Cerveza negra #4
Suelto un gruñido entre dientes, más potente que el clamor del Manantial de los Hados, que las voces de los espíritus, que los lamentos del Dios Muerto.
Mis escamas se expanden en su interior y da un respingo cuando me vacío, con el cabello pegado a la cara y el rostro contraído en un ronroneo largo.
La segunda oleada me golpea con menos fuerza, pero ahoga un grito contra mi hombro al sentir otro aguijonazo.
Queda la tercera, que recibe con sutiles temblores.
No me puedo mover hasta que me relaje, sino le haré más daño. Ha cerrado la mano en mi espalda y me clava las uñas.
—¿Estás bien?
—Me escuece.
—Espera, no te muevas.
Recuesto la cabeza cerca de su cara ensangrentada y sus ojos me escrutan.
Me relamo para atrapar los últimos coletazos de su esencia y me pregunto qué ha visto al beber de mí, si de hecho funciona del mismo modo con los humanos.
No se lo preguntaré, hay cosas que es mejor no saber.
La beso y cierro los ojos, sintiéndome algo adormilado.
Mis muros se han derrumbado, para bien o para mal.
Me quedo con ella, está decidido, aunque vaya a arder conmigo.
—¿Puedo moverme ya?
Me apoyo en las manos y miro hacia abajo, saliendo de ella con cuidado. Su sangre tiñe mi miembro y aspira entre los dientes cuando me retiro del todo.
—Perdóname.
Arrastro los labios por su cuerpo húmedo y recorro sus pétalos sanguinos con la lengua, provocando que se tense. Sigo aliviándola con besos, notando que cierra una mano en mi nuca y vuelve a estremecerse. Meto la lengua en ella, se mueve contra mi boca con el brío del viento.
Pero me detengo, porque algo no va bien.
Creo que se está mareando, los párpados le pesan un poco. Su sangre escapa en hilachas de entre mis colmillos, cuando me apoyo y la observo.
—¿Mircea?
—¿Hmm?
Pestañeo y sacudo la cabeza, el velo rojo se esfuma y la encuentro llena de mordiscos.
—¿Estás bien?
—Los besos de los drazir son profundos —musita, risueña.
—¿Y si se me va la mano un día?
—Si no quisiese un dragón, no estaría con uno.
Pasa la palma por su vientre y frota dos dedos entre sí.
Reprimo una sonrisita y rehúyo sus ojos, cuando cae en la cuenta de que Garaad decía la verdad, de que no es ningún mito.
Que me haya estado sintiendo así de posesivo con ella se debe a lo que ahora resbala por sus dedos, su sangre no es capaz de ocultarlo.
Nos volvemos muy peligrosos cuando estamos en pareja y en celo.
—Cerveza negra —susurra.
—Tenía las escamas más bonitas que las mías.
—No es verdad, porque no hay nadie más hermoso que tú. Es como hacer el amor con el fuego, nunca había sentido a nadie así. —Me pasa la mano por el pelo, mirándome con ternura—. Pero dime, ¿cada cuánto tratarás de matar a otro drazir por sus escamas?
—Cada tres lunas, más o menos. El resto del tiempo, manso como un gatito.
—¿Y cuánto va a durar… esto?
—Una luna entera.
—Trata de no matar al único guerrero que puede ayudarte, Lazor.
—Lo intentaré, pero no es el único.
—¿No?
Gruño y ronroneo, acariciando su mejilla con la mía.
—Garaad.
—Eso sí que habría sido una tragedia.
—¿Por qué? —Frunzo el ceño y echo la barbilla hacia atrás.
Se echa a reír y me pone un mechón tras la oreja, viendo cómo me enciendo.
Los celos de los drazir no son un juego, pero sé que no pretendes hacerme daño.
Lo que hagan otros, no obstante… Me besa la nariz y me apacigua con caricias, las necesito porque será el siguiente a por el que iré si no me calmo.
—Porque no creo que sepa defenderse, lo habrías matado.
Enarbolo una ceja y acompaño a su risa, sintiéndome un poco estúpido.
—Es posible que sepa. No subestimes a un artista, yo lo era y bueno…
Su mirada se enfría, porque está empezando a sospechar que no bromeo.
—No mates a Garaad, por favor.
—Lo intentaré.
Juguetea con uno de mis mechones, pensativa. Pregunto qué ocurre y se encoge de hombros.
—¿Qué has visto en mi sangre?
—Tienes un pasado triste, Mircea. Casi me pongo a llorar, no bromeo.
—¿Pero qué has visto?
—No he visto, he sentido.
—¿Y no has sentido nada más?
—¿Cómo qué?
—¿No es como leer la mente del otro?
—No funciona así, es como… Hmm… Como un tapiz de emociones, aunque a veces percibimos recuerdos recientes. Parece que los vemos, pero estamos interpretando un tapiz un tanto… abstracto.
—¿Recuerdos recientes? —Frunce el ceño.
—Me he visto a mí mismo, cuando te dije que me importas. Así es como sé que… Bueno, que quieres esto.
—Esto. —Sonríe con ilusión.
—Lo que quiera que sea.
—Sí.
Se muerde el labio y vuelve a parecer inquieta, pero recupero su sonrisa con otro beso.
—Tengo un secreto, Lazor. Mi parte más autodestructiva quiere que lo descubras, pero lo cierto es que no estoy preparada para contártelo.
—¿Tan malo es? No creo que sea peor que nada de lo que he hecho.
—No lo hiciste tú, sino el monstruo al que llamas Rojamuerte.
—Un monstruo que se alimentaba de mi odio.
—Háblame de él.
—No mantenemos conversaciones, se queda en su parcelita y yo en la mía.
—En cualquier caso no es una competición, lo que he hecho te repugnaría si lo descubrieses.
—No me lo tienes que contar si no quieres, pero no hay nada que hayas hecho que me vaya a repugnar.
—Asesino de masas —imposta un tono ominoso, frunciendo mucho los labios.
—Es alarmante que te lo tomes con humor —río.
—La vida en sí ya es demasiado triste, al menos hay que intentarlo.
Apoyo la cabeza junto a la suya y nos perdemos en los ojos del otro, hasta que Oniros nos reclama.