Rojamuerte Valor y compasión #2
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Valor y compasión #2

El viento arrastra sus susurros, están hablando de los otros que se han desperdigado por el lado opuesto.

Buena suerte, os vais a encontrar con el impredecible Éomar y sus garras nacaradas.

Las mías, plomizas como una tormenta en ciernes, se deslizan por la roca mientras camino a cuatro patas, para luego dar un salto sordo y quedarme agazapado sobre una más baja.

Siento su pulso, están nerviosos porque nos huelen y todavía no consiguen vernos.

Hago chocar las garras y el que tengo más cerca se gira, para encontrarse con mis dentelladas.

—¡SU PUTA MA…!

Esquivo un golpe y luego otro, para encaramarme a otra roca y aprovechar el amparo de la oscuridad, avivando su confusión. No podéis pensar. Os sentís tan perdidos como solía sentirme yo, ¿verdad? ¿Qué coño ha sido eso? ¿Una sombra? Me relamo y escupo, porque no quiero tragarme la esencia de G’lar.

Son del culto.

El rh’zir al que he mordido se ha quedado sin oreja y presiona la palma contra la herida, mientras avanza. Salto sobre dos rocas más y me lanzo a por otro. Descargo un tajo doble a su espalda. Y me repliego, no hay prisa.

Los gritos se propagan por el cañón, deben ser los desgraciados que se han encontrado con Éomar. Aprietan el paso y sigo cercándolos, debilitándolos, confundiéndolos. Les he abierto suficientes heridas como para que empiecen a impacientarse. La impaciencia te hace bajar la guardia. Es mi momento.

Me lanzo sobre ellos describiendo estelas sanguinas, mientras giro, esquivo, me agacho y salto hacia los lados, apoyándome en los gigantes que nos rodean.

Los estoy empujando hacia donde espera el oso, pero no lo saben.

La garra de uno se me clava en el costado, bajo las costillas, pero la atrapo con las mías y giro para partirle el brazo.

Esquivo otro tajo que me roza el mentón y me doblo hacia atrás, ejecutando un salto que no esperan para abrirme camino con las garras de los pies.

Y me escondo, me sigo escondiendo y los sigo cercando.

El acoso y derribo es mucho más divertido de este modo.

Ya están entrando en el espacio en el que los espera Z’na, un par se gira y no tienen tiempo de gritar antes de que los derribe.

Hay otros dos de Éomar en el suelo, a uno le falta media cabeza y el otro se arrastra sin piernas.

Entran dos más por su flanco, con tantas heridas que apenas distingo sus caras.

Me ocupo de los míos, saltando al cerco y bloqueando el conducto más grande por el que podrían escapar.

Nos observamos durante cinco o seis latidos, no están seguros de lo que están viendo.

Tengo el mentón lleno de sangre negruzca, la esencia de G’lar me crepita en el labio inferior y me eriza las escamas.

Lanzo una garra en barrido contra el primero y atrapo la cara del segundo con la otra, para estrellarlos entre sí, un par de veces.

Retrocedo y los rodeo, pero recibo un tajo de un tercero que había pasado por alto.

Me giro, esquivo y me clavo a sus tripas para descargarle dentelladas en la cara.

Lo suelto, lo pateo y el cuello se le dobla hacia atrás en un ángulo extraño, creo que le asoma una vértebra.

Los estoy empujando hacia Z’na, que se dedica a usar la fuerza bruta para arrancarles algo.

Hay tres muertos y otros tres malheridos, los restantes no saben hacia dónde mirar cuando los rodeamos.

Éomar alza una mano, señalando al que tiene más cerca.

—¿Por qué nos buscáis?

—Astharoth Reencarnado.

He oído eso antes, en los campos de estacas que levantamos por medio T’har Kul; me lo gritaban cuando todo terminaba, cuando Rojamuerte se retiraba en una cacofonía de risas. Un torrente de sangre arrasa con mis sienes, la antesala del velo rojo.

—No, pero agradezco el cumplido. —Éomar le sonríe, totalmente ajeno al verdadero significado de sus palabras.

—No hablaba de ti.

—¡Rojamuerte! —Otro se echa a reír, aunque no lo reconozco. Mira a mis compañeros como si acabase de contar una chanza que nadie entiende—. ¿Sabéis ya cómo va a acabar esto?

Me he acercado sin que pueda predecirlo y tiene mi garra clavada bajo la mandíbula.

La otra se le ciñe al pecho, cerca de su podrido corazón.

Blandito y correoso, dependiendo de dónde muerdas primero.

Mis escamas lo saludan cuando acerco la nariz a la suya y me lleno del dulce olor del pánico, parece que lo esté besando.

—¿Qué pasa, no hablas más? ¿Cómo va a acabar? Cuéntaselo.

Parece sorprendido, el muy bocazas. No hay duda de que nos estaban buscando, de que no ha venido para compartir batallitas acerca de lo que solía hacer una vez me echaba a la carnicería.

Contonea la lengua entre mis garras, el cabrón tiene intención de contestar.

Retuerzo la mano y me quedo con su mandíbula inferior, al tiempo que echo el codo derecho hacia atrás y lanzo un golpe sordo que le ahueca las escamas.

