Rojamuerte El camino del héroe #3
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El camino del héroe #3

Cierra los ojos y exhala, porque estoy poniendo a prueba su paciencia.

Las sombras de la hoguera danzan en su cara y en sus hombros, al tiempo que aprieta los labios, juguetea después con el bajo de su capa.

No se atreve a mirarme. Mal asunto, porque puede que se deba a que está a punto de mentirme, pero me convenzo de que es porque le da vergüenza o porque sencillamente le duele hablar de ello.

—El día que murió, mi padre me protegió con algo, llámalo hechizo o como te dé la gana.

Mi madre y yo nos quedamos con él una temporada, sin sospechar que estaba metido en mierda hasta el cuello con la gente de su Orden.

Un hombre entró en la torre y nos atacó, por poco mató a mi madre al tratar de protegerme.

Mi padre murió después, al interponerse entre mí y su hechizo.

Todo estaba perdido, me vi acorralada y… se desintegró.

—¿Cómo que se desintegró?

—No sé que le prometió mi padre al Abismo en los momentos en los que pensó que me asesinarían, pero funcionó.

El nigromante se desintegró al atacarme.

—Toma mi mano y busca mis ojos—. Sé que no crees ni una palabra, pero quiero que pienses que no he faltado a ni una de mis promesas, que recuerdes que puedes confiar en mí.

Asiento y cierro la mano que ella no me sostiene hasta que los nudillos se me vuelven blancos. La incertidumbre se tiñe de rabia.

—¿Y por qué vuelves al lugar donde viven los enemigos de tu padre?

—¡Porque son útiles! Ni siquiera saben quién soy, no son mis amigos. Recuerda lo que te he dicho: los Caminantes nos adaptamos.

—Os adaptáis a la nigromancia, cojonudo. —Miro hacia un lado—. ¿Y no has pensado que era lo suficientemente importante como para contármelo antes, puesto que vamos a cazar nigromantes?

—Te lo conté, cuando estábamos con Rona.

—Dijiste que tu padre era hechicero, no especificaste más. —Me rasco la nariz con los nudillos y bufo—. También dijiste que no se enamoró de tu madre, que echaron un polvo y saliste tú.

—Rona no lo sabía, te estoy contando el mayor secreto de mi vida.

—Un secreto que te has guardado de una forma muy sospechosa.

—Realmente eres un hipócrita, Rona murió porque…

—¿Por qué? —Me vuelvo hacia ella como un resorte, enseñándole los colmillos—. ¡Por fin te atreves a decirlo! ¡Venga! —Me acerco a su cara, porque ya no me mira—. Pero no pares ahora, dilo. Di lo que realmente piensas de mí, vamos.

—No quiero hacer esto, Lazor —musita.

—Rona murió por mi culpa. —Presiono la lengua contra la comisura del labio, dedicándole una mirada encendida—.

Por lo menos ten la decencia de mirarme a los ojos cuando lo dices.

Sí, mi hipocresía mató a Rona, así como mi cobardía, pero nunca lo he negado, mientras que tú…

Me has estado mintiendo todo el tiempo y ni siquiera has tenido un motivo tan sólido como el mío.

—Tus motivos siempre son los más sólidos y los más justificados, porque te equivocas menos que nadie —contesta con sorna, todavía sin mirarme—. Sí, eres un hipócrita en el más estricto sentido de la palabra.

—Muy bien. —Me levanto y rodeo la hoguera—. Pues este hipócrita se va a dormir a otra parte y a pensar en qué coño hacer contigo. —Me vuelvo hacia la roca que tengo detrás—. ¡Bajad la puta voz, joder!

—¿«Qué hacer conmigo»? ¿A qué te refieres?

—Quiero asegurarme de que no me acompaña una persona que comulga con las costumbres del culto.

—¿Se lo vas a contar a Éomar?

—¡Pues claro que se lo voy a contar!

—¿Y dónde queda la lealtad, dónde queda la confianza?

—¡Te pregunto lo mismo!

—Me estás decepcionando mucho.

—Lo mismo digo, Mircea. Dime, ¿por qué tienes miedo?

Tarda un par de latidos en contestar, llevándose la mano a la muñeca que mordí.

—No tengo miedo.

—La sangre no miente, estás muerta de miedo.

Me abrocho el abrigo y doy la vuelta para dirigirme a donde pueda romperme los nudillos a gusto, contra la primera roca que encuentre.

La oigo sorber por la nariz y adivino que está llorando, pero me siento igual de herido y me convenzo de que mi desconfianza en este momento es apropiada.

No tengo ni idea de por qué me lo ocultó, pero sé que Éomar no querrá que continuemos con ella, y eso solo puede significar que en cuanto se lo cuente, tendremos que separarnos.

No quiero separarme de Mircea cuando es lo único en lo que creo.

Ahogo un grito contra la mano mientras sorteo rocas tan altas como árboles y me dirijo al borde del acantilado desde donde se puede contemplar buena parte de T’har Kul.

Me distraigo pateando piedras y viendo cómo ruedan por la ladera, para no arrojarme por ella.

Qué frágil es mi fe, cuando no debería serlo.

Debo seguir confiando en ella, ahora que me ha devuelto las ganas de creer en algo.

Por ella soy ahora un guerrero de Astharoth, cuando hace muy poco era un adorador de Los Oscuros y fantaseaba con el Fin de los Tiempos, cuando hace muy poco asesinaba a humanos por placer y me bañaba en su sangre.

Ella ha conseguido todo esto, así como Rona.

Inoportuno como una infección por hongos, Éomar camina hasta mí y se detiene con la cara perlada en sudor y un rictus amargo. Ni siquiera me mira, creo que también está huyendo. El viento le pone el pelo en la cara y ni se molesta en apartárselo.

Da un paso, luego otro.

Lo atrapo cuando está a punto de caer y me tiro hacia atrás con él, conteniéndolo con todas mis fuerzas.

Deja de forcejear al cabo de unos latidos y me suelta un codazo en la boca, para quedarse sentado a mi lado.

Lo miro con ojos desorbitados y se cubre la cara con las manos.

Su sollozo me provoca un respingo, porque lo que acaba de pasar es lo último que podría esperar en esta mierda de noche.

Si tú te derrumbas también, estamos apañados.

Me doblo hacia delante y extiendo una mano para dejarla cerca de su hombro, porque no sé si contestará con otro golpe.

La bajo despacio y su llanto se intensifica cuando lo toco y cierro los dedos, dándole el apretón más cálido del que soy capaz.

Es fácil olvidarse de que solo es un chaval de diecinueve o veinte años, más asustado de lo que pueda estar yo.

Su padre es un capullo de proporciones épicas y lo más parecido que ha conocido al amor lo ha despedido con la frialdad de una cuchilla en las costillas.

Por si fuera poco, lo acaba de violar una guerrera que lo ve como un trozo de carne con aptitudes para dejarla embarazada y seguir alimentando la rueda de injusticias en la que está sumido desde que tiene uso de razón.

Le rodeo los hombros con un brazo y se agita contra mí, soltando sollozos débiles y entrecortados.

Mi maestro es un chaval tan perdido como yo.

Y a pesar de ello es mucho mejor persona de lo que jamás seré.

Susurro que nos quedaremos aquí toda la noche, que puede contarme lo que quiera, que puede llorar sin avergonzarse, que entiendo cómo se siente.

Llora con más fuerza al escucharme y no dice nada, simplemente se permite ser y sentir, puede que sea la primera vez que lo hace delante de alguien.

Tal es el camino del héroe.