El oso y el lobo
EL OSO Y EL LOBO
Los cronistas llegan al cabo de tres días, en los que ni siquiera duermo con Mircea y en los que he evitado hasta mirarla.
Siento sus ojos en mi nuca a cada instante, mientras entreno con Éomar y dedico muecas asesinas a Findar.
El chaval no me lo está haciendo más duro, por suerte, y puede que se deba a que lucho mejor porque solo estoy pensando en Mircea y me enojo más a cada momento.
Ya solo me corrige cuatro o cinco veces por pelea y ni siquiera ha vuelto a mencionar lo de los saltos.
Estoy lleno de lodo, pero tengo menos cortes y ya no me tumba con facilidad.
Ciñe la mano a mi cuello para detener un ataque y la siento muy rígida, cuando veo que lleva las pupilas a un punto de la cámara de entrenamiento. Me aparto y me vuelvo.
Un grupito de drazir nos observa con curiosidad.
Me da en el brazo con el dorso de la mano, pasando junto a mí y animándome a acompañarlo.
—¡Ascua Danzante!
—Cronistas.
Uno de ellos echa la barbilla hacia atrás y el que tiene al lado se mira los pies, al reparar en mí. Un público exigente, que sin duda me ha reconocido. Les devuelvo una mirada aviesa y me cruzo de brazos.
—Supongo que mi padre os habrá hablado de la pequeña misión suicida que tenemos entre manos.
—Nos ha dado algunos detalles y nos ha animado a hablar contigo, dice que has tenido… ideas.
—Y también dijo que no os creíais que el Empalador de Palerma esté con nosotros. —Éomar me señala con ambos brazos—. Pues aquí está.
—Aquí está —afirma uno—. Y no por ello nos termina de convencer.
—Reeze creía en él.
—Reeze se agarraba a un clavo ardiendo, es por eso que acabó así.
—Tengo más motivos que ellos para acabar con Shal’karath —replico.
—¿Y eso por qué? —pregunta uno que luce un gorrito con una pluma. Hace que me den ganas de arrancárselo para mearle encima.
—Te basta con saberlo.
—No, no me basta. A ninguno nos basta y si quieres que os ayudemos, vas a tener que bajar esos humos. No somos ninguno de los humanos que te dedicaste a asesinar y tu mueca de perdonavidas no nos convencerá.
—Lazor es… reservado, pero estoy seguro de que os lo contará o dejará que os lo cuente yo —interviene Éomar, dedicándome una sonrisa que me advierte de todo el océano de dolor por el que me hará pasar si la cago.
—El culto asesinó a mi familia —murmuro, con el deje de un témpano de hielo—, antes de que me uniese a él. Me engañaron diciendo que los humanos los asesinaron y me convertí en un asesino. El asesino que necesitáis.
—Combatir fuego con fuego, para que arda todo.
No sé qué está pasando, pero desde la pelea con Negramuerte todo el mundo me trata como si fuese idiota. Puede que lo sea, pero he sobrevivido todo este tiempo por algo. Mascullo un improperio y miro hacia un lado, porque si lo sigo mirando acabará quemándose.
—Así que este es el famoso Rojamuerte —una voz aguda y cascada se abre paso entre los cronistas—.
El Empalador de Palerma. —Una drazir de escamas plateadas se detiene frente a mí, enfundada en un atuendo de cuero negro.
Tiene el pelo del mismo color que el de sus escamas y lleva un lado rapado.
Sus ojos azules me escrutan unos instantes, dándome a entender que no la he impresionado—.
Es más bajito de como me lo imaginaba, las canciones dicen que es tan grande como Astharoth —comenta con Éomar, que le devuelve una sonrisita tímida—.
Imagino que podemos saltarnos las presentaciones porque sabes quién soy.
—Pues no. —Escupo a un lado—. ¿Pero a que me lo vas a decir?
—Las canciones también dicen que es gilipollas, en eso no se equivocan.
—Se acerca más, sosteniéndome la mirada—.
Un sanguinario tan grande como Astharoth y tan gilipollas como cualquier tramposo que usa la nigromancia para adquirir unas habilidades que no le corresponden y que no sabe usar.
—Se acerca más y reparo en que sus escamas repican, tornándose azules—.
Tenías la garra de Éomar en el cuello hace un momento, ¿por qué no dejas que vea cómo te machaca esa bonita cara mutilada?
—O te la puedo machacar yo —replico.
Éomar aspira entre dientes y hace ademán de acercarse, pero la guerrera alza una mano y se queda clavado en el sitio.
—¿Quieres pelear, rh’zir?
—No quiere pelear porque lo necesitamos.
—¿Y por qué lo necesitáis, Éomar? Si no puede luchar como nosotros, será un estorbo.
