El secreto de la lucha #2
—E imagino que también eres ágil, te mueves como un gato.
—¿Que me muevo como qué?
—También me fijé en eso —apunto, dedicándole una sonrisa tranquilizadora.
—La mejor forma de entender cómo lucharemos y de entender a nuestros oponentes se basa en adivinar el animal al que nos parecemos. Lazor es un lobo, Éomar es un león de montaña y Rhenara es un oso. Tú eres un gato.
—Así que mis oponentes son los ratones… y mi presa.
—Lo vas entendiendo. Los guerreros del culto tienden a pensar como los ratones y las ratas, se mueven como tal y atacan como tal. No hay muchos leones de montaña entre ellos, ni lobos, ni osos. —Se cruza de brazos y alza la barbilla—. Así que voy a pedirte que llames a otros gatos.
Pestañea, porque creo que se ha perdido con lo de las ratas y los ratones. Abre la boca y alza un dedo, dándose un momento para contestar:
—¿Me estás pidiendo que me ponga en contacto con otros Caminantes?
—El saber colectivo de tu gente será clave en lo que nos proponemos.
—Solo sabemos de sendas.
—Y de escondites, tengo entendido que son lo que mejor se os da. Mircea se lleva los dedos a los labios, que ha estirado en un gesto pensativo.
—Quieres que os ayudemos a localizar los escondites del culto.
—Y la mejor manera de llegar hasta ellos sin ser vistos. Necesito que te pongas a cazar ratas, mientras los acompañas.
—De acuerdo, creo que podré hacerlo.
Sacudo la cabeza con el enojo que me empieza a crepitar en las sienes, pero no repara en ello o lo ignora deliberadamente. Lleva unos días diciendo que me va a acompañar y Findar acaba de darle la excusa perfecta. Una sonrisilla triunfal le curva un lado de la boca, pero muere en cuanto intervengo.
—¿No crees que tendrías que preguntármelo primero?
—¿Por qué? ¿Es una niña?
—No, pero…
—Acabó con Negramuerte porque es un gato, precisamente. Ni siquiera la oyó acercarse, de lo contrario estaría muerta.
—Estaría muerta si yo no la hubiese ayudado.
—Tienes un problema con la arrogancia, Lazor. Hace que subestimes a todo el mundo, pasando por alto lo más esencial.
—¿Que es…?
—Que todo el mundo te puede sorprender, como lo ha hecho mi hijo y como lo ha hecho ella. Astharoth la ha puesto en tu camino y en el nuestro por un motivo muy concreto. Su gente es esquiva y nunca se mete en nada, pero ella está vinculada a ti y te protegerá con sus mejores habilidades.
—La cuestión es que la estás metiendo de lleno en algo que puede acabar con su vida, sin importarte lo que tenga que decir.
—Tú lo has dicho, no me importa más que la vida de toda la buena gente del Antiguo Reino. Y sospecho que ella entiende esto mejor que tú.
—Vaya puta familia —mascullo mientras me alejo.
Mircea me sigue de cerca, pero no me toca, porque sabe que no me gusta que lo hagan cuando estoy enojado. Nos metemos en un conducto que lleva hasta la cámara en la que nos alojamos y se queda a mi espalda, esperando a que diga algo. Le ofrezco mi perfil más afilado.
—No irás, me importa un carajo lo que ese puto héroe tenga que decir.
—No soy una niña.
—No, no lo eres, pero sí mi pareja.
—¿Y eso quiere decir que debo hacer lo que ordenes?
—Eso quiere decir que debe haber un consenso entre nosotros.
—Aquí no hay posibilidad de consenso, ni siquiera me escuchas cuando no dejo de darte razones para…
—¿Para qué? —Me giro y empleo mi tono más sosegado, que tiende a intimidar más que mis gritos y posee un tinte mordaz—. ¿Para morir de una forma absurda y destrozarme la vida… otra vez?
—Nunca te he destrozado la vida.
—Sí, claro que sí, en el momento en que permitiste que me enamorase de ti. Si ibas a jugar con mis miedos de esta forma me lo habría pensado un poco más. Así que contesta, ¿para qué?
—Para ayudaros, Lazor. Soy mucho más capaz de lo que crees y cómo me alegra que Findar haya podido verlo. Si todos los guerreros son así, el Antiguo Reino estará salvado en menos de una luna.
—Si todos los guerreros son como lo que no soy, quieres decir.
—No he dicho eso.
—¿Sabes por qué me estoy destrozando el cuerpo con Éomar? Por ti. Antes de que me engancharas ni siquiera me preocupaba sobrevivir a una pelea contra Shal’karath, iba a lanzarme a ello y ya veríamos qué pasa. Estoy aprendiendo para poder volver a tu lado, cuando esto acabe.
—Y te lo voy a facilitar.
—Te vas a quedar aquí, con Rhenara. Es mi última palabra.
—Lazor…
—Es… mi última… palabra.
—¿Y sino qué, eh? —Alza la barbilla y pone los brazos en jarra—. ¿Qué harás?
Frunzo los labios, porque lo cierto es que no me esperaba eso.
De pronto parece más grande, como le pasa cada vez que se enoja.
Mi valiente y preciosa compañera, cuya afición favorita es la de avivar las ascuas de mi desaliento.
Me muerdo el labio y fijo la mirada en el suelo, pensando en mi jugada.
No puedo amenazarla con dejarla porque no se lo va a creer y no puedo cabrearme más porque ni en mil años querría levantarle la voz.
Solo me queda lo que llevo conteniendo durante horas: se me escapan las lágrimas y no me las enjugo, porque quiero que vea lo que me está haciendo.
Se acerca y toma mi cara, pero la giro bruscamente y esquivo sus labios también. Lo intenta de nuevo y retrocedo.
—No solo no vendrás, sino que te quedarás pensando en esto, en este terror que me haces sentir. Puede que así entres en razón, al pensar en todas las putas lágrimas que seguiré derramando mientras voy a luchar por nuestro futuro.
Paso por su lado y me agarra del brazo, por lo que empiezo a arrastrarla hasta el conducto por el que trato de escapar. Gruñe mi nombre y se llena las piernas de porquería, mientras camino con la potencia de un caballo.
—¡Tengo el mismo derecho que tú de luchar por ello!
Sacudo el brazo para que me suelte y me alejo, gruñendo improperios y llorando contra la mano.