Rojamuerte Valor y compasión
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Valor y compasión

VALOR Y COMPASIÓN

Todavía no he decidido si le contaré a Éomar lo que descubrí, porque nos hemos pasado toda la noche abrazados y en silencio frente al acantilado por el que estuvo a punto de arrojarse.

Le ha sentado de miedo, porque se mueve con brío y sus miradas han vuelto a la frialdad del acero, aunque van teñidas de una sutil gratitud cada vez que se dirige a mí.

Me siento como una mierda por siquiera plantearme no contárselo, cuando anoche se abrió como lo hizo para mí, pero tengo que proteger a Mircea.

Por si fuera poco, no tengo ni idea de cómo reaccionaría la drazir de escamas plateadas que ahora camina a mi zaga, silbando una melodía que no reconozco.

Lo peor viene cuando miro a mi compañera, que mantiene la vista clavada en el suelo y camina frente a nosotros en silencio, abrazándose a sí misma para protegerse del viento.

Le hice mucho daño anoche porque me muevo por la vida a cabezazos y me estoy arrepintiendo de cada palabra que escupí.

No, claro que no me ha decepcionado, fue muy valiente al contarme todo eso.

Tiene un pasado cuestionable, al igual que el mío, pero eso no borra todo lo que hemos vivido juntos.

Quiero apretar el paso y hablar con ella, pero no quiero apartarme de Éomar porque se quedaría a solas con Z’na.

Soy el fino hilo que mantiene a esta compañía unida y me está sentando peor que un día entero sin comer.

Comida. No hemos conseguido cazar nada y me rugen las tripas que no logró arrancarme Negramuerte. Me llevo una mano al peto y gruño.

—El hambre es una prueba más de Astharoth, ¿lo sabías? —dice Éomar.

—Pues ya vale con las pruebas, creo que he aprendido la lección.

—¿Y qué lección sería esa, palurdo?

—Que en la adversidad nos crecemos.

—Bien, muy bien. Por cada bocado que nos falta, nuestra resiliencia se fortalece.

Si por lo menos hubiese bebido de Mircea… No, no es una opción. Estoy salivando con solo mirarle el cuello, asoma un poco por encima de su bufanda. Me relamo y suelto un gruñido de intensa frustración.

—¿Problemas en el paraíso? Normalmente vais cogidos de la manita.

No se lo quiero contar, así que me encojo de hombros y musito una negativa. Éomar enarbola una ceja y ríe por lo bajo. Tiene una risa muy agradable cuando se relaja.

—Es temporada de celo, imagino qué ha podido pasar. Un mordisco de más, quizás donde no procede…

—No ha sido eso.

—Venga, palurdo, cuéntamelo.

Posa la mano en mi espalda, pero nos detenemos cuando Z’na exclama algo. Éomar frunce el ceño y le pide que lo repita.

—Drazir, puede que a nueve millas. No es un grupo grande.

—¿Del culto?

—No huelen a vino y rosas, así que es probable.

Suelto una risita, sorprendido por una aptitud con la que solo puedo soñar.

Éomar se echa a un lado y silba para que Mircea se detenga, haciendo una seña para que Z’na se acerque también.

Se pone el cabello tras la oreja, como cada vez que se muestra pensativo, y espera a que la guerrera hable.

No parece que pretenda hacerlo, dándole a él la oportunidad de liderar en una situación crítica, y empiezo a entender por dónde viene el viento.

Esta es la prueba definitiva de Éomar, donde se lucirá para demostrar que puede tomarle el relevo a Findar.

Lo miro y asiento, viendo que Mircea me imita con menos convicción.

—Las rocas serán nuestras aliadas, por lo que debemos reconocer el terreno y pensar hacia dónde los atraeremos —indica Éomar—.

Atacaremos a la par, pero no debemos dejar que nos rodeen.

Los contendré y cerraré el cerco, mientras que Lazor los cansará por los flancos.

Los acorralaremos y llenaremos de heridas, pero tú los despedazarás.

—Me parece un buen plan. —La guerrera asiente con una sonrisilla de suficiencia—. ¿Y qué hacemos con la Caminante?

—Mircea se esconderá. Lazor, encuentra un sitio donde no puedan olerla, que esté bien resguardado del viento.

—Puedo ayudar —interviene Mircea con gesto sombrío.

—Ya nos estás ayudando, y mucho. —Éomar le dedica una mirada cómplice y parece que le levanta un poco los ánimos—. Ve con Lazor, por favor.

La guío entre un cúmulo de rocas y empiezo a buscar, atento a cuanto me rodea por si estuviesen cerca.

Sostengo la mano de Mircea a la espalda mientras giramos y caminamos de lado, entrando en el cañón.

Intenta que no note lo asustada que está, pero tiembla a medida que nos adentramos en más y más penumbra.

Encuentro un hueco por el que pasar y tras él una pequeña cueva.

Nos hemos metido en un laberinto, por lo que me muerdo en la palma y la paso por el arco de entrada a la cueva, para seguir el olor cuando todo haya acabado.

Camina en cuclillas y se agazapa como un ratoncillo, pegando la barbilla a las rodillas.

No sé de cuánto tiempo dispongo, pero me agacho y hablo en voz baja.

