Rojamuerte Cerveza negra #3
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Cerveza negra #3

Le muestro que puede acariciarme en ambos sentidos, así que se mueve con más confianza.

Me humedezco en sus manos y la miro mientras se da placer contra mí, echando la cabeza hacia atrás y soltando un gemido entrecortado.

Extiendo un brazo y barro su mejilla con los nudillos, reparando en sus lágrimas.

¿Por qué llora? Frunzo el ceño y me besa los dedos con ternura, diciendo que no debo asustarme, después se inclina y nos mecemos en un beso lento.

Me roza con el calor de sus pétalos, pero detengo su vaivén porque no estoy seguro de que quiera esto.

Su mirada me suplica y me pierdo en ella unos instantes, tratando de ver más allá.

El miedo me crepita en la nuca y vuelvo a preguntarle si está bien, aunque intuyo lo que está a punto de decir.

Se enjuga las lágrimas con una mano, diciendo que se ha emocionado.

—¿Por qué?

—Te va a parecer una tontería, Lazor.

—Dudo que lo sea.

—Es que me siento como si…

—Cuéntamelo.

—Siempre me has gustado y a la vez…

—Piensas en Rona.

—Sí.

—Entiendo.

—No, Lazor, por eso no quería decírtelo.

Me doblo hacia delante y bajo la cabeza, viendo cómo mi deseo se apaga. No es el momento y no lo será jamás. Mircea se apoya en mis hombros, buscando unos ojos que la esquivan como si se tratase de un Oscuro.

—Será mejor que… —se me rompe la voz— Será mejor que paremos.

—Quiero esto, Lazor.

—No sabes lo que quieres y estoy demasiado enganchado a ti como para que no me haga daño.

Toma mi barbilla para que la mire, pero clavo las pupilas en su cuello. No puedo mirarte, si lo hago no habrá vuelta atrás.

—¿Qué te prometí? Dímelo.

—Que no me harás daño.

—¿Y crees que no puedes confiar en mí?

—Las promesas son solo palabras.

—Ha habido mucho más que palabras. Mírame.

Obedezco y se da cuenta de por qué no lo hacía; se me han humedecido tanto que se me escapan un par de lágrimas. Tiene razón, no hay nada más sentimental que un dragón.

Me besa y trato de apartarme, pero no lo consigo porque no quiero.

El deseo vuelve a chocar contra los muros que estaba empezando a levantar, cuando se acaricia conmigo y susurra mi nombre.

Está tan excitada que empapa mi miembro cuando ni siquiera la he penetrado.

La beso con los ojos cerrados y dejo que me guíe a su interior, susurrando:

—Espera, más despacio.

—Uf…

Suelto un jadeo entrecortado cuando mi punta entra en ella, dos veces, tres más…

—Despacio.

—¡AH!

—Más despacio, Mircea.

—Mhm…

—Podemos parar si te duele.

—No pares.

Irrumpo despacio y acompaño al movimiento de sus caderas, mientras se adapta a mí, mientras contiene grititos. Tenso los brazos como cuerdas porque estoy sosteniéndole los muslos, porque no quiero entrar del todo.

—Sigue.

—Si sigo…

—Por favor.

—El velo rojo.

—¿Qué?

—Cuando me altero me pasa algo.

—¿Va a salir el berserker?

—No, pero es difícil de explicar.

—Pues no me lo expliques con palabras.

Me zambullo entero y paro, viendo que cierra los ojos con fuerza. La beso para comprobar si está bien y mueve las caderas en círculos, acomodándose con gemidos leves. La levanto por los muslos y cuando lo repito se muerde el labio y suspira.

—¿Te duele?

—Ya no.

Empiezo a bullir, profiriendo un ronroneo fiero.

Paso de las suaves acometidas a una premura intermitente, para acabar agitándome como la marea viva.

Mi autocontención se va al carajo y el dragón que hay en mí se desata cuando meto la lengua en su boca.

Vuelvo a rasparle el labio con los colmillos y la esencia mentolada me hace soltar otro ronroneo.

Sus pechos se agitan con las embestidas que cortan sus gemidos, cuando arquea la espalda hacia atrás; los acaricio y los mordisqueo al echarme hacia delante, entierro la cara en ellos y me tengo que contener para no hundirle los dientes.

