Rojamuerte Valor y compasión #3
47%

Valor y compasión #3

Amor, el frágil escudo de los pusilánimes, de los cobardes, de los ilusos.

Amor, la emoción favorita de los seres más débiles de La Creación.

¿Pero qué sabrán de amor, cuando temen la devoción con la que los obsequio?

No hay nada más sincero que los gritos que les arranco en sus últimos momentos, el amor palidece frente al dolor.

No hay nada más sincero que el dolor, nos acerca a los dioses, rompe con las limitaciones de la carne.

Soy su bendición, aunque la teman. Cierro la mano en su cara, la hundo en la carne que la limita y ahogo sus chillidos.

Trata de quitársela de encima, pero soy Astharoth Reencarnado, Caminante.

No habrá piedad para tus semejantes mientras dreno el mundo de vuestra indigna existencia.

—¡LAZOR!

Me han agarrado del cuello, me arrastran fuera de la cueva y lo siguiente que siento es un yunque contra el pómulo y el viento que ruge cuando me estampan contra una pared. Pupilas verticales y un iris más azul que la costa de Glaciárida.

Me revuelvo al oír los gritos de Mircea, porque no sé qué está pasando.

Solo sé que quiero ir junto a ella porque jamás la he oído gritar así.

Lanzo las garras a cada lado y vuelvo a hundirme en la pared.

Lo siguiente que oigo es un chasquido cerca del codo, provocado por la mano que me aplasta el brazo.

—Contenlo aquí tanto como puedas, Z’na.

—No va a ir a ninguna parte, te lo garantizo.

—Mircea… ¡Éomar! ¡¿A dónde la llevas?!

Me vuelve a estampar como si fuese de trapo, los guijarros me caen en la cara y su mano se cierra más.

—¿Te gusta desgraciar a mujeres indefensas, rh’zir?

—¡¿Qué?!

—¿Por eso lo has hecho, ya lo echabas de menos?

—¡¿Qué he hecho?! ¡Dímelo!

Trato de zafarme con las garras de los pies y cuando me vuelve a estampar noto que me quiebro como una rama seca. Me lanza hacia un lado y doy volteretas hasta dar contra otra pared, que me recibe con su duro beso.

—Sabía que no debimos fiarnos de ti. Éomar es todavía joven para entender que los corazones no cambian.

—¡Te digo que no sé qué ha pasado!

Me hiere cuando lanza la pierna contra mí y estoy tan asustado por Mircea que ni siquiera pienso en defenderme. Me agarra del pelo y me mira a los ojos.

—¿Quieres ver lo que le has hecho?

Me arrastro por el suelo y grito cuando hunde una garra en mi gemelo, para evitar que siga avanzando.

—Por favor… Solo quiero ir con ella…

—¡Éomar! ¡Dice que quiere ver lo que le ha hecho!

Su grito se propaga por el cañón como una sentencia de muerte y la respuesta de mi maestro no tarda en seguirlo:

—Que venga.

Me agarra de la parte trasera del peto y me da una patada para que camine delante. Las sienes están a punto de estallarme, tengo tanto miedo de lo que estoy a punto de ver que me sacudo con violentos temblores.

Recuerdo la sombra. Recuerdo el hambre. Recuerdo la esencia de G’lar palpitando en mi mano.

Me desplomo de rodillas y gateo hasta donde está Mircea, no alcanzo a ver su rostro porque lo tiene vuelto hacia el otro lado.

Éomar me dedica una mirada de advertencia y se levanta, para dejar que me acerque más.

Suelto un resuello entrecortado al ver las heridas que le he hecho.

Van de la frente a la barbilla y le cubren la mitad de la cara.

—Lazor, tienes que contarme qué ha pasado. —Éomar se agacha junto a mí.

La he desfigurado, pero está viva. Permanezco inclinado, a un palmo de su cara.

—No lo sé.

—Pierdes el tiempo, Éomar, es un…

—¡Un momento, Z’na! —Me pone una mano en el hombro.

Lo miro—. Te ha pasado algo cuando le has arrancado el corazón a ese rh’zir de ahí.

—Señala, pero estoy demasiado asustado para contestar—.

Te he mirado y he notado algo raro, por eso te he seguido, al rato.

Has hundido las garras en la cara de la persona a la que amas, algo que jamás harías. Vamos, piensa.

—La esencia de G’lar…

—¿Crees que te ha controlado? ¿Que el rh’zir estaba infectado?

—Nada de eso… Lo tengo dentro… A veces… A veces me domina… Cuando lucho… Su corazón…

—¿Cuando luchas?

—No siempre… No siempre me domina… Hacía mucho que… Mucho… Demasiado… Pensé que ya nunca…

—¿Te suena algo de esto, Z’na?

—Vaya si me suena, es el berserker de Shal’karath.

—¿Berserker?

—¿Tienes idea de las barbaridades que hizo esta cosa antes de que lo echasen? Negramuerte era el peor, pero este no se quedaba atrás.

Claro que lo sabe, pero ignoráis que la cordura me abandona un poquito más por cada día que sigo respirando.

De alguna manera debo pagar por lo que hice, y la mano del Dios de los Sueños me administra la justicia a la que sigo burlando.

Un infierno gris y rojo de estacas ensangrentadas, de fuego y ceniza, de rostros contraídos en la última mueca que me dedicaron, se abre ante mí cuando estoy demasiado agotado para seguir despierto.

Los gritos de las madres con los brazos todavía extendidos, cuando les arranco a sus retoños desvalidos y los echo a una pira humeante.

