La lengua de las serpientes #2
Los ojos sin pupila de Los Profetas nos siguen cuando entramos, dispuestos en círculo.
Cada uno cuenta con su altar y su Conservador, que se encarga de mantener las velas encendidas, reponer ofrendas y rezar setecientas veces al día, entre otras cosas.
Escogen un salmo y lo recitan en bucle, con la frente pegada a las manos que extiende la estatua que representa a su patrón.
Solo se separan de la misma para los relevos y la ocasional llamada de la naturaleza, por lo que es una vida de entrega y sacrificio constante.
Una putada de ocupación, a mi parecer; no hace ni cuatro lunas arrasaba con lugares como este y los demolía hasta la última piedra, pero hay una reverencia en todo ello que no me desagrada como entonces.
La magia de G’lar hace que me escuezan los nudillos, pero puedo soportarlo.
Me fijo en la estatua que representa al Quinto Profeta I’sali, el favorito de mi familia y el de mis padres; me postré ante una réplica del mismo hace tres años, poco antes de tomar los ritos de G’lar, luego le escupí a la cara y asesiné a su Conservador.
En ese momento me pareció razonable, porque nada de todo en lo que había creído protegió a los míos, pero las orejas me arden al recordarlo.
¿Qué coño tuvo que ver la fe con todo ello?
Así son las cosas, Lazor, te mueves por la vida a cabezazos y te echaste a todos los Celestiales encima.
Diré más, te echaste al Celestial más vengativo de todos encima.
No te ha ido bien desde entonces y todavía te sorprendes.
Éomar se detiene frente a la estatua de la Tercera Profeta Ohena y espera a que Mircea y yo lo imitemos, después junta las manos y empieza a recitar un salmo.
Vamos a tener para rato, porque ha escogido uno largo.
Miro hacia los lados mientras reza y reparo en que Mircea tiene los ojos cerrados, como si estuviese entendiendo algo de lo que murmura en el dialecto de Astharoth.
Quizá esté rezando a su modo, como lo hizo Rona.
Decido que no me hará daño escucharlo, porque lo cierto es que su voz posee un tono muy agradable cuando se entrega a su fe.
Y pienso en mis hijos y en mi esposa, pienso en los campos de cebada roja en los que jugábamos y en las noches en las que nos dormíamos abrazados a ellos, en mi padre cantando junto a la Gran Hoguera, en mi madre acompañándolo con su violín.
Pienso en mi hermano y en sus muchachos y en su esposa y hasta en su jodido perro, al que le faltaba una oreja.
La garganta se me seca un poco y carraspeo con timidez, porque no quiero interrumpir a mi maestro.
Ni siquiera me doy cuenta de que se me ha escapado una lágrima cuando termina diciendo: «Sostén a Enora en tu gracia».
La Conservadora, que nos ha estado observando con la cabeza gacha, se acerca para susurrar en el oído de Éomar y éste asiente y se lleva tres dedos al pecho, el signo de su clan.
La seguimos hasta una portezuela oscura, cruzando el templo; la abre y señala unas escaleras, donde seguramente se hallen las catacumbas.
La puerta se cierra a nuestra espalda y comenzamos a bajar, dejando que Éomar vaya delante.
Mircea se agarra a mi brazo como si tuviese frío, pero tiene los ojos fijos en los nichos que hay a cada lado del conducto.
No puedo sacar las manos de los bolsillos del abrigo, así que sonrío y espero que con eso tenga bastante.
Se relaja un poco y mira al frente, reparando en que las escaleras se acaban y empieza una senda de sepulcros con efigies talladas en la tapa.
Hay dos drazir al fondo, plantados a cada lado de una reja metálica.
Llevan un peto parecido al nuestro, de líneas entrelazadas.
—¿Quién va?
—Éomar del clan Razaros, hijo de Findar.
Me mira y decido que voy a estirar la pantomima tanto como pueda, porque ha salido bien muchas veces. Mi clan no es famoso, por lo que mencionarlo no tiene por qué despertar sospechas.
—Lessen del clan D’jris, hijo de J’rkrish.
El de la derecha nos barre con los ojos y mira a su compañero, que abre la reja para dejarnos pasar.
Comparto una mirada fugaz con mi maestro, porque ha sido más fácil de lo que esperaba, y bajamos escalones hasta encontrarnos con más sepulcros.
Algunos drazir se apoyan en ellos y el lugar se parece más a un anfiteatro que a una tumba.
Los nichos componen escalones ascendentes, en los que hay más drazir, y Astharoth nos contempla desde una bóveda de buen tamaño.
Cierro las manos en los bolsillos al reparar en los diez pares de ojos que nos observan; azules, marrones, amarillos y rojos.
Hay unos que reconozco enseguida: las puñeteras costas de Glaciárida.
Éomar se detiene y espera a que se dirijan a él, demostrando una entereza que me cuesta imitar; pasan unos instantes hasta que saluda al que se acerca, llevándose tres dedos al pecho. A pesar de que el lugar está iluminado, no alcanzo a adivinar si tiene las escamas rojas o amarillas.
