Rojamuerte Cerveza negra #2
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Cerveza negra #2

—Vamos a calmarnos un poco. —Garaad pasa una pierna por encima del banco y luego la otra, con las manos alzadas—. Lazor, estás hablando con…

—Estoy hablando con un crío que se las da de jefe guerrero cuando me juego el cuello a que todavía no ha podido demostrar nada.

Frunce el ceño y amenaza cuanto quieras, he cagado cosas que dan más miedo que tú.

Si he de respetar a alguien, será a tu padre, que ha dicho que me ayudará a cazar a Zaros.

—Joder, qué a gusto me voy a quedar. —Se empieza a desabrochar las correas del abrigo, como si no estuviese en un burdel clandestino y en mitad de una ciudad que nos odia.

Tiro de Mircea para que se levante y la empujo con cierta brusquedad, porque me están palpitando las sienes y el velo rojo empieza a caer.

—Es posible. Cuando termine de darte una paliza podemos darnos unos besitos.

—Lazor… —susurra Mircea.

—Por aquí, querida. —Garaad la pesca cuando trata de acercarse—. Parece que es temporada de celo y no queremos tener nada que ver.

La garra de Éomar se lanza hacia mi tráquea y la esquivo, pero agarra la mesa con una mano y me la lanza, provocando que el interior de la taberna empiece a cacarear en todas direcciones.

Desvío su trayectoria y va a parar a la barra.

Suerte que el posadero se ha podido agachar a tiempo.

Me impulso y lanzo las garras que no tengo hacia su pecho, pero me doy cuenta demasiado tarde.

El crío me atrapa un brazo y trata de partirlo, pero le doy un par de cabezazos y luego una patada al pecho.

Me suelta y se tambalea hacia atrás. Me quito las botas, hago chocar las garras de los pies y vuelvo a patearlo con un rugido, hiriéndolo en el cuello.

Me devuelve el rugido y esquiva otro ataque, asestándome un tajo y girando sobre sí para hacer una finta que me hace caer de espaldas.

Ya me has cabreado.

Ruedo para esquivar sus garras y me pongo en pie de un salto; luego me subo a una mesa, para atacarlo desde arriba. Me arponea los costados cuando lo rodeo con las piernas y descargo los colmillos en su cuello y en su oreja. Pega un grito voraz y me devuelve el mordisco.

Creo que me ha arrancado media oreja y que una de sus garras me ha saltado una de las escamas de la cara. Me deslizo hacia abajo, giro y lanzo una patada a su costado y luego al otro, haciendo que choque contra una columna de madera que amenaza con venirse abajo, soltando un polvillo marrón.

Nos miramos un momento, chorreando sangre por la boca.

Y de pronto lo hace.

No lo he visto llegar, ni siquiera lo he visto moverse, pero lo tengo a un palmo de distancia y me ha hundido una garra en la boca del estómago.

Me levanta y me lanza contra la barra y las botellas que hay detrás.

Caigo en un estruendo luminoso de cristales y metal y me doy un momento para recordar dónde estoy y lo que estoy haciendo.

Emerjo empapado en licores y clavo las garras en la barra cuando me subo a ella, soltando un siseo que se convierte en un rugido.

Éomar me lo devuelve y mueve una mano para que vaya a su encuentro.

Pues tú tampoco me vas a ver llegar.

Salto y me muevo sobre garras y manos, esquivando sus ataques e hiriéndolo al tiempo que me apoyo en el suelo.

Creo que lo he sorprendido, porque me mira con los ojos desorbitados cuando le abro un tajo del pecho a la cadera.

Me levanto y me detengo a su espalda, tampoco ha visto la daga que presiono contra su garganta.

—¡YA ESTÁ!

Garaad se acerca cauteloso, con una mano en alto.

Es la primera vez que veo que frunce el ceño y que esboza un gesto que no sea cínico o burlón.

Mircea se queda a su espalda, con una mueca a medio camino entre el miedo y la curiosidad; sostiene la mano que el drazir no ha alzado, por lo que me cabreo más.

Las garras de Éomar se clavan en mi antebrazo y aspiro entre dientes, haciendo más presión con la daga.

—Si no suelta él, no suelto yo. Estás a punto de quedarte sin brazo, rh’zir.

—Y tú sin cuello, criajo.

—Estáis empatados. —Garaad resopla—. Agitemos una bandera blanca frente al fuego de la malsana rivalidad. Estoy seguro de que los enemigos que tenéis en común lo merecen más.

Las garras de Éomar empiezan a aflojar, así que hago lo mismo. Lo libero de mi abrazo y se aleja, pasando por el lado de Garaad. Mira a Mircea de soslayo, que lo observa con la mandíbula distendida. La sangre decora sus escamas y las embellece, pero cuento con haberle arrancado unas cuantas.

—Informadme si hay novedades —masculla, echando mano de su abrigo.

Lo observo con un rictus furibundo mientras va hacia la puerta, y gruño cuando sale. Mircea da un paso y Garaad la detiene, diciendo:

—¿Ya está? ¿Nos hemos quedado contentos?

Asiento despacio, aunque no estoy convencido.

