Rojamuerte La lengua de las serpientes #3
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La lengua de las serpientes #3

—Así es, y por poco doy la vida por ella.

—Señalo con el pulgar a mi espalda—. Z’na Reid dice que no he dejado el pasado y que G’lar no me ha abandonado…

Y es verdad. El pasado me acompañará por siempre, pero no me causa nostalgia.

La sangre de G’lar se quedará en mí hasta que me llegue la hora, y responderé entonces ante Los Oscuros, que por seguro no me recibirán como a un héroe, por mucho que el culto insista en lo contrario.

Pero amo a la humana que me acompaña, así como a mi maestro, y pienso dar muerte a Shal’karath y al nigromante… Con o sin vuestra ayuda.

Otro silencio, que se prolonga mientras se miran entre sí y susurran.

Hay diez guerreros en esta sala que podrían estar pensando en descuartizarme mientras los observo, pero ninguno se levanta.

El anciano de las escamas negras, que es el único que me está dando la oportunidad de explicarme, toma asiento y frunce los labios en una mueca pensativa.

Mira entonces a los demás, que mantienen los ojos fijos en mí.

—Votemos. ¿A favor del rechazo a la propuesta de Éomar del clan Razaros y la ejecución del rh’zir Rojamuerte?

Mi pecho sube y baja con fuerza mientras reparo en las tres manos que se levantan.

—¿En contra?

Cuatro manos se alzan bajo las fauces de Astharoth, que me taladra con su iris rojo. Se han abstenido tres, pero Z’na Reid parece dispuesta a inclinar la balanza.

—Así es como lo hace el culto, se infiltra entre nosotros y siembra la discordia y la confusión, como lo ha hecho entre los cronistas. Éomar del clan Razaros es joven e inexperto, por lo que sus tretas han funcionado con él.

—Sin embargo, lo reclamaste hace poco. Me cuesta llegar a la misma conclusión si tenemos esto en cuenta. —El anciano entorna los ojos—. Valoraste a este guerrero para la continuidad de nuestras tradiciones, mas no te fías de su criterio. Ayúdame a entenderlo, Z’na.

Los murmullos se propagan bajo la bóveda y tengo que esforzarme para no sonreír. El anciano la tiene calada.

—Cambié de opinión —contesta la guerrera entre dientes.

—Nuestras tradiciones no deben tomarse a la ligera y tú lo has hecho, ¿eso estás diciendo? Te reuniste con su padre muchas veces y valoraste la decisión durante años. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? Exponlo.

Me vuelvo para mirar a Éomar, esperando que la contradiga, porque lo está haciendo parecer como que lo rechazó ella.

De pronto lo comprendo: si dice que la rechazó, teniendo en cuenta la jerarquía, su credibilidad quedará por los suelos.

El orgullo de la guerrera no le permite decir la verdad y puede que sea lo que nos está salvando.

—Cambié de opinión cuando defendió al rh’zir, cuando se negó a abandonarlo.

—No hay nada más sagrado que el vínculo entre un maestro y su guerrero —recuerda el anciano—, mas exigiste que le diese la espalda.

—Sí.

—Mente antes que corazón, deber antes que deseo… Y te has dejado llevar por el corazón, al rechazarlo. Lo reclamaste, era tu compañero acorde con nuestras tradiciones.

—Era un candidato.

—Era un compañero. Los candidatos solo existen para el clan Reid. Fallaste al juramento de lealtad al cuestionar su criterio y exigir que rompa su vínculo. No contenta con eso, has venido para que te apoyemos en tu desafío.

Z’na bufa y masculla contra el suelo. El anciano se frota las manos y suspira, añadiendo:

—Los guerreros que han votado a favor de la propuesta de Éomar del clan Razaros pueden acompañarlo.

—Me rechazó él.

—¿Cómo?

—¡ME RECHAZÓ!

Su grito nos golpea como un mazo y veo cómo la nuez de Éomar sube y baja. El anciano se levanta y lo mira, sus ojos se han convertido en dos dagas de hielo.

—¿Es cierto?

—No.

Pestañeo, porque de todas las respuestas, la mentira es la que menos esperaba oír en boca de mi maestro. Z’na le enseña los dientes y mira al anciano, que ladea la cabeza y sigue dirigiéndose a Éomar.

—¿Lo puedes demostrar?

—Lazor lo vio.

El sudor me baja por las sienes mientras asiento y retrocedo un paso, porque la guerrera se está preparando para saltar sobre nosotros.

—Así es, Z’na Reid rechazó a Éomar poco después de que me poseyese la esencia de G’lar. Dijo que su semilla no era digna de ella.

—¿Y vais a confiar en la palabra de un rh’zir? —ruge ella, acercándose más al borde de la grada de nichos.

—¿Confirmas que has mentido al decir que lo rechazaste?