—Te estábamos esperando, Éomar hijo de Findar.
Mi maestro pasa los ojos por el patio de nichos y asiente, antes de contestar:
—Está aquí.
—Desde luego, vino ayer. —Se vuelve hacia los nichos y señala a la guerrera de las escamas plateadas—.
Nos ha hablado de lo que has hecho y de lo que te propones, así como de tu nuevo amigo rh’zir.
—Sus ojos amarillos me estudian con recelo y un ligero toque de rabia—. Tienes muchas explicaciones que dar.
—Bien, porque es a lo que he venido.
—Y no por ello nos comprometemos a escucharte. —El drazir retrocede.
Empezamos bien, dos de ellos me miran como si tampoco estén dispuestos a permitir que abandone las catacumbas con vida. Mircea se oculta un poco tras mi espalda, reparando en lo mismo. Si ya le intimidaba Findar, esto debe haberle soltado la vejiga.
Éomar estira y contrae los dedos, colocándose justo debajo de Astharoth. Sus escamas brillan como las ascuas de la Gran Hoguera cuando yergue el pecho y su voz llega a cada rincón, profunda y aterciopelada.
—Honorables guerreros, Z’na del clan Reid os ha puesto al corriente de la misión que tengo entre manos: la libertad del Antiguo Reino y de todas sus buenas gentes, de aquellos que sufren a manos del culto de Shal’karath y del nigromante G’lar.
Mi padre, Findar Cabeza de Hierro, sangró hasta casi la última gota para defender a su pueblo y yo estoy aquí para tomar su relevo.
Quienes confíen en la voluntad de mi padre y en la mía por extensión, están invitados a marchar conmigo, porque la lucha será larga y pienso sangrar tanto o más que él.
Soy Éomar del clan Razaros, descendiente del héroe Vientoblanco, y juro, aquí y ahora, que liberaré a nuestra tierra de la tiranía de los herejes que han escupido en los Setecientos Salmos e instaurado un reinado de terror que nos expulsa y reduce a cenizas todo lo que amamos.
Este chaval hace bien lo que se proponga, hay que reconocerlo. No sé si se deberá a que tiene sangre de héroes, pero por un momento me ha parecido ver a Findar, a pesar de que éste le saca una cabeza y dos cuerpos.
El silencio se alarga durante ocho latidos, en el que algunos se miran entre sí y otros me siguen dedicando una atención que no merezco.
Z’na Reid, que hasta entonces lo ha escuchado en una postura desenfadada, se levanta y empieza a aplaudir.
Sus garras chocan entre sí mientras lo hace, emitiendo un sonido sibilante.
—¿No vas a presentarnos también a tu nuevo guerrero, descendiente de Vientoblanco? ¿Al que vestiste con honores, contrario a los deseos de tu padre?
—Mi padre confió en mí para tomarle el relevo y por tanto confía en mi criterio. El pasado de mi guerrero no vale más que todo lo que ha demostrado. Se ha ganado el peto con la misma dignidad que cualquier otro.
—¿Con la misma dignidad, dices? ¿Lazor Rojamuerte, El Empalador de Palerma?
¿Uno de los favoritos de Shal’karath? ¿El mismo que masacró y torturó a quienes no piensan como él?
¿Destruyendo nuestros templos y escupiendo, como has dicho, en los Setecientos Salmos?
No hace ni una semana que G’lar lo poseyó, vi con mis propios ojos cómo trataba de asesinar a la humana que se oculta tras él.
—Se vuelve hacia los guerreros—. La sangre del nigromante fluye por sus venas y es tan parte de él como el alma podrida que alberga.
No hay redención posible y Éomar del clan Razaros escupió en nuestras tradiciones al vestirlo como guerrero.
Su sola presencia en este templo es un sacrilegio, mas lo expone ante nosotros como su protegido.
Más silencio, que al rato se ve interrumpido por un anciano de escamas negras y ojos claros. Se levanta y se dirige a Éomar.
—¿Y cómo es que lo acompaña una humana?
Mi maestro abre la boca para contestar, pero Z’na se le adelanta.
—No os dejéis engañar por eso, el culto cuenta con espías que adoptan las escamas de otros. Así es como el cronista Reeze murió a manos de Negramuerte.
Avanzo, porque no puedo contenerme más. Éomar extiende un brazo y lo ignoro, pasando junto a él.
—¿Y por qué no hablas también de quién mató a Negramuerte? ¿No fui yo, acaso? ¿No es por eso que Findar confió en mí y permitió que conviviese con su familia y adoptase las artes de su clan?
—Silencio, víbora, no tienes la palabra y no la tendrás. Cuídate de decir más.
El de las escamas negras alza una mano para rogar silencio y luego la dirige hacia mí.
—¿Es cierto? ¿Mataste a Negramuerte?