

Fel’nis mastica largamente, con las pupilas clavadas en mi compañera. Éomar aprieta los labios y arquea las cejas, como si acabase de contar un chiste que nadie entiende. U’hrk esboza una sonrisa nerviosa y bebe.

—Estoy de acuerdo —admite Éomar, liberando un sonoro suspiro—. Es del todo necesaria. —Traquetea con las garras en la mesa—. Mierda.

Entiendo cómo se siente, a mí tampoco me haría gracia que la persona que ha hecho que quiera suicidarme sea una pieza imprescindible en mis planes, pero Mircea tiene razón. El oso nos facilitaría las cosas enormemente.

—Recuerda lo que he dicho: volverá —Fel’nis se llena el vaso y señala a Mircea con él—. Y tú me estás cayendo bien.

—Es gracias a ella que tenemos localizados los escondites del culto —dice Éomar—, debería caerte mejor que bien.

—¿Ah, sí? Pues entonces no hay que perderla de vista.

—Están todos aquí. —Mircea se da un toque en la sien—. Tengo una memoria prodigiosa.

Seguimos comiendo y bebiendo hasta llenar la mesa de pulpa y cerveza, distrayéndonos con historias acerca de cómo solían ser las cosas.

No tengo mucho que aportar porque sus vivencias distan mucho de las de los cuentacuentos, pero las bromas me entretienen.

Mircea lleva un rato con la cabeza apoyada en mi brazo sano y bosteza de cuando en cuando, por lo que decido que es hora de que nos retiremos; está medio dormida cuando susurro en su oído.

Muevo la mano del brazo que llevo sujeto al pecho y empiezo a quitarme la venda, comprobando que ya se ha soldado. No hay nada como un buen festín.

—Diréis lo que queráis de la esencia de G’lar, pero eso es… —U’hrk me ha estado observando.

—Pone los pelos de punta, sí. —Fel’nis esboza una mueca agria, mientras traga—. E imagino que con Shal’karath será mucho peor.

—Mil veces peor —contesto, moviendo los dedos y girando la muñeca—, he visto cómo ese cabrón volvía a colocarse una mano arrancada de cuajo, como quien junta dos pegotes de cera derretida. Si queréis mi consejo…

—Lo queremos. —Éomar se echa hacia delante y apoya los codos en la mesa.

—Hay que arrancarle la cabeza, ese debería ser el objetivo de todos. Nada de distraerse con golpes en el resto del cuerpo, la cabeza es lo que cuenta.

—¿Y qué hay del nigromante, sabes cómo acabar con él?

—Es humano, así que será fácil.

Me miran como si acabase de levantarme para mear en la mesa y Fel’nis masculla que me lo estoy inventando.

Es la reacción esperada, todo el mundo supone que es drazir porque cuenta con atributos muy parecidos a los nuestros.

Disfruto de su reacción un poco más, sintiéndome como en los viejos tiempos, cuando contaba historias de terror para los retoños de las aldeas que visitaba.

—Tiene una corona de cuernos y algunas escamas, es cierto, pero es humano.

—No es posible.

—Es posible cuando haces tratos con el Abismo. Les ocurre a todos los nigromantes de La Torre —interviene Mircea—. Los de mayor rango tienen hasta tres ojos.

Pongo una mano en su muslo y le doy un par de apretones, confiando en que no se percaten de mi reacción. ¿Dónde está esa cautela de la que haces gala, Mircea? Bosteza y se llena el vaso, como si acabase de comentar que mañana va a llover.

—¿Cómo sabes eso?

—Soy Caminante, sabemos muchas cosas.