Satirican #3
Me vuelvo y me encuentro con Mircea, que se ha cruzado de brazos y tuerce mucho la boca. Chasqueo la lengua y me la paso por la mandíbula superior, pensando en cómo contestar sin quedar como un capullo.
—Es mejor que me mantenga alejado, de momento.
—¿Más alejado, quieres decir? —Contesto con un gruñido y se encoge de hombros—. ¿Por qué, Lazor? ¿Por qué este afán en complicar las cosas? —Asiente al ver que sigo empeñado en observar la ropa tendida—. Es mi más antiguo amigo, esperaba que te cayese bien.
—Sí, se nota que sois muy amigos.
—Vaya, vaya, vaya…
Resoplo y me miro los pies.
—Quédate con él, Mircea.
—¿Qué?
—Que te quedes con él.
—No lo dices en serio.
—¿Por qué quieres quedarte conmigo, eh? ¿Qué tipo de futuro tenemos?
Esta mierda de Shal’karath podría matarnos el día menos pensado.
Yo podría matarte el día menos pensado. El camino es tu vida, esa gente es tu vida…
Y hace tres noches estuve a punto de acabar con todo.
Sonríes como nunca, en cuanto lo has visto te has vuelto loca. No quiero quitarte eso.
—Hay que ver lo dramático que te pones cuando estás celoso. — Se echa a reír y pone el ojo en blanco—. ¿Y si te digo que a Pyle le gustan los hombres? Es más probable que le tire los tejos a Éomar que a mí.
—¿Y ese baño que compartisteis?
—Era el final del camino, te hablé de esa tradición.
—En cualquier caso, lo que me pasa no es por Pyle.
—Claro que sí. —Se acerca, jugueteando con sus guantes de cuero—. Por él y porque estás asustado, apenas me has tocado desde lo que pasó y ahora ni siquiera me miras. Tampoco te quieres dejar crecer las garras y te diré que me parece poco práctico con todo lo que nos jugamos.
«Tú tampoco te has acercado», me gustaría contestar, pero me contengo. Mircea da otro paso y añade:
—Cuando te asustas, tratas de huir. Ya hemos pasado por esto, varias veces.
Arrastro la punta de la bota por los adoquines y la gravilla que hay entre ellos cruje. Observo lo que hago y hablo con un deje de indiferencia:
—¿Eres feliz conmigo?
Esta vez se lo estoy preguntando al suelo. No es tan patético como cuando le confesé que la amo, pero se acerca.
—¿Eso es lo que te da miedo, que no sea feliz?
—Mhm.
—No estoy donde no quiero estar. Lo que ha pasado todavía me trastoca, pero…
—Me refiero a realmente feliz —la interrumpo, procurando que la voz no me tiemble—. No dudo que te aporte felicidad pensar en el futuro que podríamos tener, ¿pero eres feliz ahora? —Arrastro otro cúmulo de guijarros—. ¿Y lo serás mañana, sabiendo que esto no parece tener fin?
—Sí, soy feliz. Cada vez que te miro, soy feliz. Cada vez que te beso, soy feliz. Y si te atrevieses a acercarte un poco más… —Esboza una sonrisa sugerente, cuando la miro de reojo—. Bueno, creo que me darían palmas las orejas.
Río por lo bajo y dejo que tire de una de las correas de mi pantalón, el primer gesto afectuoso que me dedica desde que me perdonó. Sigo teniendo miedo de tocarla, pero me atrevo a darle un beso en la frente, tan fugaz que apenas lo nota.
—Dijiste que quieres empaparte de mi cultura, así que te propongo que pasemos una noche apartados de todo lo que nos preocupa, con uno de mis mejores amigos. Te caerá bien en cuanto dejes de verlo como una amenaza. No tiene escamas, bobo.
—Yo tampoco.
Tira de mi mano y la sigo con reticencia, pensando en todo lo que Éomar y ella no dejan de expresar, a veces con gestos que desarman más que una simple palabra.
Entro en el dormitorio con la cabeza gacha y mi maestro me saluda con un fruncimiento de cejas y un vaso lleno de vino rhedano, harto como está de mis desplantes.
Su paciencia es infinita como el Gran Océano, aunque a veces no lo parezca. Pyle me tiende un vaso, diciendo:
—Estás entre amigos, así que bebe con nosotros.
—Manos a la obra, te tengo que convencer para que sueltes la lengua. —Mircea brinda con él y da un trago.
—Emir me ha puesto un poco al corriente. —Pyle se sienta en la cama y me mira—. El amor mueve montañas.
—Al carajo con la discreción —farfullo.
—Solo le he contado lo necesario para que no piense que lo vas a asesinar.
Mi compañera tira de mí para que me siente con ella en el suelo y Pyle va hasta un rincón para echar mano de un violín, alegando que no nos hace falta la Sirena Varada.
No sé cómo le sentará al resto de huéspedes, pero parece que no le preocupa que nos echen.
