El hijo de findar #2
La lluvia azota Mirkel cuando emprendemos el camino hasta el río y el viento trata de quitarme la capucha más veces de las que puedo contar.
Mircea conoce bien la zona y le extraña no conocer alguna puerta o conducto que se halle bajo el puente, pero se fía de la palabra de los cronistas, que son algo así como Caminantes perezosos y medio alcohólicos.
Se han caído bien, especialmente Garaad y ella, confirmando mis sospechas de que lo envidio por más razones que sus bonitas escamas.
—Es aquí.
El puente parece hecho de nácar, pero la lluvia y el viento lo han cubierto de tierra negruzca.
Efigies de dragones y serpientes adornan el pretil y nos siguen con sus pupilas blancas.
Mircea trata de reconocer la inscripción de la que nos hablaron, y murmura para sí.
Apenas la oigo con el escándalo del aguacero, hasta que se detiene y señala una marca alargada y muy pequeña, tallada bajo las fauces de un dragón.
—¿No será esto?
Me agacho y paso mi garra incipiente por unas letras que no consigo leer.
Asiento. Los cronistas dijeron que debíamos buscar a Findar bajo la marca, por lo que echo a andar más deprisa y llegamos hasta un tramo de escaleras descendentes, azotadas por el agua.
Mircea arruga la nariz y se baja más la capucha, diciendo que es imposible llegar hasta el punto indicado porque el río está muy crecido.
—Hay que luchar contra la corriente y bucear.
—O esperar a que el tiempo sea más indulgente. —Me lanza una sonrisa torva.
—Podrías no haberme acompañado.
—Que es lo mismo que decir: «al agua, patos».
Me quito el abrigo y lo dejo en la parte superior de las escaleras, recojo el pelo en la nuca y me quedo mirando el agua.
Contando con la fuerte corriente, es posible que llegue hasta el arco central en unos ochenta latidos.
Estoy siendo optimista, porque lo más probable es que me ahogue y que mi cuerpo acabe en el Mar del Invierno.
Miro a Mircea y esbozo una escueta sonrisa.
—Quédate aquí, por favor.
—No tengo intención de morir hoy, así que sí.
Me acerco para abrazarla y se aprieta contra mí, estirando mucho el cuello.
La fría lluvia nos azota, pero estoy en el lugar más cálido del mundo.
Un mechón granate le roza la mejilla y gotea en su barbilla cuando me inclino, batallando contra todo lo que me dice que es mala idea, que me haré daño, que la perderé y que no me quedarán lágrimas para llorarla.
Nos miramos a los ojos. Un latido. Dos. Tres.
Mis colmillos le raspan el labio cuando me atrevo a besarla, de una forma tan intensa que le saca un quejido.
—Lo siento.
—No lo sientas.
Me busca otra vez, para que la saboree un poco más.
Meto la lengua en su boca y suspira, excitada por el gruñido ronco que le dedico.
Te haría el amor aquí mismo, con la lluvia como único testigo de lo que no soy capaz de expresar con palabras.
La mancha de sangre que dejo en su frente al besarla otra vez se disipa al cabo de un instante.
—Vuelve.
—Te lo prometo.
Me quito las botas y me lleno los pulmones antes de zambullirme.
Al principio no veo nada y soy arrastrado por la fuerza de la mano de un dios, pero salir a la superficie complicará las cosas y llego al fondo mientras braceo y suelto burbujas por la boca, al cabo de unos treinta latidos.
Cualquiera diría que soy imbécil porque la corriente es mucho mayor aquí, pero necesito ver a dónde me dirijo.
Me agarro a la raíz de un árbol acuático y mis pupilas se adaptan a la oscuridad.
Veo la base de los arcos del puente y los cuento.
Una luz embarrada se cuela por las grietas de un conducto y calculo que podré llegar si consigo agarrarme a más raíces antes de que la corriente me lance a una muerte segura.
Por otro lado, el peso de mis huesos está jugando a mi favor y pienso seguir aprovechándolo.
Me impulso en la penumbra, alcanzando más raíces y empezando a sentir que el aire me abandona, y sigo hasta quedar a diez latidos del conducto. No habrá nada a lo que agarrarme una vez me suelte… ¿O sí? Distingo un saliente en el que podría clavar la garra que me he arrancado. Mierda.
Me impulso con los brazos extendidos y doy de frente contra la roca, la corriente me aplasta como el martillo sobre el yunque y me saca el poco aire que me queda.
Repto hasta la esquina y mi mano se posa sobre un cuadrado que sobresale, con una marca en Lengua Arcana.
Lo empujo con todas mis fuerzas y el conducto se abre, arrojando un cono de luz ocre sobre el lecho del río.
Los oídos me zumban y me agarro al saliente, flotando hasta el conducto.
Ni siquiera sé cómo consigo entrar, pero me succiona y golpea hasta que algo me clava una zarpa en la espalda y tira.
Toso todo el agua que ha entrado en los pulmones y me quedo echado un momento, mientras adapto las pupilas a un techo de ladrillo.
Unas garras me rozan las escamas del cuello con un leve siseo.
