Me quedo
ME QUEDO
Un grito se abre camino en la oscuridad del túnel, se deshilacha y recupera su fuerza al cabo de cuatro latidos.
Las ratas huyen sobresaltadas, sus cuerpecitos apelotonándose en el agua encharcada.
Trepa por cada hueco y cada grieta, se ciñe con dientes invisibles a las gotas que vibran en las paredes enlodadas. Puede que sea el mío.
La manita de Rona se cierra en la largura de mi dedo nervudo y entramos en la cámara ovalada.
Ni siquiera se giran. ¿Por qué iban a hacerlo?
Estamos muertos. Se acerca a Mircea y la abraza por detrás, luego susurra algo.
La Caminante se queda rígida un instante, antes de acercarse al joven de escamas candentes que discute con su padre.
Avanzo hasta la escabechina que queda de lo que un día fui, estoy tan embadurnado en sangre que apenas alcanzo a distinguir nada más.
Cortes muy feos en el estómago, juraría que me asoman las tripas.
Más en el cuello. Casi agradezco que no me hayan girado, porque no quiero saber qué ha sido de mi espalda.
Rona se coloca a mi lado y pregunta por el otro, que yace en el suelo con la punta de un azadón saliéndole de un ojo.
Mircea empleó una fuerza nada desdeñable para alguien que debía estar tan asustado.
—Tal es la fuerza del amor —musita Rona, a mi espalda.
—¿No nos lo reprochas?
—¿Por qué iba a hacerlo? Nuestro vínculo nunca vino dado por tantas limitaciones. Teníamos otros amantes, porque el amor no conoce límites. ¿Va a quererme menos por quererte a ti?
Sacudo la cabeza y sonrío, pero acabo frunciendo el ceño porque me habría gustado pasear también con Rossana. Supongo que Oniros tiene el día ajetreado, suficiente ha hecho por mí al dejar que me quede un poco más. Rona se echa a reír como si pudiese adivinar lo que pienso y me da un codazo.
—Pero esto no está mal, ¿eh?
La estrecho contra mí, porque lo cierto es que me siento muy afortunado de que vaya a ser ella quien me guíe hasta El Velo. Dará conmigo el último paso, antes de que me adentre en la morada de Los Hados.
Observo a Mircea unos instantes y siento ganas de enjugarle las lágrimas que se le escapan mientras discute con Éomar y señala mi cuerpo moribundo. Lo intento de todos modos, pero ella no me siente.
—Vamos, estoy listo.
—¿Eh? —Rona me mira con la nariz arrugada en una cómica expresión de desconcierto.
—He dicho que estoy listo para ir.
—¿A dónde?
—No me tomes el pelo, santurrona.
Su carita de ardilla pestañea y estira el labio inferior. Realmente parece que no tiene ni idea de lo que digo.
—No vas a ninguna parte, se te saldrían las tripas y eso.
—Me refiero al Velo.
—No creo que lo cruces hoy.
—Pero me estoy muriendo.
—Y te están salvando. Si Mircea deja de distraerlos es posible que despiertes hoy. Luego dice que la que no calla soy yo.
—No es posible.
—Mira.
Findar avanza con un frasco lleno de un mejunje negro, tan espeso como la brea.
Lo sigo de cerca y después me giro, para reparar en la pulpa que ha estado trabajando con ayuda de un mortero.
Deslizo las pupilas hasta el agujero que tiene Negramuerte en el pecho y creo que entiendo lo que se disponen a hacer.
Es peligroso, si funciona podría despertar convertido en el monstruo que llevo tratando de contener desde que dejé el culto.
—Entiendo que hayan pensando que la esencia me curará, pero si se la sacan del corazón…
—¿A qué te refieres?
—Rojamuerte.
—Creo que está dormidito.
No soy capaz de adivinar si sabe a lo que me refiero o si me sigue tomando el pelo, pero sonrío al pensar que de todos modos no importa.
—Ya verás como empiezas a creer en algo, Gruñidos.
—No te lo he contado.
—¿El qué?
—Creo en algo.
—¿En qué?
—En ella.
Rona me sonríe y su contorno empieza a esfumarse como si estuviese hecha de arena, arrastrada por una brisa cargada de briznas plateadas. La abrazo y le doy las gracias. Sobreviva o no, esta es la última vez que nos veremos, mi alma jamás llegará al Mar Áureo.
Al alba, luz de plata,
Mar de seda, blanca malta, Empieza mi marcha, Níveas manos, ojos cerrados,
Sangre y vino, trae mi sino,
Eterno es mi camino…
El cosquilleo de sus labios me distrae de la dulce melodía que susurra en mi oreja y doy un respingo cuando la luz más potente se cuela por la rendija del ojo que empiezo a abrir.
Se agita a mi lado y me muestra su rostro congestionado y ojeroso, cuando la luz se torna mortecina.
Abro la boca para hablar y posa un dedo en mis labios.
—No hables si te duele.
Consigo mover la mano, pero la siento como si estuviese levantando diez ladrillos con el dorso.
No voy a intentarlo con la cabeza porque sé que no podré.
Mi mano se desploma y ella suspira, viendo que trato de repetirlo con la otra.
La miro de reojo, porque no puedo mover el cuello, y se pasa un dedo por la nariz, que vuelve a moquearle; hay tanta humedad en el aire que no me extraña. Debemos estar en las cloacas.
—Le diré a Findar que has despertado.
—¿Cómo…? —alcanzo a decir antes de que un ataque de tos me triture las costillas.
