Rojamuerte El camino del héroe #2
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El camino del héroe #2

Avanzamos por la parte de las cloacas que conduce al extremo norte de la muralla de la ciudad, donde empiezan las Sierras del Fuego.

Mircea camina de mi mano, con el riesgo de cortarse con mis garras si tropieza.

No ha dicho mucho, aunque dirige miradas huidizas a la guerrera de escamas plateadas que avanza frente a nosotros, charlando con un melancólico Éomar.

No nota su estado de ánimo, obviamente, pero he llegado a conocerlo bastante con los entrenamientos y está haciendo lo posible por mantener la entereza que se espera de él.

Z’na Reid lo trata con mucha condescendencia, disfrazada de amabilidad maternal.

Casi me dan ganas de recordarle con quién está hablando, pero es posible que ella sea incluso más famosa que Findar.

El agua nos cubre hasta la cintura cuando estamos cerca de la salida y Mircea es la única lo suficientemente menuda para caminar por los salientes que hay a cada lado del conducto y evitar hundirse en la laguna de mierda y fango que infesta mis fosas nasales.

Caminamos con los brazos levantados hasta que el agua empieza a menguar y giramos por otro conducto, por el que se cuela un cono de luz amarilla.

Llevo sin ver el sol tantos días que me provoca una amplia sonrisa, casi no puedo esperar a verme debajo de él.

Camino más deprisa y Mircea ríe con entusiasmo.

Las Sierras del Fuego se extienden en una línea irregular, conformando un muro dentado y negro de miles de varas de altura que parece no acabar nunca.

La emoción me embarga al contemplarlas, las he echado de menos.

Y al otro lado, mi hogar, por el que todos los que me acompañan están dispuestos a sangrar.

Éomar me da una palmada en el pecho, justo en la huella de lobo, y me obsequia con una sonrisa que se me antoja hasta hermosa.

Su iris resplandece con la idea de volver a casa y la brisa matutina agita sus cabellos flamígeros, que se echa detrás de la oreja.

—Estás a punto de dar tu primer paso como guerrero de Astharoth, acompáñalo de un pensamiento alegre.

—¿Y si no tiene nada que ver con vuestros valores?

—Nuestros valores, querrás decir. Quiero que recuerdes una cosa: mientras tus acciones beneficien a los demás, no estarás errando.

Sé que no haces esto por el Antiguo Reino, pero sigue siendo lo correcto.

El camino del héroe no es una línea recta, y donde más aprendemos es en los baches, cuando caemos y encontramos un motivo para levantarnos.

—¿Fue idea tuya, lo de antes?

—Sí.

Pestañeo, porque lo sospechaba y de todos modos me parecía absurdo. Éomar me dedica una sonrisa burlona y me palmea el hombro.

—No lo entiendo, apenas he aprendido en todo este tiempo.

—Sigue diciéndote eso, pero ayer me venciste dos veces y anteayer tres. Aprendes muy deprisa, cuando no te hundes en la autocompasión y empiezas a pensar como un adulto.

—Y no tengo nada que ver contigo, siempre dices que soy un palurdo y un egoísta.

—Lo de palurdo no te lo puedes sacudir de encima y lo de egoísta… —Se inclina hacia delante, viendo como Mircea se aleja—. Estás haciendo esto por ella, no por ti.

Asiento y mi mirada se desliza por los picos nevados, cuyo blanco resplandece en contraste con la senda de roca negra que se abre ante nosotros.

Bajo la vista y arrastro los pies hacia los lados, tratando de dar con el pensamiento alegre del que habla.

Estoy bastante obsesionado con Mircea, así que pienso en ella y le pido a un dios en el que no creo, que a su vez me ha convertido en su paladín, que la proteja en la senda.

Astharoth ni siquiera contempla a los humanos como sus protegidos, al menos en la vertiente de su religión que profesamos en el Antiguo Reino, pero me digo que puedo creer a mi manera, del modo en que Rona creía en Iwa.

Si he de creer en algo, lo haré a mi manera, como siempre he hecho todo.

Doy un paso y le siguen los demás, cuando me interno en una senda de la que no se qué esperar.

Caminamos durante todo el día y aún quedan dos días más de subida hasta el camino que pretendemos tomar.

Mircea nos guía casi sin darse cuenta, da la impresión de que lo ha hecho muchas veces.

Dice que daremos con otros Caminantes una vez lleguemos a Satirican, una ciudad que se esconde entre cuatro picos nevados, y que la misión que le ha sido encomendada empezará ahí.

Siento mucha curiosidad por estar con su gente, solo he conocido a Caminantes solitarios y todos huyeron en la dirección contraria, porque son astutos como zorros y muy esquivos.

Le digo que quiero aprender más de sus tradiciones, cuando nos sentamos frente al fuego que acaba de encender, al tiempo que lo protege con la capa de los fuertes vientos.

Todavía no estamos en un punto de frío intenso, pero me preocupa un poco que, a medida que vayamos subiendo, las inclemencias la hagan enfermar.

Perdió parte de su equipo tras la pelea en el Dragón Cachondo y agradezco que conserve la piel de lobo con la que la obsequié hace unas semanas.

Rhenara la preparó para ella y ahora compone un magnífico abrigo que intercambiará por la capa.

