Rojamuerte Ojos sin pupila
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Ojos sin pupila

OJOS SIN PUPILA

Los golpes en la puerta atrancada nos despiertan y alcanzo a levantar la cabeza cuando me parece oír la voz de Garaad. Mircea se mueve a mi lado y me rodea el cuello con los brazos. La beso tres o cuatro veces y se echa a reír cuando empiezo a lamerla.

—¡Lazor!

—¡Ya voy! —bramo.

Doy un par de pasos antes de darme cuenta de que sigo desnudo. Su insistencia me irrita tanto que quiero acabar con ello cuanto antes, por lo que tiro del pomo y me quedo con él en la mano. Me apoyo en la puerta y le dedico una sonrisa incitante a Mircea, que oculta su risa con la mano.

—Verás, cronista, es que no podemos salir. Vas a tener que esperar un poco más.

—Reeze ha muerto.

Pestañeo, porque no creo que lo haya oído bien. Garaad vuelve a golpear, el tono de su voz se agita.

—¡Que salgas, joder!

Le hago un gesto a Mircea para que se vista y lo hace a toda prisa, mientras trato de desatrancar la puerta.

—¡Retrocede!

—¿Qué?

—¡Voy a echarla abajo, retrocede!

La pateo hasta convertirla en una tormenta de astillas y me hago a un lado cuando Garaad entra. Reparo en que el enojo le ha oscurecido las escamas.

—Vístete.

—¿Qué ha pasado?

—Tenemos que irnos. —Mira a Mircea, que se está poniendo las botas—. Perdona mi descortesía, querida, pero las explicaciones vendrán luego.

Me pongo los pantalones y voy hasta la palangana con agua que hay a un lado, para quitarme los restos de sangre de la boca y del pecho. Mircea me imita y después me entrega una camisa que le ha ofrecido Garaad.

—Con el abrigo no basta para cubrirse, te la juegas mucho.

—La que tenía se hizo jirones.

Me tiende mi abrigo, que todavía gotea por la lluvia de ayer.

—Soy cronista, no un tendedero.

—Ya. —Me lo pongo, ciño las correas y me subo las solapas. Lo miro mientras me calzo—. ¿A dónde vamos?

—Tenemos que avisar a Findar y a su familia, no sabemos cuánto les ha podido contar Reeze.

Lo seguimos por el pasillo, cargando con los petates.

Mi abrigo emite sonidos desagradables por culpa de la maldita tela empapada.

Está nervioso, las ondas oscuras que caen por su espalda se agitan con cada zancada y las escamas me dicen que algo no va bien, aparte de lo obvio.

La quietud del burdel es del todo inusual, ni siquiera oigo ruidos abajo, en la taberna. Me detengo y suelta un suspiro ronco.

—No hay tiempo.

Extiendo un brazo para que Mircea no avance.

—No nos moveremos hasta que me cuentes lo que ha pasado.

—Se lo han encontrado muerto en un callejón no muy lejos de aquí, le faltaban los ojos.

—Puede que lo hayan hecho los humanos.

—Es la marca de excelencia de los rh’zir y lo sabes. Han estado aquí todo este tiempo, vigilándonos.

—Es una suposición muy concreta para que te lo hayas imaginado, teniendo en cuenta que los humanos nos odian y estamos en su ciudad.

Gira sobre los talones despacio, lanzándome una penetrante mirada. Algo reacciona tras mi caja torácica, lo siento como un pálpito que borbotea hasta alojarse en la boca del estómago.

—¿Así que ahora sospechas de mí, de la persona que te puso en contacto con Findar?

—Fue idea de Reeze, no tuya. Los ojos te echaron chispas cuando desveló su localización, como si no la conocieses de antes. Lo pasé por alto entonces, pero esto cambia las cosas. ¿Por qué acompañaste a Mircea cuando sabías que no me encontrarías en el puente, que volvería por otro camino?

—Esto es lo que quiere el enemigo, que nos enfrentemos. Hay que avisar a Éomar antes de que sea tarde.

—Llevo demasiado tiempo entre mentirosos y reconozco a uno al que se le dan bien las palabras.

—Bueno, pues entonces iré por mi cuenta, ahora que sé dónde encontrarlo.

—No, no sabes.

—¿Cómo dices?

—El río estaba demasiado crecido ayer, por lo que no has visto la entrada.

—Sé buscar una inscripción en Lengua Arcana, rh’zir, es posible que incluso pueda leerla. —Se ajusta las solapas del abrigo—. Tu ayuda me vendría bien, no lo negaré, pero me importa más llegar hasta Findar antes de que lo hagan ellos. Son la última esperanza del Antiguo Reino.

—Y el culto no puede permitirse eso. —Doy un paso y se me erizan las escamas.

—¿Ahora te las das de héroe, Rojamuerte? —Ladea la cabeza y mira a Mircea—. ¿Echas un polvo y se te pasa todo, eres así de simple?

—Hay algunas cosas que me importan, fíjate por dónde. Se me habían olvidado y os convenía que fuese así, porque si algo soy es obstinado.

Echo la barbilla hacia atrás, reparando en algo que también se me pasó por alto.

Garaad parece notarlo, porque esboza una sonrisa amarga y da con la punta de la bota en el suelo.

La melena le cae por un hombro y atrapa la poca luz que se cuela por el pasillo.

Claro que lo he visto antes, mientras me ceñía las cadenas.

Me dedicó entonces esa misma mirada, tan verde que en ocasiones parece amarilla.