Tengo mal perder, es un hecho, y me da por culo que un crío que no supera los dieciocho años me haya dado tal paliza.

Por otro lado, pienso que lo voy a necesitar mucho más de lo que sospechaba.

No habrá tenido muchas oportunidades de lucirse, pero sé que no es fácil tumbarme, mucho menos con la magia de G’lar fluyendo por mis venas.

Me ha dado una lección que no voy a olvidar, a pesar de toda mi arrogancia e hipocresía.

Asiento de nuevo y Garaad deja que Mircea se acerque.

—Estás sangrando mucho.

—Ya sabes que cicatrizo rápido. —Mis ojos siguen clavados en la puerta.

—Si quieres una pequeña recomendación, querida… —Garaad se dirige a Mircea, que en ese momento gira la cabeza—. Yo que tú lo ayudaba a desfogarse antes de que volvamos a tener un accidente. Como he dicho, es época de apareamiento.

¿Con quién cojones te crees que hablas, desgraciado?

Doy un paso y me intercepta Mircea, que asiente como si tuviese idea de lo que está diciendo.

Vemos cómo sortea sillas volcadas y cristales, dirigiéndose a la barra para encontrar al pobre posadero que se ha llevado el susto más grande de toda su vida.

Le oímos decir que no es la primera vez porque los drazir tienen mal carácter, pero que vamos a tener que pagar por los desperfectos.

—¿Qué opinas, te ayudo? —susurra en mi oído, pareciendo que la pelea la ha excitado, en lugar de asustarla.

—No le hagas caso, son mitos de los drazir.

—¿Pero te ayudo?

Nos miramos a los ojos.

Un latido.

Dos.

Entierro la lengua en su boca, para alzarla por los muslos. Mis pasos retumban en el suelo de la taberna, mientras la llevo hasta las escaleras y la devoro con el arrojo de las Nueve Furias.

Casi arranco la puerta de los goznes de una patada cuando por fin entramos en el dormitorio.

Suelta un resuello entrecortado cuando la arrojo en el lecho y empujo la puerta con el talón.

Emite un chirrido, pero no se cierra. Gruño y estampo la mano contra la madera, encajándola, con el consecuente problema de que luego costará abrirla.

Mircea se echa a reír y me estremezco cuando dice mi nombre.

La puta puerta puede esperar, porque no estoy pensando en salir.

Me libro de las correas del pantalón y suelto un ronroneo que se prolonga hasta que me los quito, un reflejo de la desesperación con la que necesito sentirla.

Sus ojos reptan por mi abdomen, mi vientre…

y se abren mucho cuando se detienen en lo que hay más abajo.

Ladea la cabeza y pestañea, tal vez pensando en cómo proceder.

—¿Todo bien? —Me muerdo el labio, acechándola como un león de montaña.

No estás cazando, Lazor. Quieto.

—Sí.

Nunca he tenido complejos con este tema, pero me está dedicando una mirada que no sé cómo interpretar. Se percata de mis dudas y mueve la mano para que me acerque. Ya no parece nerviosa.

—Vayamos despacio —susurro—. No tenemos por qué llegar tan lejos.

—Despacio. —Junta y separa las rodillas, dedicándome una sonrisa traviesa.

—Eso es.

Me obligo a calmarme aunque sea un poco y tiro de sus botas, de sus pantalones, por poco le arranco la casaca y no hablemos de la camisa que lleva debajo. Apoya las manos en mi pecho cuando me echo sobre ella y le doy lametones en los labios. Dioses, qué bien hueles. Dioses, qué bien sabes.

—Espera.

—¿Hmm?

—Yo encima.

Me tumbo y sus manos me recorren las piernas; abre las suyas y se sienta bajo mis caderas, con la sutileza de un gorrión.

Sí, va a ser mejor de este modo, estoy tan alterado que te aplastaría como a una nuez.

Mi corazón retumba bajo su palma cuando se inclina para besarme otra vez; me contengo y paso un dedo por su mejilla, para acariciársela.

Ya ni siquiera recuerdo la última vez que estuve con una mujer, y las sutilezas que preceden al coito me han abandonado un poco, pero no es lo único que me preocupa.

Sé que quiero esto, pero no estoy seguro de que lo quiera ella.

Y sé que va a doler, es lo que más miedo me da, porque no creo que tenga experiencia con los de mi especie y no quiero que se asuste.

Le pregunto si lo quiere al tiempo que paso el dedo por su labio inferior y asiente con la cabeza. Le cuento lo que va a ocurrir y vuelve a asentir.

Rodea mi miembro con los dedos y me dedica una mirada que dice: «¿así?

». La oigo suspirar cuando muevo las caderas involuntariamente y me estremezco.

Hace demasiado que no me desfogo, esto puede acabar antes de lo esperado.

La línea de escamas triangulares que me recorre hasta la punta se retrae y estira en el arco de sus manos; cierro los ojos al tiempo que me muerdo el labio y las escamas de mi cuello repican.

Pero vuelve a detenerse. No está segura de cómo darme placer.

—¿Te estás haciendo daño? —pregunto.

—¿Te lo estoy haciendo yo?

—No… Mira…