Cerveza negra
CERVEZA NEGRA
Me he dejado el abrigo en las escaleras del río, por lo que camino por un callejón cercano al burdel mientras trato de cubrirme como puedo.
Éomar va delante, y ni siquiera se ha molestado en ponerse la capucha; camina con tanta seguridad que parece que quiera derribar al mismísimo Astharoth, de cruzarse en su camino.
Se detiene en seco en una de las callejuelas y estira una mano para que lo imite.
Un tipo se acerca por la derecha. Otro más se le une por la izquierda.
—Vas a cerrar la puta boca, ¿estamos de acuerdo? —chista al ver que me dispongo a hablar.
Los asesinos no avanzan más, parece que reparan en algo que hace que se lo piensen. Éomar mira al de la izquierda y rompe el hielo, imperioso.
—¿Me reconoces?
—Eres Ascua Danzante.
—Dile a La Grulla que está conmigo. —Me señala.
—Eso pinta muy mal para ti, ya se ha cargado a tres de los nuestros.
—No voy a negociar contigo, despojo, así que vuelve con tu ama y dile que mi padre desea hablar con ella del asunto.
El asesino de la cicatriz en la cara gira el filo de una daga arrojadiza y comparte una mirada con su compañero, que asiente con sumo recelo. El silencio se alarga hasta que el primero chasquea los labios y me clava las pupilas.
—Te salva que lo hemos visto contigo. —Señala a Éomar con la daga—. Pero esto no ha terminado.
—Si quieres lo terminamos. —Me llevo la lengua a la comisura, esbozando una mueca socarrona—.
—Es posible que sea pronto.
—¿Qué pasa, le tienes miedo? —Señalo a Éomar con la barbilla.
—El miedo es útil según en qué circunstancias —apunta, guardando la daga.
Miro al chaval que me acompaña con las cejas muy arqueadas, que les dé más miedo que lo que pueda hacer yo me resulta chistoso. Los hombres se mezclan con las sombras en un siseo y desaparecen con el sigilo de un gato, su teatralidad me resulta aún más chistosa.
—Andando —gruñe Éomar.
El aguacero le pega el pelo a la cara cuando llegamos al burdel y la puta que me molestó hace unos días se lleva un empujón al acercarse con los codos muy juntos, entonando la frase con la que trató de seducirme.
Sus insultos se apagan cuando entramos y Éomar recorre el lugar con las pupilas, deteniéndolas en la mesa donde se sentaban los cronistas que me condujeron hasta su padre.
Arruga la nariz al comprobar que no están, pero se sienta de todos modos, ignorándome cuando pregunto si le apetece una cerveza.
Pido un par de jarras en la barra, puede que lo suavicen un poco. Necesito tenerlo de mi parte si vamos a cooperar, aunque me apetezca tanto como una cornada en las pelotas. Esquivo a un drazir y su puta cuando cruzo la sala y me dejo caer con un suspiro en el banco.
—No bebo esa mierda.
—Afloja las garras, pequeño yo, que nadie ha escupido en ella.
—¿Pequeño tú? —bufa.
—Me recuerdas un poco a mí, cuando me adoptó el culto.
Para suerte de todos, tu rabia va dirigida contra la gentuza a la que quiero liquidar, así que no me molesta.
¡Qué coño!, me molesta, pero me esfuerzo por entenderla.
—Doy un trago y aspiro entre dientes, porque la herida que me hizo al sacarme del río me está escociendo—. ¿Me clavaste veneno al agarrarme?
—Era mentira. Estuve por echármelo en las garras, eso sí.
—Pues se deberá a la porquería de las cloacas, pero me está molestando el recuerdo que me has dejado.
—Es lo mínimo que te mereces, apóstata.
—Ninguno del culto lo somos del todo, creemos en la profecía de Astharoth y en Los Oscuros.
—¿Dónde coño están los cronistas?
—Estaban aquí esta mañana, no tardarán en volver. —Bebo y me limpio la boca con el dorso de la mano—. Háblame de todos esos fardos que he visto antes, dentro del puente. Parecía un escondite para contrabando.
—Vaya, pero si parece que tienes un puto par de ojos.
—¿También guardáis los tesoros del hampa?
—Lo que hagamos no es de tu incumbencia, rh’zir.
—Tengo un nombre, capullo.
—Que no me molestaré en decir.
—Es un almacén enorme, ignoraba que se construyesen cámaras en el interior de los puentes. He visto chozas más pequeñas que esos huecos.
—Ignoras muchas cosas, de eso estoy seguro.
—Y esa runa en Lengua Arcana… ¿Era un escondite de los hechiceros, de cuando los perseguían? Va a resultar que te puedo sorprender.
—Vas a tener que esforzarte más, pero sospecho que ni en dos vidas lo conseguirías.
Cualquier gilipollas que haya prestado oídos a una conversación en la tasca de cualquier ciudad humana te podría decir eso.
Los hechiceros se escondían y vaya, has dado con un escondite.
—Me señala con el dedo, su socarronería no me irrita tanto como el hecho de que se permita gesticular como si yo fuese un chucho—.
Y cuídate de no tener la lengua muy larga.
—Solo para lo que importa. —Le guiño el ojo, aunque me gustaría añadir un cabezazo.
La puerta se abre a mi espalda y entran Mircea y Garaad.
Entorno los ojos al preguntarme qué coño hacen juntos, pero se me pasa el enojo en cuanto veo su reacción y el grito que pega, antes de lanzarse a abrazarme.
