El secreto de la lucha
EL SECRETO DE LA LUCHA
—Lo que quiero es que dejes de dar saltitos y que me golpees.
—Creo que te he calado unos pocos golpes, chavalín.
—Con eso no tengo ni para empezar. Si quieres golpear como un guerrero de Astharoth, empieza a pensar como tal.
Llevamos un rato entrenando y confieso que no me he recuperado del todo como para encajar con gracia las pullas de Éomar, pero no me están sentando tan mal como las dos derrotas consecutivas que acaban de tener lugar.
Crujo el cuello y describimos un par de círculos; ni siquiera está pendiente del movimiento de sus pies porque el cabrón sabe que me lleva ventaja en todo momento.
Tengo lodo hasta en las orejas, me duelen las heridas del estómago y solo he podido cazar siete ratas, por lo que le dedico un profundo gruñido y empiezo a pensar en cómo sorprenderlo para poder irme a la mierda.
Findar nos observa desde lo alto de una tubería y de cuando en cuando hace un comentario para corregir los ataques de su hijo, que no tiene las mismas agallas con él como para defenderse con pullitas. En su lugar asiente y se muerde el labio, al tiempo que esquiva mis ataques.
Rhenara juega con su hija a un lado y Mircea las acompaña, en los últimos días se han hecho muy amigas. La drazir tiene más planta de guerrera que el propio Éomar y me alegro de que esté embarazada, porque tengo suficiente con las humillaciones por las que me hace pasar su hermano.
Ya me he dejado crecer las garras y lo cierto es que me está saliendo mejor así, Éomar se ha llevado unos cuantos cortes y la sangre le cae en finos hilos por las escamas.
No cicatrizará como yo, por lo que ha aprendido a tener mejores reflejos.
Mi estilo de lucha es el acoso y derribo, mientras que el suyo se asemeja a la imprevisibilidad del viento.
A veces acosa y a veces derriba, pero nunca sabes qué hará.
Es por eso que me distrae tanto, porque estoy acostumbrado a los que luchan como yo.
Y a que Rojamuerte me tomase el relevo la mayor parte del tiempo.
—¿Pero por qué das saltos? —se exaspera Éomar.
—¡Para esquivarte!
—¡Pues conténme, coño!
—¡Éomar!
—¡Es que no escucha, padre!
—La paciencia es una virtud, especialmente con el entrenamiento. Piensa en Lazor como si fuese tu hija, a la que tendrás que enseñar en unos años.
Genial, ahora me comparan con una niña de cuatro años. Esto va de mal en peor.
—¡¿Y cómo cojones contengo lo que no puedo predecir?! —estallo.
—¡En eso se basa la lucha, palurdo!
—¡Éomar!
—¿Sí, padre?
—Tu postura. Si pierdes la paciencia, pierdes la ventaja.
Tiene razón, se ha entretenido discutiendo con él y lo he alcanzado en un costado.
Aspira entre dientes al tiempo que se palpa el corte.
Repara en la sonrisa que esbozo durante un latido y me la quita al siguiente, asestándome una patada en la sien.
Me doblo hacia delante echando lodo por la boca, porque casi me ahogo en tres palmos de agua.
Juraría que en el burdel estuvimos empatados, ahora me está pareciendo que lo soñé.
—Venga, arriba.
Aparto el lodo de mis ojos y me levanto al tiempo que cuadro los hombros. ¿Quieres contención? Pues vamos a ello.
Con un brazo bloqueo sus garras y lanzo las mías con el otro, pero gira para esquivarlas y me asesta un corte en la espalda, muy cerca de donde me dejó un recuerdo Negramuerte.
—¡TU PUTA MADRE!
—Eso no es contención, eso es clavarse en el suelo y esperar a que te ataquen.
—Lobo.
—No te he oído, padre.
—¡Lobo!
No tengo ni idea de por qué ha dicho eso el anciano que nos observa con el ceño fruncido, pero bufo en respuesta y vuelvo a crujir el cuello.
—No puedo más. —Doy media vuelta, yendo hacia donde están las mujeres—. Si me dejases usar el hacha verías lo que es bueno.
—Nos bastan las garras, cuando aprendas a usarlas las sentirás como diez filos y entenderás lo absurdo que es que te sirvas de uno que te pueden arrebatar en cualquier momento.
—¿Cuando aprenda a usarlas? Te recuerdo que era de los mejores guerreros que tenía el culto, me suda los cojones que pienses que no sé luchar.
—¿Y cuando te enfrentes a Shal’karath, que solía ser un auténtico guerrero, qué harás? —Me sigue—. ¿Darás saltitos y esperarás a que yo vaya a sacarte las castañas del fuego?
—¡Las garras no se clavan ni tajan como lo hace un hacha!
—¡Porque no sabes usarlas!
—¡Éomar!
—¿Sí, padre?
—No lo acoses, deja que descanse.
Me dejo caer en una tubería. Las chicas juegan con la niña, que ríe y se deja coger en volandas.
Me están entrando muchas ganas de llorar y lo último que quiero es que este capullo lo vea.
Inoportuno como el hijo bastardo de un noble, se sienta a mi lado y me mira, con los codos apoyados en las rodillas y el pelo pegado a la cara.
No tiene ni una mota de lodo encima, es todo sudor.
—Lazor…
—Un puto momento es lo que pido.
—¿Sabes la de palizas que me ha dado mi padre?
—Tiene pinta, así has salido de cabrón.