Hace una ronda de preguntas para anotar mentalmente las canciones que le piden y me encojo de hombros cuando me llega el turno.
—Esto no funciona así. —Menea el arco—. Una canción, Lessen.
Me aclaro la voz y miro a mis compañeros. Éomar ha arqueado las cejas como diciendo: «no nos jodas la fiesta». Se ha relajado mucho, puede que necesite esto tanto como Mircea.
—¿Conoces «La letanía del Dragón Peleón»?
—¿«…Muy grande y muy pintón, come y ruge sin parangón»? — Acerca el arco a las cuerdas al ver que asiento con una mueca jocosa—. Es una diabólica obra de arte, porque parece una canción infantil y se convierte en la cosa más burda que he oído en la vida.
—¿Cómo es que la conoces?
—Porque también soy músico y he viajado por el Antiguo Reino.
Bebo y lo señalo.
—Pues si la vas a cantar tienes que hacerlo bien, con todos los tacos y todos los momentos verdes.
—Ay de mí.
—No la conozco. —Interviene Éomar, llenándose el vaso.
—¿Y te gustaría conocerla de primera mano? —Pyle le guiña un ojo y el verde del mismo relampaguea.
Mi maestro tarda un momento en reaccionar y abre la boca para contestar, pero Mircea se le adelanta al darle un puntapié a Pyle.
—Contrólate.
—Solo le he preguntado si la quiere escuchar.
Éomar se rasca tras la oreja, parece que se acaba de alterar un poco. Cae en la cuenta de cómo lo miro, mientras Mircea y su amigo bromean, y me lanza una sonrisa que refleja un deje de apuro. Brindo con él cuando las primeras notas empiezan a sonar y declaro:
—Nos espera una noche… interesante.
—Me tomo un par más y paro, que creo que me acaban de tirar la caña.
—Y no veas qué alivio —digo.
—¿Disculpa? —Abre mucho los ojos.
—¿Lo has visto? El cabrón tiene la sonrisa más bonita de todo T’har Kul.
—¿Así que no te pones celoso si hay peligro de que se enrede conmigo?
Frunzo el ceño y se echa a reír. Lo acompaño, hablando en su oído para que me oiga a pesar de la cacofonía de berridos que están pegando a un par de metros:
—Claro que no. Por mucho que aprecie los abracitos y tu insoportable compañía, solo me hierve la sangre por Mircea.
—Eso es muy injusto. —Choca su vaso con el mío y bebe—. Pero que muy injusto.
He vuelto a fruncir el ceño, porque me está sosteniendo la mirada. Aguanta la risa en los carrillos al cabo de un instante y sus carcajadas se elevan por encima de los alaridos y los pisotones que Pyle da contra el suelo. Lo imito, porque ha sonado muy convincente y por un momento me he asustado.
—Un par más y paro, Lazor. Solo un par más.
La noche se nos ha ido de las manos y no parece ni siquiera que Éomar sepa donde está, a juzgar por cómo se levanta del suelo y se pasa un brazo por la frente. Se tambalea hasta una palangana y arruga el labio mientras gruñe:
—¿Quién coño la llenó de vino?
—Creo que fuiste tú.
Mircea duerme a pierna suelta, echada sobre el brazo de su amigo. Tiene un tobillo apoyado en el suelo y está tumbada en un ángulo extraño. Parece que los dos estén metidos en una intrincada competición de ronquidos.
—¿Te acuerdas… de algo? —Éomar se pasa una suerte de toalla por la cara.
—Recuerdo anécdotas.
—Mhm.
—Recuerdo que nos contó que el culto anda cerca.
—Sí.
—Y luego todo se volvió…
—Tengo que…
Corre hasta la cama y se agacha para echar mano de un orinal, por poco no lo consigue. Se vacía entre jadeos sofocados y después se pasa el dorso de la mano por la boca.
—¿Estás…?
Alza un dedo para que guarde silencio y continúa al cabo de unos instantes.
Aparto la vista, porque me están entrando ganas de acompañarlo, y reparo en el amasijo de vendas sucias de Mircea.
Después me fijo en la pipa que hay en una mesita de noche, junto a un montoncito de hierba marrón.
Cierto, también fumamos saliosaura, después de acabar con el vino rhedano y de pedir más a un posadero al que sin duda molestamos, cuando Éomar dijo que no suele beber y que era una ocasión especial.
Pues lo va a recordar toda la vida, a juzgar por cómo arruga la cara y tose.
Me levanto y trastabillo con una silla, luego me apoyo en una mesa volcada y decido que lo mejor será que me lo tome con calma.
Hay mucho por hacer y lo haremos con resaca, aunque estoy seguro de que Éomar querrá dormir todo el día.
A Mircea tampoco le importará, sus ronquidos furiosos me lo aseguran.
—¿Qué hacemos?
Éomar toma una bocanada de aire y se echa hacia atrás, para mirarme de reojo.