Rojamuerte Satirican
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Satirican

SATIRICAN

La inclemente claridad del día nos azota cuando abandonamos el cañón.

Éomar camina junto a mí en silencio. Mircea va delante, haciendo lo posible por guiarnos con un solo ojo.

Todavía me cuesta mirarla, solo lo hago cuando me da la espalda.

Ni siquiera tengo hambre, mi maestro cazó algo hace un rato y tuvo que guardar mi ración porque me provocó arcadas.

El viento nos golpea con menos brío que antes, lo que es de agradecer porque si hay otros rh’zir tras nuestra pista les será más difícil detectarnos.

Caminamos durante dos días más con sus solitarias noches, porque no me atrevo a dormir con Mircea.

De todos modos no podría, Éomar ha colocado su saco junto al de ella y no me quita el ojo de encima.

Los oigo reír de cuando en cuando porque hace lo posible por animarla, comparten una complicidad que no deja de crecer y que mi mente deforma.

Me repito que es temporada de celo y que la ira dormida que me hormiguea en la nuca me está jugando una mala pasada cuando creo ver que le pasa el brazo por encima.

No lo hace, solo hablan y ni siquiera la toca, pero apenas puedo conciliar el sueño.

Tampoco tendría ningún derecho a decir nada, suficiente es que me hayan perdonado por lo que hice; si se pusieran a follar en mi cara me rompería el cráneo contra una pared y ahí terminaría todo.

Pero no la toca, ni siquiera tiene intención de hacerlo.

Solo la está protegiendo de un monstruo.

Mircea no se me acerca salvo en contadas ocasiones y aunque lo entiendo, me da la sensación de que las cosas no volverán a ser como antes.

Nos hicimos muchas promesas, pero el único ojo que tiene al descubierto dice otra cosa cada vez que se toca la cara o que Éomar le hace las curas.

Me doy cuenta de que estoy luchando por algo que ya no tenemos o que estamos a punto de perder, aunque no debería verlo así.

Éomar ha sacrificado mucho por mí, no sería justo abandonar ahora.

Una buena persona se quedaría, y estoy tratando de ser lo que inexplicablemente piensa que soy.

Con todas mis fuerzas. No soy un héroe, pero empiezo a ver el egoísmo de otro modo.

—¡Satirican! —exclama Mircea, deteniéndose para señalar la senda por la que bajamos.

Las murallas de la pequeña ciudad brillan como una hoja nacarada y se confunden con la cima nevada que la corona.

Antiguo bastión de magos, ahora poblado por los restos de una civilización anterior a los Thorne y los Shagar, los Señores Dragón que esclavizaron a mi gente durante cientos de años.

Hay humanos en su mayoría, así como drazir que pueden permitirse dormir sin un ojo abierto.

Conviven en una cierta armonía, cada uno en la mitad de la ciudad que le corresponde.

La torre del mago Satirican se alza majestuosa sobre todo ello, con una gema en su punta que atrapa la luz del sol y de la luna.

Es un regalo para la vista, solo he estado aquí una vez y me sobrecogió del mismo modo.

—¿Y es aquí donde encontraremos a los guerreros que faltan?

—Solo a algunos, pero avisarán a los demás —responde Éomar, tan maravillado como yo.

Mircea emprende la marcha y la seguimos; está yendo más deprisa, como si no pudiese esperar a encontrarse con sus compañeros.

Dice que es la primera vez que visita el lugar, pero que es un punto de encuentro seguro para los suyos.

Éomar salva la distancia entre nosotros, aunque sonríe para hacerme ver que su cautela no es hostil.

Esta nueva faceta me causa cierta gracia y me enternece, y ahora que lo conozco tan bien tampoco me sorprende.

No tengo ni idea de lo que ocurrirá una vez hablemos con los guerreros que se ocultan en la ciudad, y él tampoco, pero habría que ser un completo idiota para no verlo como al líder que necesitan.

La senda se abre, pero es una senda solitaria.

No hay carros que entren ni salgan de la ciudad, parece cerrada a cal y canto.

Mircea comparte una mirada intranquila con nosotros mientras nos abrochamos el abrigo y nos colocamos la capucha.

Éomar no se ha arrancado las garras y no parece que tenga intención de hacerlo.

Nunca se sabe, las Sierras del Fuego ya no son seguras.

Nos acercamos al puesto de guardia que hay junto al portón principal y nos recibe un drazir, para mi gran alivio. Le falta un buen número de escamas, por lo que puedo ver, y es casi tan alto como yo. Coloca la lanza frente a nosotros y se dirige a Éomar.

—¿Qué os trae a Satirican?

Éomar se descubre y sonríe.

—Hemos venido a ver a unos amigos.

—No me basta con eso.

—El culto os está dando problemas, intuyo.

—Y es por eso que me vas a contestar.

—Vamos al barrio de Buenaestrella, a la taberna de La Sirena Varada —interviene Mircea.

—¿Caminante?

—Así es, venimos a visitar a los míos.

—¿Tu nombre?

—Mircea Sikaris.