—Lo siento.

—Mhm.

—Sé que no sirve de mucho después de todo lo que dije anoche…

—Lo que dolió no fue lo que dijiste.

—… Pero te amo y quiero que lo recuerdes por si no vuelvo.

—Mira que eres siniestro.

—Los tiempos siniestros requieren medidas siniestras.

—Y también tienes una puta contestación para todo. —Agita la nariz como el ratoncillo al que me recuerda, todavía molesta.

Gateo hasta ella y busco su boca, pero vuelve la cara.

Es ahora cuando empiezo a creer que me estoy convirtiendo en un auténtico guerrero, porque esta es la despedida que me prometí que jamás tendría.

La agarro de la barbilla y la beso de todos modos.

Se resiste un poco y finalmente me toma por la nuca.

Le raspo los labios con los dientes y la saboreo, pensando que podría ser la última vez.

—¿Se lo vas a contar a Éomar?

—No. Confío en ti, Mircea.

Respira hondo y asiente, como si se acabase de quitar un peso de encima.

—Vuelve.

—¿Eso quiere decir que no estás enfadada?

—Estoy furiosa, pero el amor no se va a ninguna parte.

La beso una última vez y abandono la cueva para volver sobre mis pasos, tratando de recordar cada giro y cada grieta.

El corazón me retumba con fuerza, me estoy llenando de adrenalina con solo pensar en que me voy a enfrentar a los míos con mis nuevas lecciones.

Se mueven como ratas, atacan como ratas y soy el lobo que las acorralará.

Astharoth nos ha sonreído, porque Z’na da con el rastro de un león de montaña al poco de volver a reunirme con ellos.

La caza agudiza nuestros sentidos y nos ayuda a concentrarnos para lo que vendrá.

No me hace gracia tener que esperar a que Z’na coma primero ni ver cómo Éomar agacha las orejas, pero me obligo a ser paciente y al final me llevo la menor ración de todas.

La sangre del león bombea y me despierta cuando lleno mi boca y mi estómago con ella.

Ya es de noche cuando Z’na los detecta.

Hemos escogido un cúmulo de rocas altas, con puntos de apoyo planos para que pueda moverme a gusto.

El centro es lo suficientemente espacioso como para evitar que nos rodeen y cuenta con conductos estrechos por los que Éomar escapará con la agilidad del viento, para volver al cerco por un flanco que no puedan adivinar.

Estoy agachado, con la mano apoyada en la superficie de una de las rocas, cuando discierno una procesión desordenada de drazir que se acerca a nosotros.

Todavía no puedo verlos con claridad, pero tienen pinta de estar buscando algo.

No se sirven de antorchas para moverse porque no las necesitan, por lo que sigo los destellos que la luna saca de sus hachas.

Los cuento una vez, dos veces. Éomar camina sigiloso y se agacha también.

—Son solo cinco —digo.

—Se han dividido, los demás atacarán por mi flanco.

—Nos han detectado.

—Si podemos olerlos, ellos también. El viento se lo ha puesto fácil. —Su sombría expresión se suaviza cuando me mira—. ¿Emocionado al saber que te vas a estrenar?

—Creo que debería preguntarte lo mismo.

—Pues te vas a sorprender, pero tengo miedo de que salga mal. — Baja un poco la mirada—. No por mí, sino por mi padre.

—Y por esa de ahí abajo, que es una extensión de él.

—Lo de esa de ahí abajo… Lo comentaremos en otro momento.

—Se nos podría ir la mano durante la lucha. —Me paso la garra del pulgar por el cuello y le guiño un ojo—. Ya sabes, siempre ocurren cosas impredecibles.

—Ya, porque mi padre iba a creer que diez desarrapados del culto acabaron con ella, claro que sí.

—Joder, ¿tan fuerte es?

—¿Acaso no te lo pareció? —Ríe entre dientes y mira al frente—. Pero no es como mi Rhen, no hay nadie como Rhen. De no haber estado embarazada, estaría aquí y no me sentiría tan…

—Está bien, dilo.

—Es que no quiero, porque no es verdad. —Me pone una mano en el hombro y aprieta los labios—. Raro es que lo piense, palurdo, pero me alegro mucho de no estar solo en esto. Anoche me… Bueno, estuvo bien lo de anoche.

—No te acostumbres a los abracitos. Solo se los doy a Mircea.

—Me salvaste la vida.

Nos miramos a los ojos y el viento ulula entre las rocas.

Me está dedicando la más honesta de las miradas, clara como las aguas del Manantial de Los Hados, y con ella me dice que no sabe cómo más agradecérmelo, al menos no con palabras.

Hay un gesto entre drazir para estas ocasiones, pero no hay tiempo para ello.

Me da rabia, pero si sobrevivimos a esto…

Alza un dedo y señala a lo lejos, entre tres de las rocas más altas.

Los cinco miran hacia arriba y pegamos el cuerpo a la fría piedra.

Tienen que acercarse más y empezará la danza del león, el lobo y el oso.

La lucha es un arte, nunca lo vi así, pero cobra un sentido tan familiar en estos momentos que me extraña no haberlo pensado antes.

—Te dejo solo, ya sabes qué hacer —susurra antes de retirarse—. No pienses.