—Las tengo impregnadas de veneno, así que te recomiendo que no te muevas.
Un iris de fuego me escruta, muy parecido al mío aunque un tanto más claro. Pestañeo y las garras me levantan la barbilla, cuando gruñe cerca de mi boca.
—Estoy buscando a Findar Cabeza de Hierro.
—¿Por qué?
—Porque he oído que puede ayudarme.
Más garras arañan el suelo, a poca distancia; debe tratarse de otro drazir. Se coloca en cuclillas y su cabeza se une a la de quien me amenaza. Solo distingo su iris azul, tan claro como el agua del Manantial de los Hados.
—Está herido. —Señala el tajo de mi costado, que ha empezado a menguar.
—Ya lo creo.
—Es Rojamuerte, el chucho de Shal’karath.
—Eso me ha parecido. —El chico observa los tatuajes del brazo que mantengo extendido a un lado.
—Haríamos bien en liquidarlo.
— Era el chucho —digo—. Aparta la puta garra de mi garganta y os contaré por qué estoy aquí.
—No lo creo.
—Estoy buscando a Findar porque quiero matar a Shal’karath. Me envían Y’rmin Reeze y Garaad, los cronistas del Dragón Cachondo.
El del iris naranja se aparta y logro verlo al fin.
Sus escamas imitan el color de sus ojos y poseen tonalidades doradas.
Le faltan las de la cara, como a mí, salvo por algunas en los pómulos, la barbilla y la frente.
Las de la frente y la barbilla forman una línea vertical tan recta que parece hecha a propósito y me recuerdan a la forma que tienen de pintarse en el que antes era mi culto.
Se ha rapado un lado de la cabeza y el pelo le cae por el lado, tan naranja como todo lo demás.
Está desnudo y su compañera también, que cuenta con escamas marrones y negras y se ha rapado la cabeza por completo.
Las escamas del drazir naranja repican y se mueven como el mar rompiente cuando hago ademán de incorporarme, se agacha en posición de ataque y decido que lo mejor es detenerme.
—¿Eres Findar?
—No, claro que no. —Ladea la cabeza, estudiándome—. Soy Éomar, su hijo. —Las garras chocan entre sí, advirtiéndome de lo fino que es el hielo por el que camino.
—Pues un placer, Éomar. —Miro a la de las escamas marrones—. ¿Y tú eres…?
—Rhenara, su hija.
—¿Vivís aquí?
—Las preguntas las hago yo. —Éomar ruge—. ¿Por qué estás herido?
—Le he levantado algunas ampollas al hampa.
—¿Y traes los problemas hasta aquí?
—No creo que me hayan seguido.
—Es mucho suponer. —Chasquea la lengua y mira a la drazir, antes de volver a centrarse en mí—. ¿Por qué dejaste el culto?
—Es una larga historia que prefiero contarle a tu padre.
—Me la contarás a mí primero y luego ya veremos.
Suelto un largo suspiro y miro a su hermana, que tampoco ha bajado la guardia.
Parece algo más receptiva. Hablo de todo lo que me ha traído hasta aquí, omitiendo los detalles más personales y el motivo por el que quiero vengarme, alegando que me escapé del culto porque no me gustaba en lo que me había convertido.
Simulo la planta de héroe que los cronistas me quieren atribuir, al decir que quiero devolver el Antiguo Reino a la buen gente que ahora se ve dominada por el miedo.
Rhenara entorna los ojos y pone una mano en el hombro de su hermano.
—No perdemos nada porque se conozcan. Si los cronistas lo han enviado, debe estar limpio.
—Los cronistas no son infalibles, puede que el culto esté tratando de encontrar a padre y que éste cabronazo sepa mentir.
—De ser así, no saldrá vivo de aquí. Venga, cálmate.
Éomar se yergue poco a poco, pero no relaja las manos.
Rhenara va hacia un conducto de ladrillo rojo, pobremente iluminado.
El supuesto hijo de Findar hace un movimiento con la cabeza para que la siga y hago lo propio, no sin antes crujir los huesos del cuello.
Me pregunto cuántos más se ocultan en donde sea que me llevan, que estimo serán las cloacas de la ciudad.
Es un tanto vergonzoso ver a una casta de guerreros viviendo en semejantes condiciones, por lo que supongo que la situación en mi país ha debido empeorar.
Los movimientos de Rhenara son más rápidos y sutiles que los de Éomar, por lo que mantengo la atención fija en ella y no en el drazir que gruñe a mi espalda.
No debe tener mucha más edad que yo, mientras que Éomar me recuerda a un chaval adolescente.
Me fijo también en que dirige una mano a su vientre de cuando en cuando, como si se lo estuviese protegiendo inconscientemente; es probable que esté embarazada o que le duela el estómago, aunque me inclino por lo primero al ver que lo tiene un poco hinchado.
Los huevos tardan entre trece y catorce meses en formarse del todo y el principio del embarazo es el más delicado, por lo que se habrá enterado de la noticia hace poco.
Agradezco que me haya dado la oportunidad de conocer a su padre, de estar en su lugar me habría devuelto al río con la garganta llena de veneno.