Rojamuerte Nueve latidos #2
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Nueve latidos #2

—Así que cuando hacéis el amor…

—Sí.

—Es precioso.

Me quiero dar un baño tranquilo y solo consigue que piense que me voy a empalmar de un momento a otro. Esto está yendo demasiado lejos. Tengo que pararlo y tengo que ponerla a salvo.

—Supongo.

—Es como leerse el alma mutuamente, cuando a su vez os convertís en uno solo. No tenía ni idea de que fueseis tan sentimentales.

Lo formule como lo formule, Mircea siempre va a adivinar lo que no trato de decir. Pareciese que me conoce. Puede que me conozca más de lo que estoy dispuesto a admitir. Me vacío con un suspiro, cerrando los ojos, y la oigo chasquear la lengua.

—Anoche dijiste que tenías una noticia buena y otra mala. Cuéntamelo, porque sé que le estás dando vueltas.

Me echo hacia delante y apoyo los brazos en las rodillas, pensando en cómo soltarlo. Podría tratar de esquivar el tema un poco más, pero sé que no me va a dejar. Mircea es como un perro de presa con lo que le suscita curiosidad, no suelta hasta que te convence.

—La noticia buena es que no voy a tener que buscarlos mucho, puede que no tenga ni que llegar hasta Sorash. Uno de ellos va tras mi pista, no es el que busco pero de momento bastará.

—¿Y la mala?

—La mala… —Presiono la lengua contra un colmillo y esquivo sus ojos—. La mala es que te voy a pedir algo que nos va a joder el baño.

—Te escucho.

—Creo que ha llegado la hora de separarse.

Se rodea las piernas con los brazos y de pronto parece mucho más pequeña que de costumbre.

Sus ojos me piden que no siga hablando, que no le haga daño, me recuerdan la promesa que estoy a punto de romper.

Te lo quiero poner fácil, se me da bien hacer que la gente me odie, pero no sé si me atrevo.

Me rasco la barbilla con los nudillos y te miro a los ojos, tiñendo mi mueca de una indiferencia que aunque impostada, resulta muy convincente.

Sé que me necesitas, pero no puedo ser lo que necesitas. Lo siento, Mircea.

—Maté a la mujer de ese hombre, te mentí. Rona murió por mi culpa.

—¿Qué?

—Maté a Morgana. Nadie me drogó ni jugó con mi mente, ni en ese momento ni durante lunas. Fui consciente de todo lo que hice, la historia de que fui el berserker de G’lar es una fábula que he usado para que me sigas ayudando. No lo hizo ningún monstruo que vive dentro de mí, yo soy el monstruo.

—No es verdad.

—Lo cierto es que hay veces en las que me cortaría los huevos antes de admitir lo mala persona que soy, porque jamás pensé que me convertiría en esto. No se me da bien aceptar que soy un fraude y un hipócrita.

—No hagas esto, Lazor.

—No podemos seguir viajando juntos porque me remueve la conciencia, lo que queda de ella. Te he estado usando para mi venganza y se me ha ido de las manos.

—Deja de tenerme tanto miedo, por favor.

—Los humanos me dan asco y maté a esa mujer movido por el asco.

—Los humanos no te dan asco, tú y yo somos la prueba de…

—Tú y yo no somos nada, Mircea. Me he quedado porque me dabas pena, pero te estás interponiendo en mis planes.

—Pero anoche dijiste…

—¿Y qué se le dice a la pareja de una mujer que murió por tu culpa? ¿Se la rechaza sin más?

Me parte el alma ver cómo te cubres más el cuerpo, como si mis palabras pudiesen herirte de muerte. Quizá lo estén haciendo, el tono de mi voz se está agitando porque me duele del mismo modo. Me paso las manos por las rodillas, en un gesto nervioso que parece de puro enojo.

—Pero te gustan las humanas, dijiste…

—Humanas que han significado para mí un desahogo ocasional. Estaba cachondo y las tenía a mano por dos cobres.

—No te voy a hacer daño, pero necesitas creer que sí para convencerte de que no mereces que te quieran.

La repulsa asoma a mi risita, por mí mismo y lo que me estoy obligando a decir.

—¿Quieres dejar de hacer eso?

—¿El qué? —su voz suena aguda y rota.

—Actuar como si me conocieses. No sabes nada de mí, solo lo que te he permitido saber y más de la mitad es mentira. Te mentí porque sentí vergüenza y porque te seguía necesitando, del mismo modo que me avergonzó decirte que la daga debió matarte.

Ahí está, el golpe de gracia. Bajas tanto la voz que apenas te oigo.

—No te creo, estás tratando de hacerme daño porque quieres protegerme.

—Te estoy contando la verdad porque voy a dejar el mundo muy pronto y no quiero irme con asuntos pendientes.

—Anoche dijiste que…

No te das por vencida, el corazón te dice que miento. Tengo que hacerte más daño.