Sigo saboreando la herida de su boca, pero necesito sentirla de otro modo.

Deslizo las manos por su trasero y entro en ella más deprisa.

Pero no es suficiente.

—Quiero morderte.

—Hazlo.

Hace mucho que no he querido sentir a nadie así, ni siquiera sé si debería. No estoy preparado para conocerla de ese modo y a la vez no quiero contenerme. No con ella.

Me acerco a su hombro y paso la lengua por su herida suturada, antes de obsequiarla con mi beso sangriento. Me lleno la boca con ella y la penetro con más fuerza, soltando gruñidos estrangulados. Emito un sonido rasgado cuando las escamas de mi espina dorsal se erizan.

Las veo bailando bajo el cielo sin estrellas de Los Túmulos.

Y me veo a mí, sonriendo de esa forma que le encanta, con un mechón granate rozándome el ojo.

Me lo coloco detrás de la oreja y le confieso que me importa.

Le digo que no debería venir conmigo. Rona me besa la frente, echada sobre mí mientras me alimento de ella.

Mircea nos observa con una sonrisa y quiere que yo sea parte de lo que tienen.

Confía en mí, a pesar de que le dije que no podía.

La melancolía me golpea cuando me adentro más en ella, aunque no apaga mis ganas.

Camino con reverencia por sus recuerdos, he salido del dormitorio en el que hacemos el amor y nuestros jadeos se pierden en la distancia.

Hay mucha tristeza en su pasado, es sobrecogedora.

Recorro el templo de sus emociones, me detengo en una desesperada sensación de anhelo y en todo lo que ha perdido y me quedo un rato más, hasta que se me hace demasiado abrumador.

Deslizo los labios por tu cuello y tu vena me palpita en la lengua, tentadora y vulnerable.

Acabo de ver más de tus emociones de lo que ha visto nadie y sé que una parte de ti quiere morirse casi tanto como yo.

Te espera una vida de remordimiento y podría ofrecerte la salida que nadie más te ofrecerá, mientras te entregas a este último momento de gozo.

Pero no quiero que me dejes y no quiero dejarte, quiero pensar que te quedarás conmigo.

Es posible que esto que tenemos, lo que quiera que sea, nos empuje a desear algo más que la salida fácil.

Me detengo y arrastro hasta tus pechos para clavar los colmillos cerca de tu pezón, para seguir llenándome con tu dolor y con lo que sientes por mí.

No me odias, no sabes si me amas… Pero me necesitas.

Y quiero ser lo que necesitas.

La alzo por las caderas y coloco su tobillo en mi hombro, me muevo con el fragor de Astharoth al tiempo que echo la cabeza hacia atrás y dedico mi rugido a los dioses que nos olvidaron.

—Dame tu sangre.

Dudo y tras unos instantes sacudo la cabeza.

G’lar ya no tiene poder sobre mí, pero estoy seguro de que no le hará ningún bien; llevo dos meses limpio y aun así debo saber a brea y a alcohol de quemar.

Formula una súplica entre jadeos, sacudida por mis firmes embestidas, y sonríe al ver que me llevo la muñeca a la boca.

Mi sangre decora sus labios y noto cómo me acaricia con la lengua, cómo me siente como la estoy sintiendo.

El sudor incide en mis tatuajes, refulgen como las brasas mientras lato y muero con ella.

Me dejo arrastrar por sus olas, rompo en sus acantilados.

Me apoyo en el antebrazo mientras bebe, nuestros ojos se encuentran un instante antes de que los cierre.

Vuelvo a morderme cuando susurra que quiere más y se aferra a mí con ímpetu, tanto que la sangre se le escapa por las comisuras en brillantes regueros.

Las paredes de su anhelo se contraen y yo con ellas.

Ahora que sé que ha llegado al éxtasis viene lo más complicado, como es controlarme cuando cada ápice de mí suplica que la siga embistiendo.

El velo rojo ha caído hace un rato, de milagro no la he partido en dos y la proeza que me propongo me saca un rugido.

Trato de quitarme a tiempo, pero me rodea con las piernas y sus caderas se alzan conmigo.

—Mircea…

—Lazor…