Me quedo #2
—Si se da la ocasión, lo haré, pero mi prioridad es el Dragón Negro. G’lar no mató a mi familia.
—G’lar le dio las herramientas para hacerlo.
Gruño al recordar las últimas palabras de Negramuerte, cuando confesó que fueron a por los míos por algo que descubrió mi padre, que mis hijos y mi esposa fueron el cebo para convencerme.
¿Convencerme de qué? Shal’karath es un sanguinario, pero no es tan astuto como G’lar.
Puede que mi lista de ejecuciones acabe de aumentar en uno.
—¿Qué queréis de mí?
—Queremos saber si sigues comprometido con tu… venganza.
—¿Por qué no iba a estarlo?
—Por la humana, por supuesto —contesta Rhenara—. Puede que ahora quieras esconderte con ella.
Suspiro, recordando el miedo que pasé mientras Negramuerte me empujaba por el pasillo de habitaciones.
No por mí, sino por ella. No sé cuantas veces he estado a punto de matarla, pero se está convirtiendo en una costumbre absurda.
Me paso una mano por los vendajes del torso y por un momento vuelvo a sentir sus garras envenenadas.
—Lo cierto es que solía pensar que la venganza me mantendría con vida el tiempo suficiente para perder la cobardía que me causa quitarme de en medio. Ahora siento otro tipo de cobardía, que me aleja de tales pensamientos.
—No —Éomar replica con contundencia y el eco nos lo devuelve.
—¿No?
—No te toca decidir si te vengas o no, esto no trata solo de ti. El futuro de toda nuestra gente está en juego.
—¿Y por qué no vas tu solito a por ellos, chavalín?
—Olvidas que me sobran fuerzas para partirte el cuello.
—Pues úsalas para perseguir al culto, a mi qué coño me cuentas.
—¿Así que no lo harás?
—¡¿Acaso he dicho eso?!
—¡Lo estás diciendo!
—Estoy diciendo que me apetece seguir en el mundo un poco más, no que no quiera vengarme.
—¿Así que lo dejamos para cuando mejor te venga?
—¡No hace ni dos días que le pedías a tu padre que no interviniese!
—¡Hace dos días no sabía que nos estaban buscando!
—Amor… —Rhenara le pone una mano en el hombro—. No podemos forzar a nadie a luchar por nuestro pueblo ni por nosotros, nos convertiríamos en lo que odiamos.
—Estoy harto de este palurdo, es la cosa mas egoísta e insolente que he tenido la desgracia de conocer.
—Ya la has oído. Si quieres que te ayude, vas a tener que ser más amable —le guiño un ojo—. Acepto abracitos, pero córtate con los besos.
Nos enzarzamos otra vez y llego a levantarme del catre enmohecido, en el que he dormido durante días, para crujirme los nudillos. La voz de Findar irrumpe como un trueno y la disputa se apaga con el brío de un grupo de gorriones en espantada.
—¡LA GUERRA ESTÁ AHÍ FUERA, NECIOS!
Rhenara se ha llevado un mano al vientre y fija las pupilas en el suelo.
Éomar respira con fuerza y me sigue mirando, pero no tiene intención de continuar.
Pestañeo, porque un solo bramido de ese drazir me ha puesto el vello de punta.
Será un anciano, pero estoy seguro de que me arrancaría una pierna sin siquiera esforzarse; he comprobado a través de su hijo de lo que es capaz. Me mira y relaja el labio fruncido.
—No estamos buscando héroes, sino a quien extraña cómo solían ser las cosas.
—Las cosas no volverán a ser, Findar, esa es la cuestión.
Contrario a la opinión de tu hijo, sigo queriendo vengarme, e iré en su busca, pero primero debo asegurarme de que no están buscando a Mircea, de que estará a salvo si no lo logro.
No sé quién más sabe que Negramuerte nos encontró, Los Cuarenta podrían estar cerca.
—¿Tu facción?
—Sí, nos lideraba Shal’karath en persona.
—¿Cuántas otras hay?
—Que yo sepa, siete.
—Siete facciones de cuarenta guerreros…
—La mía tiene cuarenta, ignoro el número de las otras.
—¿Y nos hablarás de su funcionamiento y estructura?
—Con gusto, pero no entiendo por qué lo queréis saber.
—Porque todavía quedan guerreros que creen en la salvación del Antiguo Reino, no somos los únicos. Se han escondido también, pero si nos organizamos para cazarlas por separado y a la vez…
—¿Cuántos guerreros quedan?
—Treinta, de los que sepamos.
Suelto un risotada y sacudo la cabeza.
—Ya con cien sería difícil, imagina con treinta.
—Subestimas nuestras habilidades, rh’zir.
—No tenéis nada que hacer contra la nigromancia de G’lar, eso estoy diciendo. Tengo una posibilidad porque soy como ellos, ¿pero vosotros? ¿Cómo pensáis regeneraros cuando os abran en canal?
—Con eso. —Findar señala el lugar donde reposa el frasco con la sangre de Negramuerte—. Si funcionó contigo, funcionará con otro.
—Funcionó conmigo porque ya tengo su esencia en el cuerpo, pasé por un ritual para asimilarla. Os estaríais suicidando.
—¿Y qué hay de otros que son como tú? Reeze dijo que el hecho de que te hayas rebelado…
—No sé de nadie más que lo haya hecho.
—Pero lo harán, bastará con que te vean.
—No estamos en la gesta de un bardo, me estoy empezando a cansar de estas paparruchadas. —Me paso una mano por la nuca y exhalo—. Os ayudaré, pero necesito tiempo para hacer las cosas bien.
Éomar se contiene y Findar suspira, haciendo un gesto a sus hijos para que lo sigan.
Me fijo por primera vez en que Mircea nos observa desde la boca de un conducto, sin atreverse a intervenir o siquiera moverse.
Se aparta cuando pasan por su lado y luego se acerca a mí, jugueteando con un hilo de su capa.
—¿Has estado oyendo lo que decíamos?
—Sí.
Apoyo los labios en su frente cuando se sienta a mi lado, recostada en mi brazo.
—No quiero ser el motivo por el que des la espalda a tu gente — musita.
—Eres el mejor motivo por el que dar la espalda al mundo entero. De todos modos no me quieren en él.
—No es verdad.
Me separo un poco y veo que se le han saltado las lágrimas. Se las enjugo con los pulgares.
—¿Y si nos proponemos ganar, Lazor? ¿Y si… ganamos?
—Ya viste lo que me hizo Negramuerte, imagina ahora a Shal’karath.