Rojamuerte Ojos sin pupila #2
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Ojos sin pupila #2

Lo suelto e intercepto sus garras antes de que me las vuelva a clavar, para devolverle el rodillazo en la cara, agarrarlo por la nuca y estrellarle la cabeza contra la pared, que suelta una neblina de yeso.

Entro en el dormitorio y fijo las pupilas en una ventana abierta, antes de sentir que se me echa encima.

Hundo los codos en su estómago. Es como golpear granito.

El hacha intercepta parte del recorrido de su garra, pero me raja la espalda en diagonal.

No puedo evitar sonreír cuando caigo contra el suelo, porque sé que ella al menos ha escapado, que los Caminantes no pueden ser vistos cuando no quieren, que estará bien, siempre y cuando deje de tener algo que ver conmigo.

Ya me tienen, la dejarán en paz.

Siento su ponzoña otra vez, cuando me rodea el cuello con las garras y se me sienta encima. Aquí viene, La Muerte Definitiva. Un crujido seco y todo habrá acabado. Un tirón y tendrá mi cabeza, el trofeo con el que sueña Shal’karath.

Fui un estúpido al confiar en que podría con él una vez nos encontrásemos, porque la esperanza mata más rápido que el acero.

Pero no me arrepiento por haberla puesto en algo más que en la venganza, aunque solo haya podido sentirlo por una noche.

Estoy listo, Abismo, recibe a tu hijo pródigo.

No quiero morir, pero lo haré recordando todo lo que sentí en sus brazos.

Se sacude sobre mí con un gruñido que se transforma en un chillido.

Afloja la presión, se balancea un poco y sus botas caen con contundencia a mis costados, como si se hubiese puesto en pie de un salto.

No entiendo por qué ha parado, pero aprovecho para coger una larga bocanada de aire.

Sus pisadas lentas y descompasadas se dirigen a un punto detrás de mí, me recuerda al borracho que se tambalea por un callejón cuando la taberna cierra.

Doy otra bocanada y me alzo sobre las manos, me sorprende no estar rociando el suelo con tripas.

Consigo darme la vuelta y lo veo de espaldas, dominando a Mircea con su estatura, que tiembla y extiende una daga.

Casi la tiene acorralada en un rincón, pero hay algo que no me encaja…

¿Por qué se está tomando tanto tiempo? ¿Por qué se mueve así?

Lanza un brazo contra ella y lo esquiva un par de veces, pero a la tercera la agarra del pelo y veo que los músculos del cuello se le estiran y contraen, porque está a punto de arrancarle la cabeza.

Doy un paso, luego otros dos. Me arden las tripas, me sangran los ojos…

Pero ni el mayor asesino del culto impedirá que dé uno más.

La esperanza, esa mala compañera que me ha traicionado más veces de las que puedo contar, me tiende la mano.

No hay tiempo para usar el hacha, ni siquiera sé si todavía la llevo encima.

Me lanzo a su espalda y me golpeo con algo antes de clavar los colmillos en su cuello.

Lo que sea que haya sido casi me salta una escama del pómulo.

Se revuelve y me clava la garra en el cráneo, intenta sacarme los sesos a pulso.

Bebo con más avidez, hasta que la quemazón se convierte en un puño de acero que me golpea el esternón.

Se desploma bajo mi peso y Mircea cae al suelo también, con la mano de Negramuerte cerrada en el pelo.

Jadeo y gruño sobre él, ya apenas me puedo mover. La ponzoña trabaja rápido y la esencia que me he tragado no sirve para combatirla. Pero rujo, gimo, resoplo y me obligo a levantarme con lo último que me queda, porque me niego a morir pegado al cuerpo del asesino de mi padre y de toda mi familia.

Entonces lo veo, una suerte de azadón que le atraviesa la nuca y le sale por un ojo.

No tengo fuerzas para reír y aun así lo consigo, pensando que no hay nada más arrogante que un guerrero.

Mi astuta compañera, que se ha replegado a otro rincón, nos ha engañado a los dos con la ventana abierta y la subestimaste tanto que ni siquiera vigilaste tu espalda.

El orgullo de Shal’karath, asesinado por una humana.

Hablaste de castigos poéticos, dime qué te parece este.

Me balanceo y los tablones gimen cuando me desplomo.

Mircea viene a mi encuentro y me pregunto si he soñado todo esto, dejando una estela carmesí en su mejilla, al acariciarla.

Me pregunta qué puede hacer, me pregunta si me voy a morir.

Apenas la entiendo con tanto sollozo. Puede que sea el sueño final de Oniros, con el que me obsequia antes de mandarme con Los Hados.

Mircea ha escapado, Mircea ya está lejos, buscando uno de los miles de escondites que conoce y entonando una oración por mí, para esa diosa en la que no cree.

Negramuerte me ha matado y la Caminante no está aquí, besándome y rogando que me quede con ella.

Sería un final digno de un héroe, no el de un asesino.

Trato de corresponderla, pidiéndole a Oniros que me deje quedarme un poco más. Solo un poco más.

—¡Buscaré a Éomar! ¡Aguanta!

Pero el Dios de los Sueños es inclemente, pues ostenta el Reino de Terror en el que nos adentramos cada noche.

Me ciñe su garra humeante y atravieso El Velo, donde me reciben las luciérnagas del Dios Muerto.

Rona baila con ellas y su falda parece flotar en el aire, convertida en una estela que brilla con luz propia.

Corre hasta mí con los brazos extendidos, dejando los túmulos a su espalda.

Giramos juntos en una constelación azulina, entierro la cara en su pelo y susurro que la he echado de menos.

—Llevo bailando una eternidad, Gruñidos, ¿por qué has tardado tanto?