Rojamuerte La lengua de las serpientes #4
55%

La lengua de las serpientes #4

Arqueo las cejas. Estaba seguro de que nos dirigíamos a varios líderes y no únicamente al de las escamas negras.

Esto cambia las cosas, porque está tan cabreado que los ojos le centellean como fuegos fatuos en una llanura bruna.

Nos da la espalda para ir hacia los nichos destrozados, pero Éomar da un par de pasos.

—Has visto lo que soy capaz de hacer por defender a mi pueblo, a nuestro pueblo.

—¿A qué te refieres?

—Me he echado encima el escollo de mi padre y de todo mi clan al desentenderme de la compañera que asignaron para mí cuando protegía a un rh’zir que hasta hace unas lunas era un asesino.

He deshonrado las tradiciones porque sé que estoy haciendo lo correcto, porque no pienso enfrentarme al Juicio de los Oscuros como el cobarde que se quedó a morir en las cloacas de Mirkel mientras el mundo sangra.

Porque pienso aprovechar cada oportunidad que Astharoth me presente para no tener que ver cómo mi hija es asesinada, para que vosotros tampoco tengáis que verlo con los vuestros.

Soy la esperanza de nuestro pueblo, por poco que os guste, y pienso protegerlo con este rh’zir al que dais la espalda, que es el único con huevos para enfrentarse a Shal’karath.

He mentido y volvería a hacerlo, si así sirve para que me escuchéis, para que marchéis conmigo por lo que es justo, por lo que defendieron nuestros antepasados.

¿Os queréis quedar en estas catacumbas, guerreros?

¿Morir lejos de la tierra que os vio nacer?

Adelante, pero me estáis demostrando que no sois más dignos de vuestro peto de lo que pueda ser Lazor.

Escamas Negras gira sobre los talones, curvando un lado de la boca. Mira a los otros guerreros y alza la cabeza, pareciendo que sonríe al mismísimo Astharoth.

—No pienso seguirte, pero si tus palabras han conmovido a alguno de mis guerreros, tendrán libertad para hacerlo.

—Se dirige a los demás—. No os enfrentaréis a mi ira si marcháis con él, pero sabed a lo que os atenéis.

Dejaréis a vuestras mujeres e hijos desprotegidos, a sabiendas de que el culto nos da caza.

Por si fuera poco, se han escupido muchas mentiras hoy y nunca hemos comulgado con la lengua de las serpientes.

—Vuelve a girarse y baja la cabeza, mientras cruje los nudillos—.

Pero son tiempos difíciles, como ha dicho Éomar, y en los tiempos difíciles la mente se embota, la lengua se afila y la sangre bulle.

No tomaré en cuenta los insultos que nos ha dedicado, pero no marcharé con él. He hablado.

El guerrero que me ha estado reteniendo me hace a un lado y se dirige a Éomar. Las escamas plateadas de su espina dorsal son tan largas como mi mano y permanecen erizadas, aunque no parece enojado.

—¿Me reconoces?

—Eres Fel’nis. —Mira a Z’na brevemente—. Amigo de mi padre.

—Y por eso te acompañaré. —Pone una mano en su hombro ensangrentado—. Olvidaré las mentiras, pero si vuelve a haber alguna, te encontrarás con mi garra.

—Entendido.

Se vuelve hacia mí y sus escamas repican. Son muy parecidas a las de Z’na y a juzgar por la mirada que le dedica la guerrera, intuyo que son familia. Esto se pone cada vez más interesante, pienso al tiempo que curvo la esquina de la boca, por la que me asoma un colmillo.

—No me gustas, pero hace tiempo que sueño con arrancarle la cabeza a Shal’karath y sé que lo verás cumplido.

—Tendremos que hablar eso de quién le arranca qué, pero me parece bien.

—Te crees gracioso, y tampoco me gustan los graciosos.

—No pretendía serlo.

—También te gusta tener la última palabra. Te lo concederé esta vez.

—Pues muchas gracias.

Gruñe y se coloca en el lado del círculo en el que está Éomar. Sostiene la mirada que Z’na le dedica y sus escamas se tornan más oscuras.

—¿Me reconoces? —Se acerca otro de escamas moradas, le faltan todas las de la mejilla y del hombro derecho.

—Eres U’hrk del clan Daress. —Éomar esboza una sonrisa cálida—. Luchamos cuando era pequeño.

—Y te di una paliza.

—Eras más bajo que yo, todavía me pregunto cómo pudo ocurrir.

—Tu padre dijo que éramos dos cachorros de león, pero mi estilo de lucha ha cambiado.

—¿Qué eres?

—Un águila.

Éomar estira el labio inferior y asiente, parece impresionado. No tengo ni idea de cómo luchan las águilas, pero ha despertado mi curiosidad. Se coloca junto a mi maestro y mira a su líder, sin que sus pupilas se detengan en mí.

—Contábamos con que comuniquéis mis intenciones a los guerreros que no se encuentran aquí. Mañana emprenderemos la marcha y acamparemos en el pico de Urrik.

—No somos palomas mensajeras.

No parece que nadie más se nos vaya a unir, por lo que nos despedimos con una inclinación de cabeza y vamos hacia el conducto.

Me agacho para recoger el abrigo y me encuentro con los ojos de Escamas Negras, que ha vuelto a fruncir los labios.

Le guiñaría un ojo si no supiese que me descuartizaría.

Mircea me rodea con los brazos y pega la mejilla a mi pecho, embadurnándose de sangre y polvo.

—¡Éomar!

Se gira para mirar a Z’na, que tiene las manos crispadas a cada lado y vuelve a enseñarle los dientes.

—Has… luchado bien.

—Y tú. —Le da la espalda y camina frente a mí, seguido por nuestros nuevos compañeros.