Rojamuerte Me quedo #3
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Me quedo #3

—Maté a Negramuerte con un azadón que no estaba ni caliente —se mofa, sorbiendo por la nariz.

—Entonces es una suerte que te tengamos, vamos a necesitar unos cuantos azadones.

Se echa a reír, pero no dura mucho. Su palma roza mis vendajes y repta hasta mi hombro, que ya se ha librado de las heridas que me dejaron los dientes de Negramuerte.

—Si lo haces me vas a pedir que nos separemos, ¿verdad? Eso es lo que te da miedo. Ya no quieres morir.

Asiento, pasando una mano por sus ondas y deteniéndola en su cuello, para fundirnos en un beso largo.

No estoy dispuesto a dar la espalda a esto.

He conseguido creer en algo y al hacerlo me he vuelto más egoísta que antes, es un hecho; pero si no lo hago, si no me encargo de Shal’karath, irán a por ella en algún momento, para hacerme pasar por todo el tormento por el que ya pasé.

Se han tomado las molestias de buscarme porque las cosas no acabaron para mí del modo en que quisieron, Mircea es el castigo ejemplar por el que optarán.

Tengo que ponerle fin, más por ella que por mí.

La venganza no me devolverá a mi familia y me alejará de Mircea.

La venganza, el combustible que ha regido mi existencia durante cinco años, ahora me parece un motivo absurdo por el que aferrarse a la vida.

Solo han pasado dos semanas desde que la conozco, a lo sumo, pero estoy absoluta e irremediablemente enamorado de ella y me voy a llevar a esos malnacidos por delante para que podamos tener algo parecido a una vida.

Pero debo ser realista: los dioses en los que me he negado a creer disponen ante mí la jugada final, que consiste en enseñarme a apreciar la vida cuando estoy a punto de perderla.

—¿Y si no quiero separarme de ti cuando vayas en su busca? ¿Y si decido que quiero morir luchando a tu lado?

—No me sorprendería, siempre he dicho que eres la persona más valiente que nadie haya conocido. Valiente y algo insensata, para ser Caminante.

—Lazor, no rodees el tema.

—¿Sabes que te di el nombre de mi hermano cuando nos conocimos?

—Ella arquea las cejas— Lessen siempre quiso ser guerrero, pero no le correspondía.

Éramos los cuentacuentos, los preservadores de sueños, los artistas.

A veces pienso que de haber nacido en otra familia podría haberse contado entre uno de estos durísimos cabrones y me pregunto ahora qué pensaría de todo esto.

—¿Murió cuando…?

—Sí, acababa de volver de un viaje y lo único que deseaba era quedarse con su familia durante una larga temporada.

—No conocí a tu hermano, pero por lo que parece los guerreros son lo más parecido a un héroe del pueblo. No pueden evitar pensar así, lo raro sería que no lo hagan, ¿no? Pues creo que tu hermano te pediría que los ayudases, pero no solo por nosotros, sino por toda la gente que no puede defenderse.

—Rona te acabó pegando la mojigatería.

—Te lo avisé, viajar con esa chica conllevaba unos riesgos.

—La vi, cuando me estaba muriendo.

El labio de Mircea tiembla y desvía la mirada, fijándola en el agua que se cuela por una reja ovalada.

—¿Y cómo fue?

—Era feliz, realmente feliz. La encontré en Los Túmulos del Dios Muerto, bailando con los espíritus de los draugr. Creo que se ha quedado allí. —Hago una pausa, estremecido por la nostalgia que me causa—. Me dijo que no le importa.

—¿El que?

—Lo nuestro. Dijo que el amor no conoce límites y lo estoy entendiendo ahora. Haría cualquier cosa por ti porque te…

Me he detenido porque ha girado la cabeza muy despacio y parece que contiene la respiración.

Lo cierto es que tengo muchas ganas de decírselo, pero es posible que no sea el momento; acabo de hablarle de su amor perdido.

Me froto las manos con el pantalón, hasta que la suya se cierra en mi dorso y me da un cariñoso apretón.

—Sé que es absurdo porque apenas nos conocemos y al mismo tiempo… Lo que quiero decir es que… Joder… —resoplo y clavo las pupilas en el techo— Te amo, Mircea.

Cojonudo, se lo he confesado al techo. Me devuelve un par de gotas que resbalan por mi frente y en eso queda todo. El silencio se prolonga tanto que miro hacia un lado y hago ademán de levantarme.

—Pues somos un par de personitas absurdas, Lazor, porque yo también te amo.

Me vuelvo y trago saliva, mi nuez hace todo el recorrido y la sigue con los ojos. Se acerca despacio a mi cara, pero la agarro de la nuca y la beso como si me fuese la vida en ello.

—¡Au!

—Mierda, te he hecho sangre.

—Creo que te lo voy a decir poco, casi me dejas sin labio.

—Bueno, pues…

—Pero no pares.

Tengo que parar, porque me echaría sobre ella y no quiero que se me salgan las tripas por las suturas. Aspiro entre dientes y me llevo una mano al abdomen, con esa euforia peligrosa que te suelta la lengua y te hace vulnerable.

—Pero no amo a la gente a la que quieren salvar y no quiero ser un héroe. Solo quiero ser libre, contigo. Mataré a Shal’karath y probablemente a G’lar, pero ahí acabará esta historia.

—Y empezará la nuestra.

Nos tumbamos juntos y apoya la cabeza en mi brazo, para quedarse mirándome a los ojos.

—Y empezará la nuestra, Mircea.