—Puede luchar como nosotros y lo haría hasta mejor con esa sangre suya… Si me escuchase más a menudo.
Me obligo a pensar en todo lo que se están jugando y todo lo que estoy haciendo tambalear con mi enojo y respiro hondo, para llenarme de la paciencia que me ha abandonado estos días. Hablo entre dientes, esbozando una sonrisa de lo más furibunda.
—Eres Z’na Reid.
—No te he oído.
—Eres… Z’na… Reid.
—Eso es, ¿ves cómo no era tan difícil? Resulta que tengo que decidir si os acompañaré, y depende de lo simpático que vayas a ser conmigo, Morritos.
Rujo y me encaro con ella, llevándome un empujón que me manda al centro de la cámara, levantando una cortina de lodo.
La tengo encima enseguida, descargando garras y patadas sin que apenas pueda verlas.
No las veo, pero las siento como un yunque que amenaza con astillar cada hueso de mi cuerpo.
Esquivo la mitad y decido que voy a saltar y a hacer lo que mejor se me da.
Me muevo sobre pies y manos, lanzando dentelladas y cortes por cada vez que lanza una patada.
La rodeo, la acecho, aprovecho cada sombra y cada reflejo para confundirla, gateo sobre tuberías y me lanzo desde las que le quedan por encima.
Giro mientras me lanzo, retrocedo, gateo otra vez y la canso.
Sus golpes ya no son tan rápidos como al principio, pero cada vez que me alcanza me zumban los oídos.
Es un oso y por cada garrotazo se lleva dos dentelladas; no le duelen como me dolerían a mí, pero la ralentizan.
La rodeo con las piernas y le clavo los colmillos, pero me agarra de la nuca y sus garras reptan hasta mi boca, donde siento un aguijonazo que me obliga a soltar.
Por poco me arranca la mandíbula y escupo sangre antes de volver a ponerme en posición.
—Un lobo. —Agita una mano mientras nos movemos en círculos—. Hacía mucho que no peleaba con uno.
—Está mejorando —oigo decir a Éomar—. Y es cabezota como él solo, podéis estar luchando hasta el Juicio de los Oscuros.
—Se regenera rápido, además. —Z’na hace chocar las garras entre sí, viendo que empiezo a gatear hasta un punto alto—. A estas alturas ya tendría que tener los huesos destrozados.
Salto sobre ella y esquiva la garra que está a punto de destrozarle las escamas de la cara, pero la siguiente descarga le viene por la izquierda y le saco un diminuto gemido cuando aprisiono su brazo contra mí y le doy un cabezazo.
Es como dárselo a una pared, me rompo la nariz y me da tal rodillazo que me deja con la frente en el suelo, resoplando por los testículos que seguramente hayan pasado a mejor vida.
Adiós, amigos. Caigo de lado como un bloque.
—Vale, ya entiendo. Es posible que se pueda hacer algo con esto. —Me pone un pie en la cara y la garra se me clava en la mejilla—. Buen trabajo, Éomar, tu padre estará orgulloso.
—No me lo ha dicho, pero lo sé.
—Ven a verme luego, en eso sí que está de acuerdo.
—Ehm… Bueno… Yo…
—Nada de titubeos, te lo has ganado.
Me quito la garra de encima y me levanto, con los huesos repicando como un sonajero.
Crujo los del cuello y me relamo la sangre de los dientes, percibiendo una nota afrutada; así que a esto sabe la mejor guerrera del Antiguo Reino.
Escupo para que vea que no lo he disfrutado y me dedica una sonrisa socarrona, como quien atiende a la gracieta de un niño.
—Ve a llorar con tu humana acerca de los hijos que ya no podréis tener. Espera… No podíais tenerlos de todos modos.
Rujo y Éomar me lo devuelve, señalando un conducto. Obedezco porque no me apetece que me partan la cara entre los dos y me mezclo con la penumbra. Necesito hablar con Mircea; si sigo así acabaré comprometiendo ese futuro con el que me llené la boca para herirla.
La encuentro jugando con Lhenara, la hija de Éomar, que a estas alturas le ha cogido tanto cariño que la sigue a todas partes. Me apoyo en una tubería y carraspeo, dándole a entender que quiero hablar. Me ignora el par de veces que lo intento, así que me decido por decir algo.
—Mírame, por favor.
Se vuelve con una mueca de enojo dormido y le pide a la niña que vaya con su madre. Después se cruza de brazos y se acerca.
—¿Vienes a chantajearme un poco más?
—No te estaba chantajeando.
—Sí que lo hiciste y luego me arrastraste por media cámara.
—Te arrastraste sola, lo único que tenías que hacer era soltarme y…. Vale, no iremos por ahí.
—No, no iremos.
—Findar tiene razón, me acaban de dar una paliza por arrogante y menos mal que no soy un drazir con rabo, porque me lo verías metido entre las piernas.
