El hijo de findar #4
—Me he enterado de que Zaros Mor’fn va tras mi pista y de que es posible que Negramuerte también; estuvieron en Sorash hace una luna y no creo que tarden en aparecer por Mirkel.
Tengo un lugar bien estudiado, en el que pienso acorralarlos para exprimir hasta el último dato de Shal’karath que puedan darme. Después los asesinaré.
La espina dorsal del guerrero se eriza y repica con un timbre más grave que el de la mía.
—De casualidades va la cosa, como has dicho, porque Negramuerte mató a la madre de mis hijos. —Cierra una mano y su ojo ausente se ensombrece cuando mira hacia un lado—. Pero no lo harás en la ciudad, la Inquisición siempre busca excusas para darnos caza.
—Si lo hago en las montañas, las posibilidades de ganar se reducirán.
—Lo harás aquí, en las cloacas. Conocemos cada palmo y ellos no.
Éomar trata de protestar y su padre alza un dedo, dedicándole una mirada severa.
—¿Y cómo los atraigo hasta aquí?
—Como has atraído al hampa —objeta Éomar.
Findar me dedica una mueca para que me explique.
—No he atraído al hampa y si lo he hecho no son tan listos como para ver más allá de que me he metido en un río torrencial.
—Tenemos tratos con La Grulla, nos ayuda desde la superficie y de vez en cuando mandamos a Éomar a solucionar un par de cosas para ellos.
Espero que no te hayas cargado eso. —No contesto y continúa con un aspaviento—.
Veremos si se puede arreglar, lo que sea que hayas hecho.
Imagino que estarás alojado en el Dragón Cachondo, por lo que te indicaré una tapa de alcantarilla cercana.
Cuando los del culto vayan a buscarte, porque lo harán, solo tienes que levantarla y seguir mis instrucciones.
Estaremos preparados. Una cosa pido a cambio…
—Adelante.
—No más enfrentamientos con La Grulla.
—Vienen a mí y no me pienso quedar quieto.
—He dicho que me encargaré de ello. Y una cosa más: cuando llegue el momento, déjame a Negramuerte.
—Lo de Negramuerte es una suposición, el cronista solo habló de Zaros.
—Confío en que Astharoth también lo pondrá en mi camino, como te ha puesto a ti.
Asiento y me vuelvo hacia Éomar, que me está enseñando los colmillos.
No creo que vaya a poder llevarme bien con este chico, pero su crispación está empezando a tocarme los huevos.
Se los enseño también y suelto un gruñido, pasando por su lado y demostrándole que puedo desmontarlo con un codazo.
No se achanta, por poco lo empujo al pasar.
—Éomar, vístete y acompáñalo —añade Findar mientras me alejo—. Avísame si resulta ser un espía del culto.
—No.
—¡Éomar!
El muchacho bufa y se retira, por lo que no sabemos si ha accedido o si simplemente lo ha mandado a la mierda. Me he detenido cerca de la reja y me vuelvo para comentar que me esperan fuera y que lo voy a tener difícil para nadar de vuelta.
—¿Quién te espera?
—Una amiga humana.
Findar echa la barbilla hacia atrás y esboza una pequeña sonrisa, cree que le estoy tomando el pelo. Después frunce el ceño y asiente, con el mismo toque de afectación que me dirigió el cronista Reeze.
—Así que ahora te gustan.
—Más o menos.
—Éomar te llevará de vuelta al Dragón Cachondo, para que no tengas que volver a cruzar el río. Imagino que tu amiga se cansará de esperar y volverá.
—O pensará que he muerto.
—Si viajas con ella, intuyo que te conoce un poquito. Mala hierba nunca muere.
—Solo tengo una pregunta más: ¿cómo disteis con este lugar? ¿Qué hay de ese conducto por el que hemos pasado y de la Lengua Arcana?
—No creo que esperes que te vaya a contestar de buenas a primeras, ¿verdad?
—La cierto es que no. —Me encojo de hombros, viendo que el chaval vuelve con nosotros y que por fin se ha vestido—. Llevas un abrigo cojonudo, siempre me han gustado los de cuero.
—Te lo doy si te largas y olvidas que existimos.
—¡Éomar!
—Estoy harto de esto, padre. No quiero que sigamos luchando, quiero ver crecer a mis hijos.
—¿Y avergonzarte por siempre de lo que no hiciste por la gente de tu país?
—A riesgo de decepcionarte, la gente de mi país no me importa más que mi familia.
—Veo que tú tampoco tienes madera de héroe —mascullo entre dientes, pero me ignora.
—¿Así que nos quedamos en las cloacas por siempre, eso dices? ¿Quieres que tu hijo nazca aquí? —pregunta Findar.
—Los cronistas se están equivocando con este, me parece increíble que no puedas verlo.
—Si se equivocan, lo solucionaremos. —Findar sisea entre dientes y sus escamas se tornan negras—. Ve con él.
El chaval baja la cabeza, convirtiendo sus labios en una fina línea. Posa su iris naranja en mí y echa a andar hacia otro conducto, chapoteando a su paso. Ruge «¿vienes?» y desaparece, por lo que lanzo una última mirada a Findar y lo sigo a toda prisa.
—¿Cuántos años tienes? —Lo alcanzo, tratando de moverme como él y de pisar donde lo hace.
—Todos lo que te faltan de agudeza.
—Así que unos cincuenta.
Suelta una risita furibunda y se ata las correas del abrigo con tanta brusquedad que parece que vaya a arrancárselas.
—¿Es verdad eso que he oído de que viajas con una humana?
—Sí.
—Te juro por los Setecientos Salmos que me haré un traje con tu piel mutilada si nos estás engañando.