Silencio, que agradezco como el beso de una diosa.
—¿Quieres saber por qué empatamos la primera vez que nos peleamos? Sé que te lo estás preguntando.
Suspiro y lo miro con una ceja alzada y los ojos vidriosos. Para mi gran sorpresa y espanto, me pone una mano en el hombro.
—Porque no estabas pensando.
Clavo las pupilas en su mano y parece que se acaba de dar cuenta de que me está tocando, por cómo la retira.
—Claro que estaba pensando, quería matarte.
—Pensabas en matarme, pero no pensabas en cómo me iba a mover. Ese es el secreto de la lucha, lo que te falta. Tienes que pensar que no tienes ni idea de lo que va a hacer tu rival y te tiene que parecer bien.
—Eso va en contra de todo lo que…
—Exacto.
Pestañeo, porque el consejo me parece de lo más absurdo que he oído en mucho tiempo. Me repito que este chaval al que me empeño en subestimar se podría llevar por delante a Shal’karath. Le costaría, probablemente moriría, pero lo conseguiría.
Me paso una mano por el hombro, donde tengo un corte que no dejará de molestarme hasta dentro de un rato, y asiento.
Éomar me dedica la primera sonrisa amistosa de todas, o puede que me lo haya imaginado, pero se levanta y hace un gesto para que lo siga de vuelta a la charca fangosa en la que entrenamos.
Resoplo, pensando en la paliza que me va a volver a dar.
Findar arquea las cejas al ver que vuelvo, lo que viene a significar que aprueba mi decisión.
—Recuerda: no pienses. Y si vas a pensar en algo, piensa en matarme.
Los pensamientos homicidas siempre me acompañan cuando lo tengo cerca, pero me obligo a recordar lo que ha dicho.
Lanza las garras y las esquivo dos veces, tres, hasta que giro y le devuelvo los mismos ataques.
A la tercera lo alcanzo en el cuello y lo empujo de una patada, haciendo que se tambalee hacia atrás.
Lo agarro del brazo y tiro, para asestarle un tajo directo a la cara.
Se suelta y lo esquiva, pero no ve venir mi pierna, que lo golpea en un costado y le abre una herida. Retrocede y se la examina brevemente.
Después me dedica un asentimiento y volvemos a enzarzarnos.
Findar ya no hace comentarios, parece que le agrada que su hijo haya dejado de hacerlos también.
Lo hago un poquito mejor que antes y me digo que es porque ha dejado de humillarme verbalmente, tal vez porque no quiero reconocer que tenía razón.
Mircea se ha acercado para observarnos, con la niña cogida de su mano.
Me pongo nervioso porque preferiría que no lo viese, por lo que me llevo un golpe que me lanza contra el lodo.
—Suficiente por hoy, Lazor.
La niña aplaude a Éomar y veo una primera sonrisa de orgullo paternal, muy parecida a la que yo esbozaba cuando veía jugar a mis hijos.
Me digo que este chaval tiene mucho que perder y que está dispuesto a hacerlo para que más gente como yo no se quede sin lo que más quiere.
No le aguanto, me cae peor que una infección urinaria, pero tiene un corazón noble y es un auténtico guerrero, de los que ya apenas quedan.
Findar baja de la tubería de un salto y disimula una cojera incipiente, al tiempo que se acerca. Palmea el hombro de Éomar y me mira.
—Los cronistas vendrán en unos días. Quiero que los conozcas, Lazor, porque no se creen que estés con nosotros.
—Francamente, no es buena idea seguir confiando en cronistas.
—Cometimos el error de fiarnos de la nueva compañía de Reeze, pero a estos los conocemos desde hace mucho. No vendrán solos, los escolta Z’na Reid.
Ladeo la cabeza, porque me miran como si supiese quién es.
—Z’na Reid, palurdo, la mejor guerrera del Antiguo Reino.
—La mejor guerrera soy yo, pero estoy embarazada —interviene Rhenara desde un rincón.
—Cierto. —Éomar se rasca la nuca, intuyendo una pelea conyugal en ciernes—. La segunda mejor guerrera.
—A ver si eres capaz de disimular esa sonrisita cuando venga, tengamos la fiesta en paz —sigue recriminándole.
—No he sonreído, amor, es solo que…
Veo cómo se aleja para apaciguar a su hermana. Findar permanece inexpresivo como una pared. Sus pupilas van de sus hijos a Mircea, que sigue jugando con la niña.
—¿Qué hay de la Caminante, sabe luchar?
—Pues no lo sé, aunque imagino que sí. Pasan la vida recorriendo las sendas más peligrosas del mundo.
—¿Irá con vosotros, cuando marchéis?
—Estoy tratando de convencerla para que no lo haga, pero no está saliendo bien. Tenemos una amiga en común que murió por la existencia del culto y mi propia existencia, así que…
—Algo me contó Éomar. —Arruga el entrecejo y chasquea los dedos en su dirección—. ¡Caminante!
Mircea se acerca con la niña, porque sus padres están teniendo una trifulca interesantísima. Teme al anciano, las pocas veces que los he visto hablar ni siquiera lo mira a los ojos.
—¿Sí?
—¿Sabes luchar?
—No como vosotros, desde luego.
—¿Con qué te defiendes?
—Con mi daga, cuando las patadas y los puñetazos no valen.
—Patadas y puñetazos, ya. —La mira de arriba abajo—. Eres menuda, es una ventaja contra los drazir.
—¿Ah, sí?