No sé cómo coño lo ha hecho, pero estoy mirando a los ojos de Negramuerte y trago saliva, deseando haberme equivocado.

—¿Y ahora qué, Lazor? —pregunta con un deje burlón— ¿Qué hacemos contigo?

—¿Cómo lo has hecho?

—Si quieres, puedes preguntárselo a G’lar. Te está esperando.

—¿Dónde están los otros?

—¿Qué otros? Conmigo basta. Podría llevarte a rastras hasta ellos agarrándote de una oreja.

—Reeze dijo que Zaros Mor’fn…

—Reeze dijo lo que le conté.

—Mircea, entra en la habitación y no salgas —hablo sin mirarla, crispando las manos.

—Tampoco tiene puerta, así que… —Negramuerte esboza un mohín— ¿Cómo de estúpidos crees que somos? ¿Pensabas que íbamos a dejar que nos abandonases, sin más? ¿Que no íbamos a seguirte? Pero cuando te vi con ella… El destino tiene formas curiosas de enredarnos, porque resulta que ya la conocía.

Tengo el hacha en el cincho, pero no sé si tendré tiempo para quitarme el abrigo y cogerla. Sacude la cabeza al ver mi ademán, como un padre con su retoño.

—Me echasteis del culto.

—Te condenamos a morir a manos de los humanos a los que tanto empezabas a defender, un castigo poético.

—Se mira las garras que comienzan a crecer, señal de que está invocando a la bestia—.

Y ni siquiera aprendiste de ello, ahora te revuelcas con esto.

—Suelta una risita cínica, señalándola—.

Te tomaba por un tipo astuto, que evitaría las grandes ciudades.

Somos legión, sabes que estamos en todas partes.

—Os estaba buscando.

—Pues aquí me tienes, Rojamuerte.

—Salgamos, tú y yo a solas —lo reto.

—Sabes que me gusta jugar con la comida.

—Mircea, corre. Ahora.

Avanza, y no puedo predecir lo que hará, porque estoy pendiente de que ella pueda escapar.

A duras penas lo bloqueo con un brazo y me lanza un rodillazo a la cara, que impacta como la maza de un bárbaro.

Me impulso hacia delante para tratar de derribarlo y lo rodeo con los brazos al ver que no lo voy a conseguir.

La sangre me cae a borbotones por la boca y el mentón, pero me he ceñido a él como una trampa para osos.

Clava las garras en mi estómago con un sonido blando y sibilante, pero sigo sin moverme.

No me he alimentado en condiciones desde ayer y no sé si podré sobrevivir a estas heridas; seguro que se ha untado con veneno, pero tengo que conseguir empujarlo hasta el otro lado del pasillo para que Mircea tenga una oportunidad.

Rujo en su cara y sus colmillos chocan con los míos.

—¿Sabes que le voy a hacer, Lazor? Lo mismo que le hicimos a tu mujer.

Arrastro los pies por la madera encerada y profiero gruñidos ahogados, porque ha hundido más las garras y empieza a avanzar.

Las retuerce también, manteniendo la cara a un palmo de la mía y unos ojos que cientos antes que yo han visto antes de morir.

Se oscurecen tanto que pasan del verde al añil y finalmente al negro.

Volvemos a chocar colmillos y los suyos resbalan hasta mi hombro, para clavármelos.

Grito al sentir su odio, su insidia, todo lo que lo ha convertido en Negramuerte.

Tan parecido a lo que yo era, tan familiar y aterrador.

El mentón le chorrea cuando se separa un poco, doblegándome con unos ojos sin pupila.

—¿Y sabes lo que le hicimos a tu padre por meterse en nuestros asuntos? ¿Lo recuerdas o se lo ha llevado también G’lar?

Abro los ojos de par en par y asiente, con el esfuerzo retorciéndole la boca. Gruño y trato de darle un cabezazo, pero vuelve a hundir las garras. El dolor es tan intenso que siento que me está abriendo en canal. La sangre empapa el suelo, estoy resbalando a más velocidad.

—G’lar fue muy persuasivo, no le costó nada convencerte.

Nos estamos acercando a la habitación. Apoyo la frente en su hombro y suelto un rugido desesperado, mientras trato de clavar los talones y me tambaleo. Resoplo. Mis músculos son cuerdas a punto de romperse.

—¿Y cómo se convence a un hombre que lo tiene todo? Quitándoselo.

Me están fallando las fuerzas, pronto no podré seguir haciendo presión y separará los brazos del cuerpo. La sangre maldita solo funciona con los malditos, veremos si sigo siendo un siervo del Abismo o si por el contrario me pudro por dentro. Tengo la vena de su cuello a un palmo de la cara.

Solo tengo que perforarle las escamas.

—Déjate llevar, Lazor, como lo has hecho todos estos años. Demasiado cobarde para vivir, demasiado cobarde para morir. ¿Necesitas que te digan lo que hacer? Déjate llevar.

Lo muerdo, llenándome de la esencia de G’lar. Gime y ruge al sentir más presión que hace un instante, por lo que sigo succionando, saboreando cada pútrida nota. Me corroe, me quema, me deshace por dentro y me otorga la energía que tan desesperadamente necesito.

El velo rojo ha caído, pero no será suficiente.

Tendría que comerme su corazón para despertar al monstruo, para combatirlo en igualdad de condiciones, pero ni siquiera sé si lograré apartarlo de mí.

Sofoca el crujido de sus huesos con un rugido mayor que el anterior, me muerde como puede para que lo suelte.

Tres latidos. Dos para empujarlo, uno para meterme en el dormitorio y comprobar si Mircea ha escapado.