Rojamuerte El camino del héroe
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El camino del héroe

EL CAMINO DEL HÉROE

Hay cosas que uno quiere hacer y cosas que debe hacer.

El deseo tiende a interponerse en el camino del deber y es lo primero de lo que un guerrero prescinde.

Si no deseas nada, no echas de menos lo que no tuviste.

Luchas mejor, piensas mejor y no miras atrás.

Este es el credo de Findar, con el que no estoy de acuerdo.

El deseo nos empuja a los logros más inspiradores o deleznables, pero siempre es mejor combustible que el deber.

El deber es una imposición que aceptamos con una sonrisa comedida, solo porque otros creen que lo debemos aceptar.

No viene dado por el corazón y es casi tan frío como un acto de crueldad.

¿Qué detiene tu mano contra un inocente?

¿El frío deber, que se rige por lo que otros piensen, o el corazón?

Divago con todo esto mientras los oigo discutir.

No me he acercado, pero el sonido se propaga fácilmente por las galerías de lo que ahora es mi pútrido hogar.

No voy a intervenir ni voy a reaccionar en modo alguno, porque no es asunto mío y aunque el chico me cae mal, querría hacerlo.

Empiezo a entender por qué no se parece a su padre, por qué me quiso echar de la ciudad en cuánto me vio, por qué no se ha rendido conmigo como lo habrían hecho sus compañeros; no quiere ser un héroe, solo es un chaval que trata de hacerlo lo mejor que puede con una vida que no ha elegido.

Lo molieron a palos desde que tuvo edad para usar las garras, lo juntaron con su hermana mayor cuando tenía quince años y ahora lo obligan a abandonar a su familia y a convertirse en la puta de una guerrera a la que apenas conoce.

Me enfurezco con solo pensarlo, así que bajo la cabeza y clavo la vista en los charcos que hay cerca de mis pies.

Te quejaste durante mucho tiempo por la vida de cuentacuentos que te tocó llevar, hermano, pero fuiste increíblemente afortunado.

No me cambiaría por Éomar ni un solo día de mi vida.

Las garras de mi maestro chocan contra el ladrillo y chapotean cuando se acerca, con los hombros caídos y una expresión de puro e insólito abatimiento.

Nunca lo he visto así y se recompone en cuanto se da cuenta de que lo miro, volviendo a la cruel deidad guerrera de escamas naranjas que me ha estado machacando durante casi dos semanas.

Chasquea los dedos para que lo siga, pero no mudo el gesto de intensa repulsa.

Se da cuenta y resuella por la nariz, como si se estuviese riendo de su propia desgracia.

—Venga, di lo que te reconcome. Luchas mejor cuando no te contienes.

—No te envidio, guerrero.

—¿Quién lo haría? Nos admiran por todo lo que sacrificamos, cuando ni ellos mismos se lo plantearían.

—Y no puedes negarte, supongo.

—Puedo, pero deshonraría al clan y a todo por lo que mi padre ha luchado, me convertiría en un rh’zir de la noche a la mañana. El que te envidia soy yo, por haber nacido cuentacuentos.

Arqueo las cejas, porque el cumplido me ha sentado bastante bien y porque estaba pensando en eso hace unos momentos. Debe ser que no le odio del todo y que estamos más unidos de lo que quiero admitir.

—¿Y cómo está Rhenara?

—Enojada y destrozada, como lo estaría yo. Me lo está poniendo más difícil, pero no la culpo.

—En honor a esa contención que entorpece mi concentración, te diré que viajar con Z’na me apetece tanto como una patada en los huevos. ¿No se podría evitar?

—La necesitamos para convencer a los otros guerreros, tiene mucha influencia. Me hace gracia que menciones lo de los huevos, imagino que no vas a poder quitarte de la cabeza su lección.

—Trataste de avisarme.

—Pero no me esforcé en disuadirte, sabía que te vendría bien. ¿Está Mircea preparada?

—Sí, aunque se ha encariñado mucho con tu hija. Anoche durmió con nosotros, otra vez.

—Supongo que tengo que pedirte disculpas porque mi vida sentimental se esté metiendo en la tuya.

—Las acepto, porque me estoy subiendo por las paredes.

—No pensé que diría esto, pero el enojo que me causa tu insolencia me está ayudando a distraerme. —Me ofrece una sonrisa escueta, sin apenas mirarme—. Gracias.

Entramos en la galería en la que nos esperan.

El petate de Mircea se balancea en su hombro cuando se gira y me dedica una sonrisa deslumbrante.

Realmente le entusiasma el camino, aunque vaya a estar lleno de peligros.

Creo que lo que más la motiva es el peligro, de hecho.

Los cronistas han cambiado la mueca de recelo por una un tanto más fría, pero por lo menos han accedido a ayudarnos y ahora tenemos toda la información que necesitamos.

