Valor y compasión #4
Z’na asiente con los labios fruncidos y lo aparta con la mano, tan fuerte que se tambalea un poco. Éomar la observa mientras se aleja y luego se agacha junto a Mircea, para examinarle los cortes de la cara. Sigo sin poder moverme, tengo las pupilas clavadas en mi propia sombra.
—No la necesitamos, puedo dirigirme al resto de guerreros que deben respetarme por igual —masculla—. Se acabó, estoy tomando el relevo de mi padre y me escucharán.
Arrastro la cara por el suelo, para mirarlo.
—¿Por qué?
—Ya te lo he explicado.
—No tiene sentido que hagas esto.
—Veo que no te valen las palabras.
Se muerde la muñeca y se acerca antes de que pueda reaccionar. La ciñe a mi boca, sosteniéndome la nuca con firmeza.
—¿Lo entiendes ahora, Lazor?
No hay palabras para describir la triste historia de Éomar, ni cómo todo lo que le ha ocurrido se ha transformado en el abnegado y solitario corazón que ahora late en mi boca.
Bombea con la sutileza del rocío, pero arrasa con mis sombras como lo hicieron las canciones de Rona.
Rompo a llorar contra su muñeca y me acaricia la nuca con los dedos.
Me ha dado la lección más dura de todas.
Mircea no despierta hasta el día siguiente.
Me he mantenido a una distancia prudencial, porque no quiero ser lo primero que vea.
Éomar susurra algo cuando abre el ojo que no cubren los vendajes y los sollozos de la muchacha lo siguen, quizás recordando lo que le he hecho.
Es de agradecer que yo no pueda hacerlo, porque la culpa me mataría.
Mi maestro dice que se curará, que las heridas no son tan profundas y que seguramente recuperará la visión del ojo que todavía no puede abrir.
Me oculto tras una de las rocas, no quiero que me vea cuando se eche hacia delante.
Soy la pesadilla que te hizo esto, por lo menos te debo desaparecer hasta que encuentres el valor de perdonarme o hasta que me descartes.
Se abraza a Éomar y balbucea que le duele, que no puede ver, que no entiende lo que ha pasado.
Después dice mi nombre y la boca se le retuerce en una mueca de puro terror.
Ahí está, lo que más temía. Mi corazón se salta un latido y tengo que dejar de mirarla, pero no soy capaz de contener el llanto ni los gruñidos.
—Descansaremos tanto como lo necesites.
—¿Ha muerto Z’na?
—No, se ha marchado.
—¿Ha muerto él? —su voz tiembla más que antes.
—No.
Clavo las garras en la piedra, tan fuerte que por poco me arranco una. El siseo acerado hace que Mircea vuelva el rostro hacia donde estoy, y me oculto.
—¿Lazor?
Me tapo la boca con la mano, con la espalda apoyada en la roca.
Éomar le pide que no se levante, pero oigo las pisadas de Mircea de todos modos.
Su sombra crece a medida que se acerca, proyectada por la hoguera que se agita cerca de su saco de dormir.
Su mano repta por la roca y le doy la espalda, con el corazón martilleándome las costillas y una sensación de vértigo que hace que me tambalee.
—¿Lazor?
Sacudo la cabeza y trato de recuperar el aliento, porque estos latidos no me dejan respirar. Me rodea y me cubro la cara con las manos. Siento la presencia de Éomar a la espalda, a unos pocos pasos.
—Vamos, mírame.
Sus manos se deslizan por mis dedos y empieza a tirar de ellos, uno a uno.
Lo hace con mucha delicadeza, quizás para hacerme saber que no está enojada.
¿Cómo es posible? La he desfigurado, la marca del momento en que la traicioné la acompañará toda la vida.
Su ojo negro se entorna en una sonrisa amarga, al tiempo que ladea la cabeza y me acaricia el mentón con los nudillos.
—El amor no se va a ninguna parte, Lazor… Y sé que no me has hecho esto.
Mi valiente compañera, no hay nada en este mundo que la haga retroceder.
Mi espalda da contra otra roca, no porque esté huyendo de ella sino porque ya no me fío de mí mismo.
Se acerca, toma mi rostro y se pone de puntillas, para depositar un sutil beso en mi mentón y labios.
No me atrevo ni a tocarla para apartarla de mí.
—Está bien, Éomar. Puedes dejarnos solos.
—Preferiría que no.
—No me va a hacer daño.
Se aprieta contra mí y apoya la mejilla sana en mi pecho, esperando que la abrace.
Dudo unos instantes, con el fuego centelleando en mi rostro húmedo.
Me arranco las garras a dentelladas y alza la cabeza para ver cómo lo hago, con tanta brusquedad que me estoy desollando los dedos.
Los pongo en torno a ella después, dejando líneas rojas en la manta que la cubre, y presiono los labios en el vendaje de su coronilla.
Respira tranquila contra mí, en contraste con mis rápidas y abruptas bocanadas.
—No me iré, Lazor.
Éomar se retira sin darnos la espalda; intuyo que va a quedarse muy cerca, a tan solo unos pasos, pero que no nos lo hará notar. Me estoy mareando, así que deslizo la espalda por la pared y caigo con ella al suelo, dejando que se envuelva con mis brazos.
—¿Lo ves? No me estás haciendo daño. Mi dragón nunca me haría daño.
No merezco su perdón, pero la necesito tan desesperadamente que respondo a sus besos y caricias, balbuceando que lo es todo para mí, que moriría antes de hacerle daño y que me lo estoy planteando.
Sacude la cabeza y me hace prometer que me quedaré con ella, que seguiremos luchando por estar juntos, que no dejaré que mi oscuridad gane.
Dice que no será fácil, que viviremos momentos como estos porque así es la senda que hemos escogido, pero que debemos mantenernos fuertes.
Dice que mi maldición morirá con G’lar y me obligo a creerlo.
—Es solo otro bache en un camino en el que ya no estás solo.