Descargo otro y otro y otro, soy el furioso oleaje del Mar del Silencio.

Sus escamas ceden, ya toco el hueso astillado.

El coro de gritos de la lucha a mi espalda no es más dulce que lo que estoy sintiendo mientras me abro paso entre carne y músculo, mientras atrapo su corazón.

Arrancárselo no cuesta tanto como perforarle las escamas, pero mejoraré y será como cortar mantequilla.

El velo rojo ha caído y solo existimos su latido y yo, antes de llevármelo a los labios.

No lo hagas, sabes lo que ocurrirá. Tierno y correoso. Solo un mordisco. Solo…

—¡Lazor!

Me detengo y pestañeo, a un palmo del amasijo negro que contiene la esencia de G’lar. Me ha llamado como el canto de una sirena y si no hubiese sido por el grito de Éomar me lo habría comido entero.

—Suéltalo.

Giro la mano y el corazón cae entre mis pies con un ruido blando. Me quedo mirándolo hasta que Éomar chasquea los dedos frente a mi cara. Levanto la cabeza y pestañeo otra vez.

—Buen trabajo.

Lo aplasta con el pie y la esencia de G’lar se mezcla con la tierra húmeda y se cuela entre sus garras.

Qué desperdicio. Solo le he dado un mordisquito, pero separo los labios con el embeleso de un adolescente en su primera vez.

Me palmea el hombro y dice que puedo ir en busca de Mircea, que todo ha acabado, que estará a salvo.

Apenas lo escucho, sigo pensando en el momento en que he querido engullir la pulpa que ahora empapa su garra y la mía.

Trago saliva y me paso la lengua por los labios, dedicándole un leve asentimiento.

Todo se mueve muy despacio, sus voces suenan huecas.

Me siento tan ligero que arrastro los pies hacia el lugar donde he dejado a la Caminante, porque pienso que de lo contrario saldré volando.

Es la adrenalina de la lucha y algo más, algo que me aterra y que pensaba que terminó cuando abandoné a Rojamuerte en el Bosque del Draugr.

Iluso, Rojamuerte no se irá nunca, y tampoco esta pasión por las vísceras y el sufrimiento, esta entrega al regusto a hierro y a sus gritos borboteantes.

Despierta cada vez que arranco un corazón y el alma del desgraciado se retuerce en mi mano.

Dio coletazos muy ligeros cuando acabé con el asesino de Rona y ahora golpea los barrotes de mi estoicismo; me nubla la vista, suplica que siga hasta que no quede ni un alma en el mundo, hasta que las engulla todas.

«Lazor».

Me detengo y observo la sombra que crece por las paredes de roca, mi sombra.

Extiendo una mano y me envuelve con su caricia fría.

No eres el Dios Muerto, no has podido seguirme hasta aquí.

¿Pero entonces… quién? Se desliza por mi brazo y se funde en mi carne, dejando un rastro de motas negras y provocándome un húmedo hormigueo.

No, no vengas.

Cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás, saboreando las leves notas que pululan a mi alrededor. Menta y cacao.

No eres Rojamuerte, ya no. Eres lo que sea que necesite y cuando lo necesite, ese es ahora tu combustible.

Por favor, no vengas.

Crujo los huesos del cuello y hago sonar las garras. Los guijarros crujen bajo mis pies y la sombra me sigue.

Penetro en el conducto que conduce a la cueva donde la escondió, maravillado por sus frenéticos latidos, por el ansia que la agita.

Apoyo la mano en la marca carmesí que el muy estúpido dejó en la roca y asomo la cabeza, mostrándole todos los dientes en una sonrisa que esbozo al tiempo que ladeo la cabeza.

Levanta un farolillo y el miedo le arruga la cara.

¿Por qué estás tan seria? Yo estoy taaan contento.

—¿Lazor?

—Taaan contento.

—¿Qué te pasa?

—¿Hmm? —Entro en la cueva, agachado— Mmm.

—¿Por qué me miras así?

—¿Hmm?

Ha sacado una daga y vuelvo a ladear la cabeza, sonriendo de oreja a oreja. ¿Por qué sostienes eso, Caminante? Mis ojos son todo pupila, se reflejan en el filo cuando me acerco más. Y más. Y más. Lo sostiene contra mi nuez y tiembla en sus dedos.

—Lazor…

Estiro una mano despacio y la sombra de mi garra cubre su mejilla y el ojo que me mira desorbitado y vidrioso. Contemplo un rostro tan blandito, tan tierno, tan… vulnerable. Podría cerrar la mano y aplastarlo cual semilla. Su vena brinca y retumba, me saluda y me incita. Pero qué traviesa eres.

—No me hagas daño, por favor. Yo no quiero hacértelo y no te lo haré… Te lo prometí, ¿recuerdas?

Suelta la daga y cae entre sus piernas dobladas, se balancea y arroja destellos; mi gruñido se alarga tanto como tarda una lágrima en recorrerle la cara y precipitarse contra el filo. Posa los dedos en mi mejilla, al tiempo que musita:

—Te amo.