Rojamuerte La lengua de las serpientes
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La lengua de las serpientes

LA LENGUA DE LAS SERPIENTES

X’ros Dazzan es un tipo muy entrado en años que por algún motivo se mueve con la jovialidad de un bardo, y desde que ha entrado en la habitación no ha dejado de hablar y de interrumpir cuando alguno de sus compañeros de gremio trata de responder.

Lleva un buen rato comentando su último viaje y bebiendo.

No lo hemos acompañado por motivos obvios.

El tipo no sospecha lo que le preguntaremos en cuanto se quede sin aire y tampoco intuye nuestro nerviosismo.

Ahora está hablando del día que casi se queda sin el dedo pulgar del pie, al huir de una manada de lobos.

Qué tragedia más grande habría sido, dice, aunque estoy lamentando que no se haya quedado sin lengua.

Mircea asiente de cuando en cuando, con la mejilla apoyada en la mano mientras se inclina desde su silla.

Es curioso que no le haya preguntado ni una sola vez por sus vendas, pero está claro que el tipo es incluso más egocéntrico que yo.

Tampoco ha preguntado por qué hay dos drazir sentados a cuatro pasos de donde está.

Pyle juega con una canica, tumbado de lado en la cama, y comparte una mirada conmigo que dice: «Sé lo que estás pensando, pero esto es lo que hay».

Éomar y yo permanecemos en el suelo, espalda con espalda, meditando acerca de todas las malas decisiones que nos han conducido hasta este momento.

—Espero que eso haya contestado a tu pregunta, querida niña.

Solo le ha preguntado cómo está. Eso ha sido todo.

Una frase de dos palabras, que ha instigado una perorata de una hora.

Lo miro con las aletas de la nariz dilatadas y me muerdo la lengua.

Va a ser absolutamente insoportable cuando le preguntemos por el culto, y aunque estoy convencido de que dará más vueltas que una peonza, también sé que por narices debe valer la pena.

Nos lo contará con todo detalle porque le encanta el sonido de su voz.

—Te estarás preguntando por el motivo por el que te hemos hecho venir —dice Mircea.

—Oh, me pregunto muchas cosas. Esta misma mañana me estaba preguntando dónde dejé la capa, porque se me ha olvidado contarte que la perdí en Doren y luego la recuperé en Morak. Te diré que…

—Lamento interrumpirte, X’ros, pero es que tenemos un poco de prisa.

—Las prisas nunca traen nada bueno, mi padre solía decir…

—X’ros. —Mircea le da un apretón en la mano y fuerza una sonrisa—. Estamos aquí por el culto de Shal’karath, ¿te suena?

—Pues claro que me suena.

Vaya, ahora sí que calla. Cinco palabras y ha parado.

Es precisamente en este momento cuando debes soltar la lengua, viejo.

Suspiro por la nariz y reparo en que nos mira de soslayo, empezando a intuir por dónde sopla el viento.

Se lleva la lengua a la comisura de los labios con nerviosismo y baja la voz.

—¿Son del culto? —Se echa hacia atrás y sus argollas se sacuden con él—. Porque te diré que siempre has tenido compañías extrañas, pero esto se lleva la palma.

—Quieren acabar con el culto y para ello debemos averiguar dónde se esconden. Eres el Caminante que mejor conoce las Sierras del Fuego, así que espero que puedas ayudarme.

—¿Qué te ha pasado en la cara?

—Vamos a centrarnos, X’ros —interviene Pyle, con voz cansina.

—Pero esto que me preguntas es de lo más peligroso, Mircea. ¿Cuánto te están pagando? Porque te diré que no merece la pena. Son nigromantes, por si no lo sabías. —Baja más la voz y se cubre un lateral de la boca—. Y no les gustan los humanos.

—Te pagaré el alojamiento de tres noches en tu siguiente senda si me lo cuentas.

—No te voy a cobrar por esa información, no te la daría ni gratis. Nonono. —Sacude la cabeza—. Ni gratis.

—Una semana de alojamiento.

—Hecho —sonríe de oreja a oreja—. Vamos a ver… —Mete una mano en un bolsillo de la capa y saca un pequeño mapa lleno de lugares que ha marcado—. Mira, hay un cuadrado en todo lo que quiero evitar, ahí es donde los he visto.

—Pero este cuadrado está muy cerca de aquí.

—Satirican ya no es seguro, niños, es por eso que ya apenas lo visito. Me habéis encontrado de milagro, no me podía perder las fiestas. Me han dicho que Mezeen merece la pena, le he echado el ojo a una posada que te guarda la habitación cuando…

—¿A cuántos viste? —Mircea lo vuelve a interrumpir, mientras examina el mapa.

—A cinco o seis, cerca de este cerro. Se los reconoce por las marcas negras.

—¿Qué marcas negras?

—Suelen llevar la frente y la barbilla pintados, con una línea vertical —intervengo con más brusquedad de la debida.

Éomar esboza una sonrisa de enojo y se señala las escamas de la cara que imitan sus pinturas, pero no lo mira.

—Tienen otras marcas en los nudillos que te harán salir de dudas, son… —Los ojos del viejo se clavan en mis manos, que apoyo en las pantorrillas. —Oh…

—Oh —asiento.

