Rojamuerte Satirican #2
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Satirican #2

Se mecen y ríen en el cerco que Éomar y yo nos esforzamos por mantener.

Estoy por echarme a un lado para que se los trague la masa.

Los ojos del chaval se detienen en mí y luego en Éomar, mientras giran y se dicen multitud de cosas bonitas.

Me estoy volviendo loco de celos, así que fijo las pupilas en un par de borrachas que danzan cogidas del brazo.

—¡Y otro abrazo más, para el camino! —El tal Pyle la suelta, al fin—. ¿Te has hecho con una cerveza?

—¡No, me la habrían tirado al suelo!

—¡Voy por una! ¡Espera aquí!

—¡No, no te me escapes! —Mircea coge sus manos—. ¡Llévanos a donde estás sentado!

—¡Seguidme!

Y otra vez a cruzar el tugurio rugiente.

El chirrido del violín se me está clavando a una sien y tengo muchas ganas de lanzar un brazo y ver cuántos se apartan sin dientes.

Éomar coloca una mano en mi hombro, como si pudiese adivinar lo que estoy pensando, y no la retira hasta que conseguimos sentarnos en una mesa atestada de gente que llevan capas parecidas a la de Mircea.

Cómo no, se sienta junto a Pyle y siguen diciéndose lisonjas un rato, hasta que Mircea decide ir al grano.

Seguramente porque estoy sacándole astillas a la mesa con lo que me queda de garras.

Éomar me patea para que me calme, pero alcanza a una chica que hay sentada a mi lado.

La mujer está tan borracha que no se queja y me afano en esquivar los ojos de mi maestro, porque estoy a un comentario de ponerme a gritar.

—X’ros estuvo aquí esta mañana, ¿para qué lo buscas?

—Tengo que hablar con él por un asunto un poco grave.

—¿Te has metido en un problema? —Pyle juguetea con la dorada argolla que pende de su oreja—. ¿De ahí las vendas?

—Sí y no, no puedo contártelo ahora. ¿Dónde te alojas?

—En una posada que hay al doblar la esquina. Si quieres puedes quedarte conmigo, tengo espacio.

Suelto una risita inaudible, acariciándome un colmillo con la lengua, y empiezo a dar toques en la mesa con los nudillos; cualquiera que no me conozca pensará que lo hago para acompañar a la música.

—Mis amigos necesitan espacio también.

—Dioses, qué maleducado soy. —El chaval mira a Éomar y éste asiente con la cabeza, sus ojos apenas se distinguen bajo la capucha—. Soy Pyle, un placer. —Extiende una mano y frunce el ceño al ver que no se la estrecha.

—Soy Emir.

—¿Y tú? —Esgrime su asquerosa sonrisa contra mí.

Detengo mis nudillos con un golpe seco.

—Lessen.

—Misteriosos amigos los tuyos —silba y pone las manos en los hombros de Mircea—. Escucha, tenemos mucho con lo que ponernos al día. ¿Cuánto te vas a quedar?

—Tres días.

—Hmm. Pues eso da para dos borracheras y una resaca.

—Ojalá pudiera ser así, pero me temo que he venido por un asunto urgente. ¿Podrías citar a X’ros en tu habitación, para mañana a más tardar?

—Misteriosos amigos y misteriosos motivos, si no te conociese me alarmaría. ¿Qué es eso de que has estado en La Torre? ¿Son rumores del gremio o es verdad?

Miro a mi maestro, que por fortuna se acaba de distraer con un borracho que casi le tira una pinta encima. Este bocazas nos va a acabar metiendo en un lío.

—No pararás hasta que te lo cuente, cotilla. —Mircea le pellizca la mejilla—. ¿Podemos ir a un lugar más tranquilo? Mis amigos se están poniendo nerviosos con tanto jolgorio.

—Vamos a mi dormitorio, encenderé la chimenea y compartiremos los picheles que he traído de Rhedin.

—¿Has estado por el Mar del Silencio?

—A ver si crees que eres la única Caminante con un historial peligroso. —Se levanta—. ¡Seguidme!

Conseguimos salir de la taberna con unos cuantos empujones y suspiro al dejarla atrás, mientras doblamos la esquina y los veo con el brazo en torno a los hombros del otro. Éomar se queda a mi lado, mirándolos con la misma fijeza.

—Contrólate.

—Estoy bien.

—No lo estás y no quiero que tengamos otro susto.

—No estamos luchando, esto no tiene nada que ver.

—¿Y entonces qué pasa?

—Que jamás la he visto tan contenta.

—¿Y eso te molesta?

—No del modo en que estás pensando.

—Déjate de acertijos.

—Quiero que sea feliz y yo no le saco esas sonrisas.

—Dale tiempo, estuviste a punto de arrancarle la cara hace tres días.

—Con las garras que quieres que me deje crecer.

—Se le pasará.

—¿Y crees que será feliz, Éomar? ¿Conmigo?

Su silencio no me disuade de lo que estoy pensando, tampoco parece que tenga intención de hacerlo. De estar en mi lugar, seguramente se debatiría con lo mismo. Se limita a asentir y sigue quedándose muy cerca, porque no le convence que no vaya a darme otro ataque de amnesia homicida.

Me parece que el tal Pyle ya va borracho y que Mircea tiene intención de imitarlo, porque pregunta por los picheles que ha mencionado antes. No debería parecerme mal, se merece un trago como la que más, pero se me están revolviendo las tripas.