—¿Cómo te han traído de entre los muertos?
Pestañeo, porque es la única forma en la que me puedo comunicar. He tratado de mover el cuello para asentir y el dolor me ha despertado un zumbido en la nuca.
—Findar le arrancó el corazón a Garaad, dijo que la esencia del nigromante te salvaría.
No veas la que tuvimos que liar para traeros hasta aquí, porque el hampa sigue dando por saco y ahora se les ha unido la Inquisición.
Después de la matanza, los segundos no se lo piensan si atrapan a uno de los vuestros por la calle.
«¿Matanza?», dicen mis ojos.
—Todos los que estaban en la posada la noche en que… —Se detiene y suspira— Garaad los mató y esperó a que despertásemos. Sádico hijo de puta.
Acaricia las escamas de mi pómulo y mis labios, sirviéndose de un leve roce con las yemas; lo hace con tanta delicadeza que parece que piense que me voy a esfumar.
Aprieto los dientes al forzarme a mover la mano, porque necesito tocarla; la coge y la pone contra su mejilla.
La observo unos instantes y solo consigo decir:
—Me quedo.
Me besa en respuesta y le devuelvo un ronroneo hambriento.
Bendito seas, Oniros. Te lo pensaste mejor antes de enviarme con ellos porque en el fondo no te caigo tan mal. Sí, debe ser eso o que ni siquiera me quieren en el Abismo. Me inclino por lo primero, porque no tendré tanta suerte.
Mira hacia los lados y se levanta para coger algo que centellea.
El olor de su sangre impregna mis fosas nasales y suelto otro ronroneo cuando gotea hasta mi boca.
Ciñe la herida a mis dientes y suelta un pequeño gemido cuando los hundo en ella.
Sí, es justo lo que necesito. Para quedarme, para ser lo que necesita.
—Tengo sangre de hechiceros, Lazor. Sé que no te lo crees, pero mi padre me dijo que estaba destinada a grandes aventuras y que tú serías la más emocionante de todas. Nunca dijo tu nombre, pero supo que nos encontraríamos.
Éomar se inclina sobre mí mientras Findar comenta algo a su espalda, quizá estén decidiendo si echar mi cuerpo al río o esperar un poco más.
Su pelo me hace cosquillas en la cara y mascullo que se aparte, que me está haciendo cosquillas.
Suelta un bufido, pero sonríe de esa forma tan cínica que hace que me entren ganas de darle un cabezazo.
—Y será cierto que los siervos de Los Oscuros son indestructibles. Ese tal G’lar es un prodigio.
—Ya le besan mucho el culo, pero supongo que hay hueco para uno más.
—Gilipollas.
Me apoyo en las manos y tenso los músculos de una manera muy dolorosa, porque me cuesta una barbaridad doblarme hacia delante. Éomar retrocede cuando Findar se acerca, mirándome bajo las marcadas arrugas de sus párpados.
—Bienvenido, Rojamuerte. Ya pensábamos que dormirías hasta el Final de los Tiempos.
—Yo también llegué a pensarlo, pero parece que me vais a tener que aguantar un poco más.
—Estuviste muerto. Hubo unos instantes en los que te abandonó el pulso.
—Lo sé.
Comparten una mirada confusa y río para mis adentros, pensando en la tierna visita de Rona. Éomar carraspea para que lo mire y se echa el cabello tras la oreja.
—Los cronistas…
—Uno de ellos era espía del culto, el amigo de Reeze, y parece que os estaban buscando. Que yo apareciese por aquí solo les puso las cosas más interesantes.
—¿Quién era?
—Negramuerte.
Silencio. No es para menos.
—¿Cómo es que no lo reconociste? —reprocha Éomar.
—¿Lo reconociste tú, figura?
—No, pero…
—No tengo ni idea de cómo lo hizo, lo único que se me ocurre es que G’lar le arrancase las escamas y le pusiese otras, pero ni siquiera tenía la misma cara. Me di cuenta de la jugada por sus ojos y por su pelo, cuando ya era tarde.
«Y porque mi bestia reaccionó a la suya», me contengo en añadir.
—Vendrán más —asiente Findar.
—Por supuesto, puede que con un poco de suerte Shal’karath quiera agradecérmelo en persona. Me he cargado a su favorito, su joya de la corona.
—Creo que te estás colgando un mérito ajeno. —Una voz se acerca por mi izquierda y veo que se trata de Rhenara, la drazir de la cabeza rapada—. Fue la humana la que liquidó a un Señor de la Sombra.
—¿Ahora se hacen llamar así?
—Las cosas están cambiando mucho por el Antiguo Reino. Ahora que Negramuerte no está, quedan otros tres. Se han instaurado como soberanos y piensan invadir todo T’har Kul.
—Deja que adivine… Shal’karath, G’lar y Zaros Mor’fn.
—El mundo entero está en guerra. Los humanos con la suya y nosotros con la nuestra.
—Pues a ver si se matan entre sí y nos dejan al margen.
—No lo entiendes, Lazor. Fuerzas tan oscuras como las del culto se agrupan en el Nuevo Continente —añade Findar—. Es el auge de la nigromancia.
—Siento mucho haberte privado del gusto de liquidar a Negramuerte, pero no te da derecho a hacerme partícipe de tu cruzada. Voy a por Shal’karath y ahí acabará todo, no me voy a patear medio mundo en busca de más nigromantes.
—¿Y qué pasa con G’lar? ¿De ese no te quieres vengar?