—¡Sí!

—Has mentido, mas acusas al rh’zir de mentiroso.

—¡Éomar también está mintiendo! ¡Todos mentimos! ¡¿Por qué diriges tu ira contra mí?!

Escamas Negras frunce los labios otra vez y por primera vez veo cómo la drazir se obliga a contenerse.

—Confiaremos en la palabra de Findar que, como sabemos, acogió al rh’zir y permitió que adoptase nuestras tradiciones.

—El anciano le dedica una mirada de advertencia—.

Z’na del clan Reid, has acudido a nosotros para obtener nuestro apoyo y consejo, mas de momento no podemos ofrecerte lo primero.

Nuestro consejo es el siguiente: vuelve junto a tu compañero y restaura la confianza que has roto, solo así ganarás nuestro apoyo.

—¿Queréis que vuelva con él? —sisea.

—Queremos que respetes las tradiciones.

El oso se lanza contra el león.

Lo hace con tanta velocidad que me derriba. Me veo metido en una vorágine de garras y dentelladas y un golpe me lanza contra los nichos al tratar de levantarme, pero apenas siento dolor porque la adrenalina ya empieza a bombear como si acabase de tragar fuego.

Cae el velo rojo. No estoy pensando en nada, salvo en defender a mi maestro.

Me meto de lleno en la reyerta, llevándome más golpes al tratar de separarla de Éomar.

Clavo los dientes en su nuca y trato de hacerla retroceder, pero es como mover una montaña a patadas.

Me llevo un codazo en el estómago y otro en la boca; percibo el regusto de mi propia sangre, pero vuelvo a la carga, ciñéndome a su espalda y lanzándome hacia atrás con todo mi peso.

Cae sobre mí y consigo ganar tiempo para que Éomar descargue las garras contra ella, pero Z’na me parte el brazo al levantarse y por un momento pienso que me lo ha arrancado.

Describen un par de círculos y vuelven a enzarzarse.

Éomar esquiva sus golpes y suelta un grito ahogado cuando lo lanza contra un extremo.

No tendré brazo, pero me quedan garras. Me quito las botas y el abrigo y dirijo una rápida mirada a Mircea, que se oculta en el conducto de entrada. Quédate donde estás, por favor.

Me encorvo y corro, para encaramarme a Z’na de nuevo y rodearle el cuello con las piernas.

Me clava las garras en los muslos, pero no cedo.

Soy Astharoth Reencarnado y lo vas a soltar.

Los músculos de mi abdomen se tensan tanto que pienso que me voy a partir en dos cuando me echo hacia atrás y la hago volar por encima de mí.

Ruge y se alza al cabo de un instante, cubierta de escombros y polvo, y me lanza un golpe que por poco me separa la cabeza del tronco.

No veo nada, no oigo nada. Abro y cierro la boca para asegurarme de que todavía tengo mandíbula.

Ruedo sobre mí mismo y me incorporo con el brazo sano; sus siluetas borrosas se acercan, distorsionadas y abruptas. No están solos, cuento al menos dos siluetas más mientras me acerco. Un brazo de granito se cierra en mi garganta y me arrastra.

—¡Suficiente!

Tengo al anciano de escamas negras a tan solo un par de pasos, se ha interpuesto entre ellos junto con otros dos.

Éomar resuella y gruñe, con las manos aprisionadas en la nuca y los brazos de uno de los guerreros tirando de sus codos.

Tiene la cara llena de cortes, pero no se mueve.

Z’na Reid está en el suelo, con la garra de otro en la garganta y una profunda herida en la mandíbula.

El anciano se pasea entre ellos un par de veces y finalmente se dirige a Éomar, tan cerca de su cara que por un momento parece que lo vaya a morder.

—No nos hemos reunido para ver cómo os matáis.

Si esto es lo que queda del clan Razaros más vale que se extinga.

—Se vuelve hacia Z’na—. ¡Y lo mismo va por el clan Reid!

¡Sois el futuro de nuestra Orden y reñís como niños, exigiendo un respeto que no sabéis ganaros!

—Se acerca a mí—. Y si te vuelves a meter donde no te llaman, guerrero rh’zir, me encargaré de que sea tu última pelea.

Luchamos con honor, no como un maldito nido de ratas.

Sueltan a Éomar y la garra se aleja del cuello de Z’na, que se levanta con un tambaleo, rociando sangre al resoplar.

Las heridas de mi maestro son mucho más alarmantes que las suyas, pero retiene el dolor entre dientes porque no está dispuesto a dejárselo ver.

Escupe al suelo y se pasa el dorso de la mano por la boca.

—¿Quién viene con nosotros?

—Esa es la cuestión, Éomar, os acabáis de quitar la razón. Mis guerreros no van a seguirte después de este espectáculo.