Éomar pestañea y se echa hacia atrás en el banco, observando el afecto que me dedica una humana a la que debería estar torturando y asesinando.
—Iwa bondadosa, estás vivo.
—¿Quién no cree ahora en las promesas?
Se aparta y se queda mirando a Éomar, da la sensación de que va a suspirar de gozo de un momento a otro.
Se está fijando en sus escamas, que a una luz más viva que la que ofrece el alcantarillado refulgen como una hoguera.
La inseguridad me vuelve a golpear, al ver que él hace un amago de sonrisa y asiente.
Garaad le estrecha la mano y le da un par de palmaditas en el brazo, agradeciendo que haya venido.
Intuyo dónde están puestas las esperanzas de esa revolución de la que hablaba Reeze, el chico es el futuro de un clan guerrero que probablemente pertenezca a una estirpe muy antigua.
—En cuanto vi que no volvías, vine aquí y le pedí a Garaad que me ayudase a encontrarte.
—¿Se metió en el río para buscarme?
—Lo cierto es que no, le dije que Reeze me contó que alguno te traería por el camino habitual. —Garaad interviene con timidez, al caer en la cuenta de cómo lo miro—. No me creyó hasta que estábamos en el puente.
Mircea se sienta en mi rodilla y me vuelve a abrazar. Aprovecho para susurrar en su oído, movido por mi carácter draconiano:
—Entiendo que te hayas preocupado, ¿pero qué te dije?
—¿Y qué se supone que debía hacer? —susurra.
Éomar da un par de toques con la mano en la mesa para atraer nuestra atención. Garaad se sienta a su lado; parece que le divierte que mi amiga se me haya sentado encima, así que la aprieto más contra mí.
—La humana no puede quedarse —ordena Éomar.
—Mircea se va a enterar de todo, nos guste o no, por lo que si te parece nos saltamos las hostilidades.
Los ojos naranjas del drazir se clavan en los de Mircea, que se encoge un poco, pero no aparta la mirada.
Mi valiente y tenaz compañera, que acaba de hacer que desee despedazar a Garaad cuando solo quería ayudar.
Los observo en silencio, creo que puede con esto sola.
No obstante, me meteré en cuanto note que empieza a faltarle al respeto, cosa que hará, porque no hay nada más arrogante que un guerrero.
—¿Qué significa mi especie para ti?
—Hasta hace unos días os temía.
—¿Y ahora?
—Quiero ayudaros a recuperar vuestra tierra. El sufrimiento no me es ajeno y aunque soy Caminante y no tengo hogar fijo… He perdido el mío hace unos días, se llamaba Rona y lo era todo para mí.
—¿Era tu amante, tu hermana, tu madre?
—Era mucho más que todo eso, era el amor de mi vida.
—¿Y tú, rh’zir? ¿Qué piensas de ella?
Siento todas las miradas clavadas en mí y me aclaro la voz, fijando la mía en una mancha de vino que hay en la mesa.
—Confío en ella.
Mircea se muerde el labio y no dice nada, pero intuyo que le ha sentado mejor que un atracón de chocolate. Le doy un discreto apretón en la mano y Éomar suspira.
—De acuerdo, pero si le ocurre algo será tu responsabilidad. No tengo tiempo para preocuparme por mascotas.
Ahí está, estaba tardando en faltarle al respeto. Suelto un profundo gruñido y ella me acaricia la nuca, pidiéndome que lo pase por alto. Me calmo, pero le dedico una penetrante mirada de advertencia.
Hablamos del plan durante un rato, de cómo lo vamos a hacer y de qué necesitamos para averiguar cuándo llegaran a Mirkel y si de hecho estamos seguros de que lo harán.
Garaad asegura que no dejarán la ciudad sin registrar y yo me sigo preguntando qué pueden necesitar de mí, aunque no lo verbalizo por si vuelve para morderme el culo.
Tengo una laguna mental de lunas y podría ser cualquier cosa.
Éomar también se lo pregunta, porque no deja de dedicarme miradas suspicaces cuando Garaad me pide detalles acerca de la noche en la que me atrapó la Inquisición.
Le pregunto si lo va a recoger en sus crónicas y contesta con un aspaviento, diciendo que lo más adecuado es que mi nombre caiga en el olvido hasta que pueda resurgir como el alma extraviada que salvó al pueblo drazir.
Siguen diciendo eso y me sigue pareciendo difícil de creer, pero no me esfuerzo en contradecirlos.
—Hablaré con un par de colegas que tienen pensado visitarnos la semana que viene, a ver qué más saben. —Garaad se levanta, después de que lo haga Éomar.
—¿Y si no tienen pensado venir? Tenemos que barajar otras opciones.
—Si no tienen pensado venir, te irás de esta ciudad y no volverás, rh’zir. —Éomar responde como si se tratase de la tarea más tediosa—. Estoy aquí por mi padre, pero solo te ayudaremos en caso de que vengan.
—Eso habrá que preguntárselo a tu padre.
—No sé si te has fijado, pero ha perdido facultades. No contamos con la nigromancia de tu G’lar, sino con la destreza de un auténtico guerrero que se marchita. Todo ha recaído en mí, así que me hablarás con la misma reverencia.
—Eso si te lo ganas.
—Oh, no querrás que tu mascota vea cómo te cierro la boca. —Se lleva la lengua a un colmillo.