Entramos en la posada y los seguimos por las escaleras, mientras comentan batallitas.

Nos enteramos de que la taberna tenía montada una fiesta en honor al patrón de los Caminantes y que por eso no cabía ni un alfiler.

Estamos de suerte, dice el chaval, porque lo más probable es que encontremos a quien quiera que busquemos, ya que se han reunido más Caminantes de los que normalmente suele haber.

De casualidades va la cosa, porque los necesitamos a todos, así que aprieto los dientes otra vez y entramos en el dormitorio de Pyle, que se quita las botas y empieza a encender la chimenea.

Mircea suspira y se deja caer en la cama, agradeciendo algo «tan blandito».

Pyle hace un comentario subido de tono y ella se echa a reír. Lo que me faltaba.

—Creo que tengo suficiente para todos, vamos a ver. —El chaval reúne cuatro vasos de madera y saca los picheles de su petate, muy parecido al de Mircea—. La Señora de las Burbujas lo querrá lleno hasta el borde, ¿no?

—Todavía te acuerdas de esa historia.

—¿Pero cómo no me voy a acordar? Corriendo como los dioses te trajeron al mundo por medio Mezeen, cubiertita de espuma.

—No lo estás contando bien.

Tiene que estar haciéndolo a propósito, este tipo tiene toda la pinta de ser un antiguo amante y no le importa comentar una batallita en la que acabó desnuda y llena de espuma.

Me lo merezco, Mircea, pero duele. Me siento en el suelo y empiezo a contar los tablones, incluso los que no alcanzo a ver del todo.

Éomar carraspea y se sienta a mi lado, viendo cómo nos ignoran.

Me da una palmadita en la espalda y decide esperar un poco más para intervenir.

El chaval nos tiende los vasos sin dejar de mirarla, hablando del baño que compartieron y que salió mal porque no tenían dinero para pagar la habitación.

Me estoy poniendo rojo y el sudor me baja por las sienes en regueros.

Joder, qué calor hace. Me lo termino de un trago, ni siquiera me da tiempo a saborearlo.

—Bueno, ¿y qué hacen dos drazir contigo? Perdonad el atrevimiento, amigos, pero se os ve venir a la legua.

Por lo menos no nos ha llamado «mestizos», puede que se deba a que es natural de Satirican o de alguna otra ciudad en la que los drazir no son tratados como ciudadanos de tercera. En otras circunstancias hasta me habría complacido, pero no puedo reprimir un sonoro bufido. No soy tu puto amigo.

—Perdona la hostilidad de mi compañero, le alteran las poblaciones humanas —responde Éomar por los dos.

El chaval no se lo ha tomado a mal, me sonríe y vuelve a llenarme el vaso. Mircea, por otro lado, ha fruncido lo que puedo ver de ceño.

—Pues aquí no te tienes que preocupar, Lessen. Satirican es muy seguro, tanto para humanos como para drazir.

Éomar se baja la capucha antes de volver a hablar, pero no lo imito. Necesito seguir escondiéndome.

—¿No habéis tenido problemas?

—Hay unos drazir que la lían buena de cuando en cuando, pero los tienen controlados. Hace un par de días hubo un altercado y los echaron. Lo realmente malo está al otro lado de la cordillera, en el Antiguo Reino.

—Somos del Antiguo Reino.

Pyle compone una mueca solemne y alza su vaso, parece que sabe de qué va el asunto. Mircea lo alza también, con su ojo negro clavado en mí y una expresión que dice: «ya hablaremos». Desvío la mirada y vuelvo a beber.

—Es por eso que estamos aquí, Pyle. Mis amigos quieren acabar con el culto de Shal’karath.

El chico pestañea y bebe, por poco se atraganta. Baja el vaso despacio y nos barre con los ojos.

—¿En eso estás metida esta vez? Mira que te gusta el jaleo.

—Necesito hablar con X’ros, pero cualquier información será vital. ¿Sabes dónde se ocultan?

—No, pero si lo supiese no te lo contaría. Esto no tiene nada que ver con perseguir hechiceros para que te vendan pociones raras, Mircea.

—Por favor. —Coge su mano y le da un apretón.

—¿Por eso tienes media cara vendada?

—De verdad que no te lo pediría si no fuese tan importante para mí.

—Y yo te aprecio demasiado como para ayudarte con esto.

—Me queda claro que la aprecias, chaval, pero si no nos vas a ayudar paso de quedarme a perder el tiempo—. Me levanto y dejo el vaso en la mesa, tan fuerte que por poco lo reduzco a astillas.

—¡Ostras! Ya veo lo que está pasando aquí. Madre mía, Mircea, ¿pero en qué más andas metida?

—Me voy a dar un paseo, Emir —le digo a Éomar.

—Voy contigo.

—No.

La puerta golpea la pared cuando la abro, antes de adentrarme en el pasillo.

No tengo derecho a sentirme así después de cómo la he tratado, pero me estoy dando cuenta de lo feliz que podría ser si me echase a un lado, y es lo que más duele.

La he arrancado de esta vida de aventuras emocionantes y de compañeros que la entienden mejor que yo y es algo con lo que ahora no puedo lidiar de una forma sana, así que salgo a la calle y me quedo mirando la silueta de los tejados que se abren a mucha altura.

Suelto una nubecilla de vaho al suspirar y sigo con la vista fija en la ropa tendida que se balancea como un estandarte.

Lazor, puto estúpido, te mueves por la vida a cabezazos.

—¿Se puede saber qué te pasa?