Rojamuerte El hijo de findar
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El hijo de findar

EL HIJO DE FINDAR

El Callejón Malamadre está atestado de rateros y es parecido al que hemos adoptado como nuestra sede de operaciones.

Podría parecer que se lo estamos poniendo fácil para que me encuentren, pero El Dragón Cachondo es tan obvio que dudo que me busquen allí.

Los tejados bajos y llenos de chimeneas ofrecen los mejores rincones para ocultarse, mientras que la estrechura del callejón sin salida permite que pueda acorralarlos.

Me he reunido con Y’rmin Reeze y con Garaad para tratar de averiguar dónde puede encontrarse Zaros Mor’fn y de cuánto tiempo dispongo para prepararme, pero los cronistas solo pudieron decirme que los vieron hace una luna, en Sorash.

Esto quiere decir que el cabrón de Negramuerte está con ellos y que la cosa se complica por una razón: el tipo es incluso más peligroso que Zaros; el único motivo por el que no es el segundo de Shal’karath es porque se negó a serlo —y échale huevos a Negramuerte cuando se niega a hacer algo—.

Fuimos tocados por la locura de Los Hados y es el único berserker que le queda al culto.

Nunca me he enfrentado a otro como yo y este es especialmente bueno en lo que hace, cuentan que no necesita engullir corazones para sacar a la bestia.

En otras palabras: lo tengo crudo porque no me apetece seguir saltando ampollas por Mirkel, imagino que a la Inquisición y a sus buenas gentes no les hará gracia que me ponga a arrancar corazones para que salga Rojamuerte. Necesito a otros drazir.

Los cronistas se muestran entusiasmados cuando me vuelvo a reunir con ellos, a Reeze parece que se le vaya a desenroscar la cabeza de los hombros cuando pregunto si saben de otros drazir dispuestos a ayudarme.

Ya no ven un brillo suicida en mis ojos, sino la rabia asesina de quien quiere devolver las cosas a su estado original.

No pretendo convertirme en el héroe que buscan, pero voy a usar sus esperanzas a mi favor, y si con ello consigo llegar hasta Shal’karath, eso que me llevo.

Me cuentan que conocen a un tipo que solía ser el jefe guerrero de una aldea al sur del Antiguo Reino, que lo busque por el nombre de Findar Cabeza de Hierro.

Señalan un punto en el mapa de la ciudad, en la zona del río, y Reeze dice que debo meterme bajo un puente en el que encontraré una inscripción en Lengua Arcana, de cuando los hechiceros poblaban T’har Kul a mansalva y la magia no era un rumor mortecino.

Le pido a Mircea que se quede en El Dragón Cachondo y me contesta con un improperio que haría sonrojar a una prostituta, por lo que acabo aceptando que me acompañará.

No puedo decir que me sorprenda que nos estén siguiendo, han empezado a enfilar tras nosotros en el momento en que hemos dejado el burdel. Se mueven con mucha discreción, pero su olor a podrido y orín me golpea en la distancia. Mascullo mientras bajamos escaleras:

—Creo que nos he metido en un lío.

—¿Por qué lo dices?

—Para ser Caminante tienes poco talento para estas cosas. — Muevo la cabeza hacia un lado—. Tenemos a tres tipos detrás. —Joder.

Giramos para adentrarnos en un tramo de callejuelas estrechas, que se abren un poco al cabo de unos pasos.

—Uno nos sigue por los tejados, seguramente tenga una ballesta.

—El que tiene talento eres tú, pero para los problemas que nos llenan de mierda hasta el cuello. No sé cómo no huelo a ella. —Lleva la mano a la empuñadura de la daga, con tanta discreción que su capa apenas se mueve—. ¿Dónde están los otros dos?

—Uno se ha desviado, puede que nos siga por las calles paralelas, para cerrarnos el paso más adelante. El otro camina a unos diez latidos, por si se nos ocurre dar la vuelta.

—Mierda.

—¿Se te da bien la lucha, Caminante? Tengo entendido que los de tu gremio sabéis…

—Tengo mis días —me interrumpe.

—¿Pero lo has hecho antes?

—Algunas veces.

—Encargate del de la ballesta, yo iré a por los otros dos.

—¿Me han salido alas de pronto? ¿Cómo esperas que llegue hasta él? —Arquea las cejas cuando repara en lo que estoy mirando—. Tengo miedo a las alturas.

—¿Y no te da más miedo morir? Haz lo que te digo y habremos terminado en un latido.

—Se nos va a echar encima todo el distrito.

—Ya ha empezado, no sirve de nada pensar en ello. Preocúpate de solucionarlo, la calle está a punto de acabarse.

—Mierda, mierda, triple mierda.

Echa a correr en diagonal, en dirección a la desvencijada escalerilla que pende tras la esquina de uno de los edificios que nos flanquean.

Una saeta pasa cerca de su hombro mientras hincha el pecho y corre con el brío de una maldita gacela. No sabía que fuese tan rápida.

Los pasos se acercan por mi derecha, del tipo que nos seguía por las calles paralelas; su eco se propaga por el callejón enlodado con un golpeteo tan leve que parece que se me va abalanzar un chiquillo.