—Me sentía y me siento culpable, así que te debo la verdad: no me gustas ni me vas a gustar porque representas todo lo que odio.

Te respeto y tolero por todo lo que hemos compartido y ahí quedará todo.

—Hago una pausa, enfrío el tono tanto como puedo—.

Quiero que te marches porque no te voy a necesitar más, el contrato ha terminado.

Te daré tantos viales de sangre como pidas, has hecho mucho por mí y…

Se levanta y el agua se agita como el mar bravo cuando sus ojos vidriosos y teñidos de rabia me apuñalan.

Me dicen que lo ha perdido todo por mi culpa y que soy el monstruo más despiadado por descartarla de este modo, que se equivocó conmigo.

Me mantengo firme aunque me esté rompiendo, porque sé que le estoy salvando la vida.

Sale de la bañera y empieza a vestirse, tan angustiada como furiosa.

Me obligo a no mirarla y vuelvo a recostarme en el borde y a cerrar los ojos, pero me ahogo en mis frenéticos latidos.

Adiós, Mircea. Durante un tiempo me has devuelto algo parecido a las ganas de vivir, me has devuelto la calidez que añoraba, me has devuelto la risa.

Yo solo te he ofrecido dolor y muerte, porque es todo lo que puedo ofrecer.

Se me escapa una lágrima que repta hasta mi sien y se mezcla con el sudor que perla mi cara.

—Lazor.

—¿Hmm? —Finjo que me estoy quedando dormido.

—Mereces que Shal’karath te mate, eres igual que él.

La mano que apoyo a un lado se me crispa, porque he contenido un resuello. Me aclaro la voz.

—Perdona, ¿qué has dicho? No te he oído.

—Me he equivocado contigo, no imaginas hasta qué punto.

—¿Quieres la sangre o no?

Oigo cómo recoge sus cosas y cómo musita para sí.

Sus pasos se acercan a la bañera y luego retroceden.

Ocurre un par veces, en las que estoy haciendo lo imposible porque parezca que no tengo la respiración agitada.

La puerta se cierra y sus pasos se alejan por el corredor, para perderse por las escaleras.

Nueve latidos, solo logro contenerlo durante nueve latidos.

Me doblo hacia delante y suelto un lamento áspero, al tiempo que me llevo las manos a la frente.

Aquí viene, la ola incontenible. Me rompo y el mundo mengua, haciéndose más oscuro con cada sollozo; llenan el dormitorio en el que me he vuelto a sentir vivo, mientras me acariciaba y me aceptaba tal y como soy, con todos y cada uno de mis pecados, mientras me hacía pensar en lo que podríamos ser juntos.

Lo acabo de descartar con la crueldad de una cuchilla herrumbrosa.

Me doblo más para poner la cara entre las rodillas y empiezo a mecerme.

—¡Mira que eres gilipollas!

Una bota me golpea y compruebo con ojos desorbitados que Mircea ha irrumpido en la habitación, tiene la cara más roja que mi pelo y las lágrimas destellan en su labio contraído.

Me arroja la otra bota y ruge como una leona, después cierra la puerta de una patada y se acerca mientras me señala con un dedo.

—¡Eres el pedazo de mierda más mentiroso de la puta historia! ¡Y el más cobarde!

Sigo mirándola sin pestañear, me he quedado rígido y no puedo ni hablar.

Se quita la capa, tira el petate al suelo y se mete vestida en la bañera, para darme un abrazo con el que me estremezco. Me tiemblan las manos cuando las poso en su espalda. Pego mi mejilla a la suya y cierro los ojos al oír cómo susurra:

—No me voy a ir y no me vas a perder. Jamás te haré daño. Te lo prometo, Lazor.

—No puedes prometerme eso.

—Sí que puedo. Deja de decirme lo que no puedo hacer, porque pareces mi madre cuando quiero que seas mi amante. Es confuso de cojones.

Cierro las manos en su espalda y contraigo la boca en un gruñido que ahogo contra su hombro.

Vuelvo a sentir que sirvo para algo, aunque sea para avivar las esperanzas de esta necia que se niega a dejarme ir.

Puede que me esté enamorando de ella, la cadena de espinas de la adversidad hace que los corazones dañados latan al unísono y el mío casi se me sale por la boca, cuando pensé que la perdía.

Ahora me martillea los oídos con una euforia que hace años que no siento.

He gastado lo último que me queda de aplomo para espantarla y si no ha funcionado, nada lo hará.

—Venga, necesitamos un plan. —Se separa para sostener mis mejillas húmedas.

—Se me ha… —carraspeo, porque tengo la voz de un chiquillo asustado—. Se me ha ocurrido algo, pero nos va a poner en el blanco de la Inquisición de Mirkel.

—¿Qué necesitas?

—A ti, te necesito a ti.