Sabemos dónde encontrar a la otra comuna de guerreros y sabemos que el culto no tiene ni idea de que Negramuerte me encontró aquí, puede que todavía ni siquiera sepan que ha muerto.

Lo último me parece improbable, pero los cronistas aseguran que están más concentrados en dar caza a los pocos guerreros que podrían plantarles cara.

Están nerviosos, dicen, porque he demostrado que puedes dejar el culto y vivir para contarlo; de enterarse otros de que sigo vivo, podría suponer una crisis para los valores de los más jóvenes y manipulables, que sufren en el escalón más bajo de la jerarquía.

Por eso me buscan, soy un castigo ejemplar.

Éomar se lleva a Rhenara a un lado y la guerrera hace lo imposible por no derramar siquiera una lágrima, mientras le coloca el peto con los símbolos de su clan y se lo abrocha.

Los dedos del chaval tratan de atrapar los de ella un par de veces, al tiempo que susurra palabras que Rhenara se niega a oír.

Es posible que no vuelva a verlo con vida e imagino que está aplicando las enseñanzas de su padre.

Deber antes que deseo, mente antes que corazón, frialdad antes que lágrimas.

Éomar se inclina hacia sus labios y lo esquiva cuando baja la cabeza y se lleva una mano al vientre, esperando que se despida de su hijo.

—Por favor, Rhen —alcanzo a oír—. ¿Crees que me gusta esto?

—Buen viaje, guerrero. Que los Setecientos Salmos guíen tu mano.

—Te amo.

Le da la espalda y se encamina hacia un conducto, con la boca retorcida en una mueca que no le deja ver.

Me cae mal, pero nadie se merece eso. Si Mircea me despidiese del mismo modo tendrían que levantarme del suelo entre cinco.

La miro y reparo en que los ha estado observando también y que comparte mis inquietudes, se muerde el labio y frunce su naricilla.

Cojo su mano y le doy un cariñoso apretón, asegurándole que eso nunca ocurrirá entre nosotros.

Todavía noto que se preocupa de cuando en cuando porque no entiende la diferencia entre los guerreros del culto y los auténticos guerreros.

Findar se cruza con Rhenara y ésta le dedica un asentimiento antes de desaparecer por un conducto. Lhenara camina de la mano del anciano y corre hasta su padre para abrazarlo, que entierra la cara en su hombro y susurra algo. Eso que se lleva, le ayudará a aguantar lo que se nos viene encima.

—Avanza, guerrero. —Findar me mira.

Miro hacia los lados, pensando que no se dirige a mí.

Éomar se acerca y me da un empujón, de peor humor que antes; se le da de lujo moverme cuando no quiero hacerlo, hasta en eso han cambiado las cosas.

Camino hasta Findar y veo que sostiene algo entre las manos, no he reparado en ello porque estaba distraído con lo que le estaba ocurriendo a mi joven maestro.

Es un peto negro, de cuero, con grabados de líneas curvas que se entrelazan.

—Viste a tu guerrero, Éomar.

Doy un respingo al darme cuenta de que se ha colocado a mi lado, cuando extiende una mano para coger el peto.

Enarbola una ceja en un gesto mudo, pidiéndome que me quite el abrigo y la camisa.

Me giro hacia él mientras lo hago y dejo que me lo coloque en los hombros, se toma su tiempo en ajustar las correas.

Paso la mano por los grabados, que se asemejan a una huella.

La huella de un lobo. No tengo ni idea de cuándo lo han hecho para mí, pero esbozo una sonrisa cargada de gratitud cuando Éomar me mira a los ojos.

—Repite lo que digo, Lazor.

Pronuncio los votos de los guerreros, uno a uno y con mucho cuidado.

No me esperaba esto, pero no me desagrada del todo, y a su vez me aterra.

Están poniendo sus esperanzas en un tipo que solo está pensando en acabar con Shal’karath para poder desentenderse de todo.

No soy un héroe y hasta hace nada era, de hecho, un villano.

No estoy dispuesto a sacrificar nada por gente a la que ni siquiera conozco, hago todo esto por Mircea y un sueño imposible al que me agarro con garras y dientes.

Lo saben y no obstante, me cubren de unos honores de los que me burlaba.

—A partir de ahora no puedes ser Rojamuerte, es el nombre que te dieron los indignos que escupen en nuestras tradiciones —dice Éomar, todavía mirándome a los ojos—. ¿Qué nombre escogerás?

—¿Me lo puedo pensar?

—Tienes dos latidos, palurdo.

—Éomar.

—¿Sí, padre?

—Lo descubrirá por el camino.

Pone una mano en mi hombro para que me gire también. Los cronistas y la propia Z’na Reid sonríen, pero Mircea no los acompaña. Sé perfectamente lo que está pensando.

—Que los Setecientos Salmos guíen tu mano, guerrero de Astharoth.