Lanzo el brazo al tiempo que me giro y lo esquiva; es pequeño, aunque su calva incipiente desvela que es un hombre hecho y derecho.

Su cuchillo me pasa cerca de la oreja y de la mano que tiro para quitárselo.

Esquivo con una finta la cimitarra del que se acaba de unir a la fiesta y que nos seguía a plena vista.

Estoy desviando tajos por parte de dos capullos a los que saco tres y cuatro cabezas, que parecen tener más entrenamiento que sus amigos del puente.

Una saeta me pasa cerca de la pierna y la siguiente casi se me clava en el omoplato.

De no ser por el tipo al que por fin agarro para usar de escudo lo tendría jodido.

Me taja un antebrazo y lo suelto cuando el de la cimitarra lanza una estocada fulminante.

Los he subestimado y me están demostrando que la tal Grulla no es una simple maleante; son asesinos profesionales, se ha tomado tantas molestias porque quiere dejar claro que es su ciudad.

Por desgracia para ellos, tengo una total falta de respeto por mis apéndices y la propia vida.

Agarro el filo del cuchillo, que vuelve en un estela blanca, y pego un tirón, estrellando la frente en la cara del atacante.

Lo repito un par de veces, hasta que la cimitarra del otro se encaja en mi costado y suelto un rugido ahogado.

Me vuelvo hacia él con la violencia de una tormenta sobre un barco pesquero.

Una saeta se me clava en el hombro. No me detiene cuando agarro la cimitarra por el filo y clavo las falanges en él, para arrancarsela de las manos.

El tipo forcejea con intención de serrarme los dedos, pero no puede competir con mi fuerza.

El filo titila en el empedrado y cuando corre para cogerlo se lleva un puñetazo que le hunde el estómago y lo lanza a un par de metros.

El del cuchillo lo ha recuperado y trata de levantarse, pero se encuentra con mi bota aplastándole la mano y con la otra a media espalda. Lo inmovilizo con mi peso y está a punto de quedarse sin aire, llenando la gravilla de babas y sangre.

El de la cimitarra vuelve a la carga, empuñándola con ambas manos y arrojándose como un ariete en un asedio.

Voy a su encuentro y lo golpeo tan fuerte que oigo un crujido, seguramente de su cuello o de su mandíbula.

Suelta la cimitarra y se hinca de rodillas, con una mano en la cara y la otra en la tráquea.

Lo mando al suelo de una patada y giro sobre los talones para terminar con el del cuchillo, que gimotea cuando lo cubro con mi sombra.

—Dile a la Grulla que si sigue enviando a gente, será la jefa del aire. Dile también que estoy de paso y que no es mi intención tocarle los huevos a nadie mientras no me los toquen, que no pienso quedarme en su ciudad… Por si sirve de algo.

—Fale. —Escupe un diente al contestar.

La escalerilla traquetea y Mircea se deja caer cuando llega al último tramo, con la daga ya enfundada. Le dedico un leve asentimiento mientras se acerca y se pasa una mano por la frente sudorosa, con el pelo pegado a las mejillas y cara de pocos amigos.

—Me ha encantado convertirme en un puto campo de tiro.

—Me he dado toda la prisa que he podido —resopla.

—¿Lo has matado?

—No.

Algo empieza a deslizarse por las tejas, oigo su traqueteo y me aparto a tiempo para evitar la acometida del bulto que se estrella contra el empedrado y queda con la cara vuelta hacia nosotros, embadurnada en sangre.

—Ahora sí —musita Mircea—. Pero porque se ha resbalado.

—Genial, estamos empatados porque solo he matado a uno. —Señalo al de la cimitarra—. El otro le dará un mensaje a La Grulla.

—Así que esto no va a acabar aquí.

—Puede que sí y puede que no.

Extiendo un brazo para invitarla a retomar lo que estábamos haciendo y echa a andar, pasando por encima del tipo del cuchillo.

Me doy cuenta de que sigo teniendo la saeta clavada al hombro, la adrenalina la ha convertido en una simple picazón.

Por lo menos no ha caído el velo rojo, podría haber acabado mucho peor.

—Tenemos que mirarte eso.

—No es grave, ya me lo han hecho antes. En el mismo sitio, qué curioso. —Trato de quitarme el abrigo para examinarme el hombro, pero la plumilla del proyectil se engancha en el agujero—. Mierda.

—Te ayudo.

Sostiene el abrigo mientras me barre con los ojos.

—¿Y ese tajo? —Señala mi costado.

—Se cerrará en un rato, un día a más tardar. —Me dedica una mueca de incredulidad y decido enseñarle algo más—. Las mieles de G’lar.

Saco la punta de la saeta de un tirón y suelto un leve bufido, por suerte no se ha hundido mucho. Contrae los labios, como si desease no haberlo visto.

—Creo que… —rozo el tajo con los dedos, por suerte no es profundo— ya he dejado de sangrar.

—Así que eso es un berserker, una máquina de matar indestructible. —Imposta la voz para volverla ominosa.

—Más o menos.

—¿Y por qué me gusta? —Lo dice como si se lo preguntase a sí misma.

—Porque creo que tampoco estás bien de aquí arriba. —Me toco la sien y echo a andar—. Pero gracias, siempre es un placer que aprecien tu trabajo.