Se levanta y pestañea. Luego mira a Mircea, que le asegura que no pasa nada. En esto tampoco te habías fijado, so pedante.

—Lessen pertenecía al culto, pero ahora es de los nuestros.

—¿De los nuestros? —El hombrecillo alza la voz.

—No me refería al gremio, aunque está invitado. —Mircea me guiña el ojo—. Pensaba que iba a tener que entrevistarme con muchos más, pero creo que contigo bastará. Muchas gracias, X’ros.

—Cautela.

—Cautela, ahora y siempre. —Le palmea el hombro—. No te preocupes por mí y buena suerte en la senda, amigo.

—Buena suerte en la senda. —X’ros retrocede sin darnos la espalda y sonríe al tiempo que abre la puerta—. Imagino que te veré luego, Pyle.

—Sí. —El chaval suelta un largo suspiro.

Me decido a hablar, una vez sus pasos se pierden por las escaleras.

—¿Estás segura de que no se irá de la lengua? Porque la tiene más larga que un puto navío nunnatí.

—Es hablador, pero cauto. No deja de ser Caminante.

—¿Hablador? —Río con sorna y miro a Éomar, levantándome—. ¿Y ahora qué?

—Ahora vamos a hablar con los míos, antes de que Z’na se nos adelante.

—¿No volvió con tu padre?

—¿Con lo vengativa que es? No creo. Ten en cuenta una cosa: al rechazar su reclamo estoy insinuando que no merece la pena mezclar la sangre con ella; que pese a ser prácticamente un iniciado, no es digna de mi obediencia.

Para una guerrera de su rango, es como haberle escupido a la cara frente a la Gran Hoguera.

—Así que se va a poner feo.

—No cuentes con que nos reciban con esos besitos de los que tanto te gusta hablar.

Nos despedimos de Pyle al rato. Mircea le da tal abrazo que consigue levantarlo del suelo y él la imita, soltando carcajadas agudas.

Su camaradería me hace sentir bastante estúpido, porque lo tomé por algo que no era y veo normal que Mircea se ofendiese.

El chaval se me acerca sonriente como una mañana de verano y me aprieta el hombro como puede, ya que le saco cuatro cabezas.

—Como le hagas daño, te mato.

Suelto una risita ronca y asiento. Imagino que Mircea no le ha hablado de lo que ocurrió hace unas noches.

—Entendido.

—Es la hermana que nunca tuve, y mira que di el coñazo con que quería una.

—Ya.

—Me caes bien, Lessen. No hablas mucho, pero lo poco que has dicho tiene sentido.

—¿Qué he dicho?

—¿No lo recuerdas? Pues mira, casi mejor así.

Frunzo el ceño y vemos cómo se aleja, jugueteando con la argolla de su oreja derecha y canturreando algo para sí.

Su capa ondea con el viento que recorre el callejón como una daga, antes de desaparecer tras una esquina.

Mircea suspira a mi lado y gira sobre los talones para emprender la marcha tras mi maestro.

La parte drazir de la ciudad tiene un aspecto más descuidado que la parte humana, aunque no nos reciben con los ojos entornados ni la boca torcida.

Miran mucho a Éomar, imagino que por las escamas de su cara, pero tengo cuidado de que no me vean los nudillos.

Mircea se ha ofrecido a regalarme sus mitones y obviamente no me valen.

Nos cruzamos con otros humanos, ya que las cosas no son como en Mirkel o Utgard, pero me fijo en que algunos parecen estar en relaciones como la que mantengo con Mircea.

La última vez que estuve ni siquiera me fijé, centrado como estaba en la idea de que nos odian.

Solo me he percatado de un par de parejas que pasan por nuestro lado, pero nadie parece tener un problema con ello.

Arqueo las cejas y esbozo una sonrisa que mis acompañantes no ven, dedicada a la persona que solía ser.

—Hay que llegar al templo y preguntar por Enora… —explica Éomar.

—No están precisamente escondidos.

—… A una estatua de oro rojo, de la Tercera Profeta.

—¿Y luego qué?

Se encoge de hombros, encaminándose hacia el puente de piedra que conduce hasta el templo, tan modesto como lo demás, aunque mucho más cuidado.

Los hijos de Astharoth flanquean el camino a ambos lados, abriendo sus fauces de alabastro, y su padre nos mira desde diez varas de altura frente a los escalones del templo, advirtiendo a todos de la que te puede caer si no cumples con los Setecientos Salmos.

Hubo un tiempo en el que tanta fanfarria me intimidó, cuando era crío no me podía ni acercar a un lugar de culto sin que me temblasen las rodillas.

Recuerdo que mi padre tuvo que arrastrarme en varias ocasiones.

Incluso durante la adolescencia y a principios de la veintena, cualquiera que me preguntase por entonces encontraría a un entregado creyente.

Pero empiezas a perder lo que te importa y la vida se pone cada vez más jodida; es ahí cuando te das cuenta de que una estatua enorme es el menor de tus problemas.

Le dedico un asentimiento, no obstante, cuando pasamos por su lado.

Éomar se muestra mucho más amable, se golpea el pecho y musita algo que no llego a oír.

Mircea lo imita por respeto y cuando me mira repara en que no me he tomado tantas molestias.

En otro tiempo habría sido un corte de mangas, no me mires con esa cara.