Mi grotesca sonrisa reflejada en la sangre que empapa sus rostros y en los charcos de orín que se forman bajo sus pies cuando me acerco, convertido en el verdugo de Los Hados.

No lo recuerdo en la vigilia, pero vuelve a mí cada noche; mancillo los campos de Oniros con la sangre que he vertido, con todas las vidas que he segado.

La guerrera enumera mis atrocidades como si no fuese consciente de ellas y me fuerzo a escucharlas.

Esto es lo que soy, lo que siempre seré.

—Así es como los controlan, Éomar, así es como devastan aldeas enteras.

Les meten ese veneno en el cuerpo para que no les duela nada, algunos como éste y Negramuerte engulleron tanto que se convirtieron en fieras del Abismo.

No se librará de ello nunca, es parte de él.

Lo que sea que le late dentro habrá despertado con la carnicería de estos malnacidos y volverá a ocurrir. Hay que darle el golpe de gracia.

Las palabras que me dedicó Shal’karath retumban tras mis sienes: «Eres el Abismo».

—No tocarás a mi guerrero, ¿entendido? ¡Ahora es mi guerrero! —Éomar alza la voz y doy un respingo—. Lazor, tienes que decirme qué podemos hacer.

Me doblo hacia delante y apoyo la frente en el pecho de Mircea, ni siquiera se mueve.

Cierro los ojos y aplasto la cara contra ella, me dejo llevar por sus latidos para que la rabia no me domine.

Me quiero morir otra vez, si no despierta soy capaz de…

Y aunque lo haga, le haré daño. El enemigo no es Shal’karath, ni siquiera G’lar…

El enemigo soy yo. No me acuerdo de nada, está volviendo a pasar.

Haré cosas terribles y ahora me acompañan dos personas a las que quiero.

—Éomar, hay que tomar una decisión. —La voz de Z’na se agita—. Por poco que te guste…

—¡Necesito pensar!

—Hay que descartarlo, tu padre no aprobaría…

—¡No soy mi padre! —Me agarra para que me separe de Mircea—. Lazor, mírame. Vamos, eso es. Tiene que haber algo que podamos hacer para evitar esto.

Pestañeo y bajo la cabeza, todavía sacudido por temblores. Me miro las venas del brazo.

—Si le ocurre cuando lucha, no podrá ayudarnos. Se volverá contra nosotros.

—No le ha ocurrido ni una sola vez conmigo, ni una. Siempre ha sido Lazor, no esa mierda de Rojamuerte que susurraba antes. Ha sido la sangre de los rh’zir, estoy seguro.

Ha sido su corazón, apestaba a G’lar y soy su adicto. Sabía lo que ocurriría y aún así le he dado un mordisco. El velo rojo es la antesala en la que se revuelve el monstruo y le he abierto las puertas porque no he podido evitarlo.

—¿Y qué más da lo que haya sido?

—¡Si ha sido eso, bastará con que lo vigilemos! ¡Es buen guerrero, lo necesitamos!

He deslizado una garra por mi antebrazo, abriéndome un corte que borbotea.

Éomar se acaba de dar cuenta y rodea la herida con la mano, para luego asestarme un golpe en la sien.

Caigo de lado como un bloque y me vacío los pulmones.

No voy a morir, Éomar, esta sangre no dejará que muera por mis heridas.

Solo trato de vaciarme un poco. No soy esto.

No quiero ser esto.

—¡No voy a luchar junto a un rh’zir desquiciado que tratará de asesinarme mientras duermo! ¡Míralo!

—¡Lo conozco y sé que no es así! ¡Haz el favor de dejarme en paz o de ayudarme!

—No, vamos a volver con tu padre y le diremos…

—¡Pues vuelve con él! ¡Yo me quedo!

—Estoy por encima de ti en la cadena de mando, que haya dejado que dirijas el ataque no te da…

—No estás por encima de mí, Z’na. Soy el hijo de uno de los mejores guerreros de todos los tiempos y me las puedo arreglar solo. No tengo que acatar tus órdenes y francamente, las de nadie. Esto se acaba aquí, vuelve con mi padre o haz lo que te dé la gana, pero me quedo.

—La necesitas, Éomar —musito, todavía tumbado.

—¿Qué? —Se agacha y me roza la mejilla con el pelo.

—Para tu revolución, la necesitas. No la pierdas por mi culpa, no des la espalda a… —Contengo un sollozo—. No merece la pena, no por mí. No soy el héroe que… El héroe que…

—Z’na no me salvado la vida, ha hecho que desee acabar con ella —susurra en mi oído—. Me quedo contigo. No quiero un héroe, quiero un amigo.

—Tu revolución…

—Nuestra revolución. No la necesitamos, encontraremos a los otros por nuestra cuenta.

—Esto es el colmo —bufa Z’na.

—¿Todavía sigues aquí? —contesta con otro bufido, girándose.

—No puedo irme. —Se da una palmada en el vientre.

—¡Sí! —Se levanta y la encara, jamás lo he visto tan enojado—. ¡No quiero que tengas mis hijos, no después de ver lo indolente que has sido con un guerrero más que capaz! ¡La compasión es valor y la indiferencia es cobardía!

—Esa decisión no es tuya. Te he reclamado, no puedes…

—¡Es inaceptable, jamás damos la espalda a los nuestros!

—No es de los nuestros.

—¡Lo vestí yo mismo! ¡Es mi guerrero! —Señala hacia un lado—. Dile a mi padre que lo siento y que estoy cumpliendo con todas y cada una de sus lecciones, aunque seguramente no lo vea así.