—Cómo me gustan tus analogías.
—No es una analogía, pero…
Me pone un dedo en los labios y chista, clavándome una mirada de «lo estás empeorando».
—Se arreglará con que digas que me dejas acompañarte, con que digas que entiendes por qué esto es también importante para mí y que lo normal es que no quiera quedarme sentada mientras te juegas la vida por nosotros.
—Si Shal’karath…
—Findar lo dijo, soy un gato. Ni siquiera me verá llegar. —Se pone de puntillas y me rodea el cuello con los brazos—. ¿Cuándo vas a entender que no pienso hacer nada que implique separarme de ti? Somos un todo, estábamos destinados a encontrarnos porque me lo dijo mi padre.
—¿También dijo que sobrevivirías?
—No, pero para saberlo no necesito la profecía de un hechicero. Me basta con confiar en esto. —Se lleva una mano al corazón y la otra repta por mi pecho.
La estrecho contra mí en un beso largo, muy largo.
No hemos hecho el amor desde la primera vez que ocurrió porque he estado enfermo y ocupado con los entrenamientos, por lo que la entrepierna que la guerrera me ha machacado reacciona con furia.
Desliza los dedos por ella y mira hacia un lado, para cerciorarse de que estamos solos.
—Lhenara se tiene que quedar conmigo esta noche —dice con un mohín.
—¿Qué? ¿Por qué? —suelto un gruñido desesperado.
—Porque Rhenara quiere estar sola, creo que hoy no estará lo que se dice contenta. Me ha dicho que la guerrera que ha llegado hoy ha reclamado a Éomar como candidato.
—¿Candidato para qué?
—Para hacer otros guerreritos. Lo tiene que… conocer antes.
—Tiene que follárselo, dirás.
—Sí.
Los guerreros tienen costumbres extrañas y no es ninguna novedad, pero esto se lleva la palma.
Son los únicos que rechazan y condenan la atracción entre dos personas del mismo sexo, mientras que a los demás ni se nos pasa por la cabeza que pueda ser un problema; es algo propio de los humanos y me consta que hay zonas de T’har Kul en las que ni siquiera se lo plantean.
Por otro lado está lo de juntar a hermanos para mantener la sangre pura, descartar a infantes con malformaciones…
—Guerreros… Es una casta de lo más jodida.
—¿Tú no me harías eso?
—No, claro que no.
—Porque no podremos tener hijos y…
—No soy guerrero, Mircea, no uno de verdad. No tengo nada que ver con sus costumbres. Yo era cuentacuentos y en cierto modo lo sigo siendo, aunque ya nadie cree mis historias.
—¿Entonces solo estarás conmigo?
—Solo contigo —ronroneo, frotando mi mejilla con la suya.
—Nonono. Que ya sé a dónde llevan los ronroneos.
—Solo un poco.
—¿Cómo se folla un poco?
—Te debo una disculpa de drazir, porque las palabras no bastan.
Pasa los dedos por mi pelo, cuando me inclino más.
—Siempre sabes qué decir para ablandarme, las palabras se te dan de miedo.
—Necesito sentirte, Mircea, y que me sientas.
Me besa y asiente, ya no hay rastro de enojo en la mirada que me dedica.
Nos arrodillamos juntos y nos besamos un poco más, hasta que los ánimos están tan caldeados que no hay palabra que exprese lo que sentimos. Muerdo mi muñeca y la suya y se echa sobre mí, dejando que me hunda en la quietud de sus océanos.
Suelto un suspiro áspero al sentir una laceración en la garganta y aparta la muñeca, ha sido tan repentino que me he estremecido como si estuviese masticando hielo. Su sangre se ha tornado muy amarga, un alarmante reflejo de sus emociones.
—¿Va todo bien?
—¿Qué? —Se cubre la herida con la mano.
—Te estoy preguntando si estás bien, he sentido…
—Estoy un poco preocupada, es todo.
Escruto sus pupilas con los párpados entornados y me esquiva, diciendo que Rhenara la necesitará pronto. Cojo su mano cuando hace ademán de levantarse, sonríe fugazmente al ver que estoy empezando a preocuparme mucho y agita la cabeza.
—Si no hay palabras para expresarlo… —Trato de volver a sentirla, pero retira la muñeca antes de que mis labios la rocen— Quiero ayudarte, así es como lo hacemos.
Se levanta, todavía cubriéndose la herida.
—Estoy bien. No quiero que te preocupes más, suficiente tienes ya con lo que te ronda la mente.
La observo mientras se aleja, pasándome la lengua por el paladar y el hueco entre el labio inferior y las encías. Ni siquiera se parece a la melancolía que me abrumó cuando hicimos el amor, es… miedo.
La persona más valiente que conozco está muerta de miedo.