—¿Qué te ha pasado en la cara, te han atacado?

—La senda es impredecible.

—¿Y vosotros sois…?

—Soy Emir del clan Raznos y éste es… Lessen, mi hermano.

—¿Por qué has dudado?

Parece que a mi maestro no se le da bien mentir, a pesar de que lo hayamos ensayado, por lo que me descubro y fuerzo mi mejor sonrisa.

—Son tiempos convulsos, los nombres son tan peligrosos como la lanza que sostienes. Los cuentacuentos y los cronistas estamos siendo perseguidos por igual.

Silencio, en el que chasquea los dedos para que se acerque su compañero humano.

Lo hace despacio, mirándonos de hito en hito al tiempo que baja la lanza.

Le explica lo que le acabamos de contar y vemos que suspira, diciendo que tendremos que firmar en un registro y que solo podremos quedarnos en la ciudad un máximo de tres días.

Hace hincapié en lo último, añadiendo que se lo toman muy en serio y que esperan que volvamos a cruzar el portón al término de nuestra estancia, para volver a firmar en el registro.

Luego comienza lo demás, se meten en nuestros petates y uno de ellos se queda mirando el peto de Éomar.

—¿Qué pasa? —pregunta el humano.

El drazir duda y mira a mi maestro a los ojos, luego guarda el peto y se encoge de hombros.

—Es muy bonito.

Puede que lo haya reconocido, el clan de Éomar es algo así como la realeza de los guerreros. No sé si nos está ayudando o si esto va a meternos en más problemas, pero se hace a un lado y el rastrillo comienza a alzarse.

—Mucho cuidado, hay ojos en todas partes —musita.

El rastrillo cae a nuestra espalda y las vigas que sellan el portón emiten un chirrido tremendo.

Mi maestro me lanza una mirada cargada de significado y avanzamos con cautela, esquivando a la poca gente que hay reunida en la plaza del mercado.

Percibimos su miedo, hace muy poco que ha ocurrido una tragedia y lo mejor será llegar hasta la taberna lo antes posible, para evitar ojos indiscretos.

Volvemos a cubrirnos con la capucha y seguimos a Mircea por los callejones que se extienden en finas hileras amarillentas, moteados por las sombras de los edificios que nos flanquean.

Se apelotonan como los dientes en la boca de una vieja y son más altos que los de la mayoría de ciudades que he visitado; debido al exceso de población y al limitado territorio, a la gente no le queda otra que construir y construir hacia arriba.

Me pregunto si en algún momento rebasarán la torre de Satirican.

—Convendría que dejases de arrancarte las garras —me reprende Éomar, por enésima vez.

—No.

—Las vamos a necesitar.

—He dicho que no.

Nos detenemos en una plazoleta angosta y Mircea suspira al ver el cartel de una sirena a la que le falta un brazo y que nos devuelve una mueca que en su momento debió ser una sonrisa. Sugiere que nos mantengamos cubiertos y entra con más entusiasmo que nosotros.

Nos recibe el alegre sonido de los violines y de una trovadora que entona una canción marinera.

El lugar está atestado de gente y apenas logramos movernos sin chocar con alguien, por lo que aprieto la mandíbula y no pierdo de vista sus manos.

Éomar lleva las suyas metidas en los bolsillos y mis ojos van del suelo a cada tronco inferior que choca conmigo, mientras me esfuerzo en seguir los livianos pasos de mi compañera.

La melodía ahoga mis gruñidos cuando por fin logro apoyarme en la barra y abro un cerco para que Mircea tenga espacio para moverse a gusto.

Éomar me imita y nos convertimos en el sólido muro de un castillo que repele a la gente, que no deja de pisarnos y empujarnos.

—¡Estoy buscando a X’ros! —grita por encima del bullicio— ¿Sabes si sigue por aquí?

—Allí.

—¿Qué?

—¡ALLÍ!

—Chicos, hay que moverse otra vez.

Suelto un suspiro ronco y seguimos luchando por movernos, hasta que llegamos a un conglomerado de mesas.

Algunos parroquianos se han subido a las mismas también, para bailar y cantar.

Parece que celebran algo, aunque puede que solo se deba al espíritu optimista de los Caminantes.

Una sonrisa se cuela bajo las vendas de Mircea, le brilla el ojo mientras los observa.

—¡¿Mircea?! ¡¿Mircea Sikaris?!

Giro la cabeza como puedo, porque hay un tipo tratando de pasar por mi lado, con el brazo muy extendido y la cara apretada contra la espalda de otro.

Tiene los ojos más verdes que la hierba recién cortada y los mismos dientes de conejo que mi compañera.

Sus manos se encuentran y Mircea tira de él con fuerza, soltando una risotada.

Se abrazan y ríen, brincando de alegría.

Imagino que debe ser el tal X’ros y ya lo odio.

—¡¿Pero qué haces aquí?!

—¡No sabes cómo me alegro de verte, Pyle!

—¡Dame otro abrazo, anda! ¡Por poco no te reconozco! ¿Qué te ha pasado?