—Al principio viajábamos en carros, pero con el tiempo los descartamos y nos decidimos a caminar.

—¿Por qué?

—Un carro, aunque práctico, es un blanco fácil. A medida que el mundo se hizo hostil, los Caminantes aprendimos a adaptarnos. Nuestra mayor habilidad es esa.

—¿Y es cierto que os perseguía la Inquisición?

—Nos tachan de brujos, de cuando en cuando. No sabrían diferenciar a un brujo de una castaña, pero todo les resulta sospechoso, mucho más cuando es tan difícil apresarnos.

—¿Es por eso que no llevas argollas de oro en las orejas? Eres la única Caminante que he visto sin ellas.

—Sí, prefiero ser discreta.

—Conocí a uno que las llevaba hasta en la nariz. Tres en total, una en cada aleta y luego otra en el centro.

—Entonces diste con un Sabio. —Me dedica un asentimiento al ver que frunzo el ceño—. Son los Caminantes de mayor rango, por así decirlo, que han estado en los lugares más remotos. ¿Dónde lo conociste?

—En el Antiguo Reino.

—Bueno, no es raro para un Sabio.

—Me contaste que estuviste por mi tierra, con tu madre. ¿Era Sabia?

—No, qué va, aunque podría haberlo sido. ¿Cómo se llamaba el tipo?

—No lo conocí realmente, pasó cerca de mi aldea y todo el mundo montó un revuelo impresionante. Lo vimos tomar la senda que conduce a Sombrás.

—Debía tener un par de huevos bien gordos para dirigirse a Sombrás, pero así son los Sabios. La curiosidad es su herramienta, y su perdición.

Gira la cabeza hacia un lado, distraída por los gruñidos que escapan tras una de las rocas que nos protegen de las corrientes. Puede que sean los de Éomar, pero me obligo a no pensar en ello porque el asunto me perturba. Carraspeo para atraer su atención y fuerza una sonrisa.

—¿Y cómo empezó? ¿Por qué empezó?

—¿Nuestra Orden? Pues como empieza todo, por la necesidad de otros seres humanos. Somos exploradores y conocemos cada rincón del mundo, guiamos a los descarriados y los conducimos al hogar que todavía no han encontrado. Al menos eso era lo que me decía mi madre.

—¿Y dónde querrías que estuviese tu hogar, si alguna vez lo encuentras?

—Mi hogar es el mundo, esa es la cuestión. Mi hogar siempre se encuentra bajo mis pasos y en la gente que me acompaña. Se nos enseña a apreciar a otros viajeros como si fuesen familia, así el camino nunca se hace solitario.

—¿Y eso es lo que haremos, cuando acabemos con Shal’karath? ¿Caminar por siempre?

—¿No te gusta la idea?

—No puedo decir que me guste o me disguste, nunca lo he probado. Me gusta el concepto.

Más gruñidos, mucho más intensos que los anteriores. Resoplo y uso un palito para jugar con las brasas, porque me están entrando muchas ganas de pararlo. Mircea me da un apretón en el brazo y se recuesta en mí.

—¿Y qué hay de tu padre, que me puedes contar de él? —pregunto.

Se tensa un poco, aunque puede que se deba a los gruñidos que tratamos de obviar.

—Se llamaba Rez’na y vivía cerca de la Montaña Susurrante.

Tenía una torre muy alta, desde la que se veían las Sierras del Fuego, y me divertía contando sus escalones.

Mi madre decía que fue aprendiz en La Torre y que escapó cuando tendría unos veinte años, para montárselo por su cuenta.

Era un renegado, por lo que no podía volver al Nuevo Continente.

—¿Así que era nigromante? —Me separo y echo la barbilla hacia atrás.

—Por eso sé algunas cosas de nigromancia. No me mires así, mi padre era buena persona.

—No hay nigromante que lo sea.

—Pues él sí que lo era.

—Hacen tratos con el Abismo por sus poderes, no me vas a convencer de lo contrario.

Su confesión me ha sentado como un cubo de agua helada, pero me limito a guardar silencio hasta pasados unos instantes. Las piezas empiezan a encajar y me llevo la lengua a un colmillo, pensando en lo siguiente que diré. ¿Es este el secreto que temía contarme?

—¿Por qué vas tanto a La Torre?

—No me gusta nada por dónde está yendo esto, Lazor.

—Es una pregunta muy simple, así como justa. Sabes más de mí que yo de ti, ¿te has dado cuenta?

—Mi padre dejó La Torre porque no estaba de acuerdo con sus prácticas.

—Eso no es lo que te estoy preguntando, quiero saber por qué estás en contacto con nigromantes.

—Los que conozco son útiles, pero no comulgo con sus creencias. Me vendieron el antídoto que te salvó la vida.

—La daga de G’lar no te afectó, ni siquiera un poco. —Estiro el labio inferior, respirando más deprisa—. O es verdad que existe un hechizo para proteger a un simple humano de la nigromancia o eres nigromante.

—¿Así es como vas a reaccionar cuando me abro a ti, juzgándome y enojándote? ¿Hice lo mismo contigo cuando me hablaste de tu pasado?

—No te vendieron ningún hechizo en La Torre, ¿a que no?