El hijo de findar #3
El conducto se estrecha al girar hacia la derecha y pasamos entre una sucesión de huecos, pequeñas estancias que me recuerdan a madrigueras.
Algunos son más amplios que otros, van de los dos metros a los cinco y se asemejan a bodegas.
La mayoría permanecen ocupados por lo que parecen fardos apilados, protegidos de la humedad con arpillera.
Dejamos atrás varias encrucijadas y al doblar por una damos con un hueco más grande que los demás, tras el que se encuentra una suerte de angostas escaleras.
Observo la boca negra, una tímida luz parpadea en el fondo como una campanilla y las aristas del techo conforman un paladar dentado.
No pienso meterme por ahí, parece que conduce al mismísimo Abismo. Me vuelvo hacia la drazir, receloso.
—¿Dónde estamos? ¿Qué es todo esto?
Se adentra sin apenas mirarme y Éomar me empuja para que la siga. Los escalones son tan estrechos que apenas logro apoyar toda la planta del pie, pero me las arreglo para llegar sano y salvo hasta el fondo y damos con un túnel iluminado por farolillos maltrechos.
—¿Estamos en las cloacas? Me intriga lo de antes, tal vez…
El chaval bufa a mi zaga.
—No te hemos contestado la primera vez, perro endemoniado, debería bastar para que cierres la boca.
—Me han llamado de todo, pero eso se lleva la palma.
Entramos en una cámara no más grande que mi dormitorio del Dragón Cachondo. Un drazir nos da la espalda, coge la mano de una niña de escamas negras que se me queda mirando con la boca abierta. Debe tener la edad que tuvo mi hijo Dynar cuando el culto lo asesinó.
—Los cronistas han debido volverse locos, padre, nos han traído a Rojamuerte.
Findar se vuelve con el ceño fruncido, tan dorado que hace contraste con sus añiles escamas.
También lleva un lado de la cabeza rapado y una ristra de argollas decora la oreja que tiene al descubierto; son el distintivo de los guerreros, cada una con un grabado distinto, simbolizando los juramentos que hizo al tomar los votos.
Lleva unos pantalones a la altura del muslo y aprecio que le faltan las escamas de las piernas, posee marcas parecidas a las mías. Otra víctima del culto, seguramente.
—Llévate a Lhenara, Rhen. —El guerrero suelta la mano de la niña y le da un cariñoso empujón.
—Ni de coña, me quedo donde estoy.
—Todas nuestras esperanzas están puestas en ti, así que no. —Findar esboza el amago de una mueca amarga.
—No te preocupes, no le quito el ojo de encima —sisea Éomar a mi espalda—. Ponla a salvo.
—No me la voy a comer —resoplo.
—Si piensas que vamos a permitir que nuestra hija permanezca a menos de veinte metros de ti, rh’zir, es que eres imbécil.
—Éomar.
—¿Padre?
—Es un invitado hasta que decida lo contrario, serénate.
¿Su hija? Pestañeo, porque ya me explico por qué los otros dos me han recibido desnudos; los he pillado echando un polvo.
Su comunidad debe tratarse de una de las más viejas del Antiguo Reino, en las que los guerreros mantienen la sangre tan pura como sea posible.
Nunca he comulgado con dichas creencias, un buen guerrero se mide por su entrenamiento y no por su sangre, pero es una costumbre tan antigua que sería como cuestionar los Setecientos Salmos de Astharoth.
Espero a que Findar hable, y no lo hace hasta que se ha asegurado de que Rhenara y su nieta han abandonado el lugar.
—Imagino que debes ser el héroe que me prometieron los cronistas.
—No tengo madera para eso, pero estoy tratando de hacer las cosas a derechas.
—Con toda la muerte que tienes a tu espalda, me pregunto si eso es siquiera posible.
—¿También te apresaron?
—Los combatimos tanto como pudimos, pero Éomar era todavía muy joven y Rhenara estaba embarazada.
A Éomar le hicieron eso en la cara. —Señala a su hijo, confirmando que la curiosa posición de sus escamas no es de nacimiento—.
Y Rhenara perdió al bebé. Me apresaron y logré escapar, por lo que vinimos aquí.
No es una larga historia, aunque cuenta con tanto dolor como la de todas tus víctimas.
—¿Me reprochas?
—¿Cómo no hacerlo?
—Es la primera vez que un drazir me recrimina que matase humanos. No hace falta ser del culto para compartir el odio que sentimos por ellos.
—Los humanos jamás me dañaron, mientras que rh’zir de mi propia especie asesinan a medio país. No sé cómo te convencieron, pero vas a tener que convencerme de que te deje salir de aquí.
—¿No me ves el puto cuerpo, viejo? —Estoy empezando a alterarme, por lo que bajo la cabeza y me paso la mano por el torso—. Me hicieron lo mismo que a ti, con mi mujer y mis hijos. Yo no era guerrero, así que lo tuvieron mucho más fácil.
—¿Y por qué te uniste a ellos?
—Porque me dijeron que habían sido los humanos, ayudados por algunos rh’zir. No soy la gallina más lista del corral o simplemente tuve miedo de admitir que me dejé engañar, lo mismo da porque no me di cuenta de que lo hicieron ellos hasta hace unas lunas.
—Así que imagino que tu conflicto es con Shal’karath.
—Y de casualidades va la cosa, porque si cortamos la cabeza de la serpiente todo dará coletazos y acabará muriendo.
Las garras de Éomar están a tan solo un palmo de mi nuca y se me clavarán a la menor señal.
El viejo y yo compartimos una mueca hostil, pero la suya empieza a suavizarse a medida que se acerca.
Su iris azul recorre mis cicatrices y compruebo que le falta un ojo.
Este tipo ha salido peor parado que yo, aunque no lo parezca.
—Descansa, Éomar.
Suelto el aire, porque he contenido la respiración mientras calculo el tiempo que necesito para esquivar el ataque del guerrero naranja y escapar por el túnel.
Gruñe a mi espalda como si no quisiera obedecer y finalmente retrocede.
Sería capaz de derribar un muro a cabezazos si su padre se lo pidiese, pero mi gente hace que le hierva la sangre y con razón.
No quiero ni imaginar la desgracia que echamos sobre esta pobre familia.
—Habla.