Satirican #4
—Desde que estoy contigo he dado la espalda a mi padre, rechazado un reclamo de apareamiento y ahora creo que sigo borracho. Dame un momento para pensar, por favor te lo pido.
—Lo mejor será que volvamos a tumbarnos para dormir un poquito más. —Me dejo caer despacio, apoyándome en las manos—. La venganza se sirve fría.
—¿Qué?
—Que la venganza… —Apoyo la cara en el suelo y cierro los ojos— Da igual.
Las arcadas de Éomar se alejan y dejo de oírlo al cabo de un instante.
—Lazor.
—¿Hmm?
—Laaazor.
—Grrr.
—Éomar no está.
—¿Cómo que no está? —contesto sin abrir los ojos.
—Que no está, se ha marchado.
Me doblo y giro la cabeza con el consiguiente latigazo en las cervicales, encontrándomelo a mi lado. Mircea se echa a reír, cubriéndose la boca con la mano.
—No hagas eso. —Me froto la nuca.
—Es que no te despertabas.
—Joder, qué mareo.
Siempre me ha costado entender por qué mi cuerpo no se recupera de una borrachera como lo hace con las heridas. Pareciese incluso que soy más susceptible a ello.
—Me está costando despertarle también.
—Hay que cambiarte las vendas.
—Pues por eso le quiero despertar.
Doy golpecitos en el hombro de Éomar y ni siquiera se mueve.
Lo intento una vez más y me da un manotazo, gruñendo algo que no alcanzo a oír.
Resoplo y gateo hasta su petate, la cabeza me tamborilea y el que tiene ganas de vomitar ahora soy yo.
Rebusco entre gruñidos y me pongo en pie, la verticalidad me abruma pero creo que voy a ser capaz de mantenerla.
Giro sobre un talón y me detengo en seco, al ver que se ha quitado las vendas.
—Llevo el pelo horrible, lo sé.
Cinco arañazos le nacen en la frente, tan anchos como un dedo; esquivan el párpado derecho y continúan hasta el mentón. El músculo asoma bajo una telilla rosa, porque está empezando a cicatrizar. Baja la cabeza, al ver mi reacción.
—Bueno… —Sorbe por la nariz— Creo que voy a necesitar que me cosan, para evitar infecciones. He usado el Matamales de Rona, pero no sé si será suficiente.
—¿Quieres que…?
—Puedo pedírselo a Pyle, cuando despierte. Le estoy muy agradecida a Éomar, pero no creo que se le dé bien coser con garras.
—Lo haré yo.
—No quiero que me destroces la cara. —Suelta una risita, que muere cuando repara en mi expresión—.
No es momento para chanzas, ¿eh? —Coge mi brazo para que me arrodille frente a ella—.
Lazor… —Me pasa los pulgares por las mejillas, viendo que se me han humedecido los ojos—.
Lo siento, solo quería levantar los ánimos.
Vamos… No está tan mal, cuando cicatrice pareceré una durísima guerrera, como las de las Tierras del Hielo.
Me levanto sin decir nada y acerco su petate, para que saque el instrumental. Lo prepara y me ofrece la aguja con una sonrisa, antes de recostarse en mis piernas.
—Creo que lo mejor será lavártela antes.
—El Matamales se está encargando de eso, limítate a coser.
Beso sus nudillos y acerco la aguja a su frente.
Aspira entre dientes una vez comienzo, mi valiente y dura compañera.
Me está costando mucho hacerlo sin llenarla de lágrimas, pero no quiero que se sienta peor.
No soy el que tiene media cara hecha papilla, aunque pienso que nos parecemos hasta en esto.
Me arrancaron las alas y las escamas y a ella…
Joder, se lo hice yo y ni siquiera lo recuerdo.
Lucho por que no me tiemble la mano y no lo consigo, por lo que me obligo a parar tres o cuatro veces.
Empieza a contener grititos y me inclino a besarla por cada uno de ellos, asegurándole que terminará pronto.
El culto me usó para cosas parecidas, con los Iniciados que todavía no habían tomado los ritos de G’lar, por lo que tengo bastante práctica.
Éomar se dobla hacia delante cuando estoy a punto de acabar y hace un comentario acerca del hambre que tiene, antes de reparar en lo que ocurre.
Mircea tiene el lado derecho de la cara lleno de hilos, he procurado que las suturas no tengan demasiada separación entre sí.
Tomo el Matamales y comienzo a aplicárselo.
Le lloran los ojos, y se los enjugo con más besos, hasta que me obsequia con una risita argentada.
—Mírate, eres oficialmente una guerrera. —Éomar se reclina cuando lo mira de soslayo—. Te envidio un poco.
—Lazor no me cree cuando digo que voy a estar pintona.
—Pues le veo potencial.
—¿Lo ves? —Me pasa los dedos por el mentón y enrolla uno en el mechón que me cae por la frente—. Ya no se atreverán conmigo.
Las piernas de Pyle se sacuden en el aire cuando se impulsa hacia delante.
Se queda mirando una pared unos instantes y luego rueda fuera de la cama, para echar mano de un vaso que hay en el suelo.
Se enjuaga la boca con el vino que ha encontrado y escupe a un lado, cayendo en la cuenta de dónde está.
—Astharoth Todopoderoso.
—¿A que estoy guapa?
Pestañea. La resaca te vuelve más sincero de lo habitual y parece que le vaya a salir humo de las orejas.
—Parecen… escamas.
Mircea contesta con una carcajada que me destroza los tímpanos. Lo cierto es que tiene razón, dependiendo del ángulo en que la mires.
—¿Tenéis hambre?
—¡SÍ! —reaccionamos al unísono.