Rojamuerte Nueve latidos
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Nueve latidos

NUEVE LATIDOS

Me despierto dando un respingo, con la barbilla apoyada en el hombro de Mircea.

Ella se agita también, pero no despierta, sino que cierra la mano en torno a mis dedos.

La estoy abrazando, llevo haciéndolo toda la noche y aunque trató de insistir con otras cosas, me porté como el caballero que no soy.

Es más, los caballeros no tienden a cumplir con los votos de la caballería y la decencia más básica, son niños ricos que participan en justas y nada más.

¿Y qué hago pensando en esto? ¿Yo, Lazor Rojamuerte, El Empalador de Palerma?

Bufo para mis adentros y me siento, recordando que estoy en un dormitorio y no en mitad de un claro.

Me estoy dando muchos lujos, primero la posada en Calmaderiva y ahora esto.

Mircea me va a tener que desangrar para pagarlo.

Crujo el cuello de lado a lado y suelto el primer gruñido de la mañana, que me sienta mejor que el beso de una diosa.

Crujo los nudillos, me levanto y me estiro como una serpiente, mis dedos sin garras casi tocan el techo.

Qué bien me ha sentado esa cama, para follar bien se necesitan buenos muelles y el burdel se lo ha tomado al pie de la letra.

Veo que el dormitorio cuenta con una bañera de madera, así que empiezo a pensar en lo que costará llenarla.

Tiene el tamaño adecuado para la estatura de un drazir, obviamente, y sonrío cuando me acerco y observo que también cuenta con uno de esos cepillos de púas de alambre que vienen tan bien para las escamas.

Lo cojo con entusiasmo y la sonrisa me abandona, porque no tengo escamas que frotar.

Suelto otro gruñido y lo dejo en su sitio.

—¿Te apetece un baño?

Mircea se frota un ojo y contiene un bostezo. Creo que se me nota mucho que me apetece, porque suelta una risita cascada y asiente, para después tantear el suelo en busca de sus botas.

—¿No será muy caro?

—Pues supongo que saldrá a unos cuatro cobres.

—Es caro, déjalo. Nos bañaremos en un río.

—No te vas a morir por disfrutar de algo, Lazor.

—Alcanza una bota y se la pone en el pie que no le corresponde—.

Cómo me ha sentado esa cama y esa borrachera, he dormido como un bebé.

—Se da cuenta del error y lo corrige—. No estoy desnuda, eso que me llevo porque no tengo que vestirme.

—Se levanta y estira—. ¿Desayuno también?

Suspiro y me paso una mano por el pelo. No me vendría nada mal un baño. El rojo granate ha pasado a ser marrón.

—Solo si tienen carne en el menú y nada de patatas, por favor.

—Nada de patatas. —Abre la puerta con más fuerza de la debida—. Solo carne para mi dragón.

Arqueo las cejas, aunque no es que la muestra de afecto me haya sentado mal.

Rossana también me llamaba así y no esperaba volver a oírlo.

Me quedo quieto unos instantes, mirando la puerta que ha vuelto a cerrarse, y me obligo a pensar en todo lo que averigüé ayer, para no pensar en todo lo que le dije a Mircea.

Me siento en la cama y pienso en la mejor manera de atraer a Zaros Mor’fn, así como en el lugar en el que debería esperarlo.

No conozco esta ciudad y ni siquiera sé si está cerca, por lo que las montañas son mi mejor opción y a su vez la peor.

No estará solo, seguro que lo acompañan Garragris y Cometripas, los mejores exploradores con los que cuenta Shal’karath.

Recibirlos en las montañas me aporta la ventaja del terreno, pero a ellos también.

Recibirlos en la ciudad conllevaría que debemos ser discretos, pero estoy seguro de que Mircea la conoce mejor que yo, que sabe de lugares que podrían ponerlos en desventaja.

Será cuestión de eliminar a los exploradores y conseguir que Zaros me revele la nueva localización de Los Cuarenta, que es tan fácil como pedirle a un manco que haga el pino.

¿Y qué hago con Mircea mientras tanto? La olerán y percibirán mi olor en ella, atarán cabos y…

No, no, no, no vamos a pensar en eso ahora.

No es momento para torturarse con escenarios que todavía no han tenido lugar, pero me estoy acordando del cronista y las escamas de la espina dorsal se me erizan con solo pensar en la mirada que le dedicó.

Puede que fuese solo curiosidad, ¿pero cómo asegurarme?

Me acerqué de una forma muy estúpida y lo abordé de una forma aún más estúpida porque solo sé moverme por la vida a cabezazos.

—Te van a echar humo las orejas, Gruñidos.

Mircea ha vuelto, acompañada por unas mozas con cubos de agua.

Empiezan a llenar la bañera y veo que le da cinco cobres a una de ellas.

Sí que va a salir caro el caprichito. Se retiran al cabo de un rato, en el que sigo pensando en cómo protegerla de todo esto, y su mano coge la mía, para que me levante y la acompañe.

Estamos a solas y no lo parece. Con la diatriba de pensamientos que me torturan me siento como en un anfiteatro lleno de gente.

—Vamos a ver… —dice Mircea mientras me quita el abrigo, que cae al suelo con un ruido sordo—. Lo mismo también conviene pedirles que nos laven la ropa.

—No gastes más.

Acerca el dedo a una de las marcas triangulares que tengo por el cuerpo, apenas perceptible entre los tatuajes, y sigue sus líneas con la uña. Debería cabrearme por lo que se está atreviendo a hacer, pero solo me sale esbozar una sonrisa tímida.

Timidez, vivir para ver.

—¿Tenías una escama aquí?

—Mhm.

—¿Cómo es tener escamas? —Su dedo pasa a otra cicatriz.

—Es como tener piel, solo que es más resistente. —Lo sigo con los ojos—. Y más bonita, somos de todos los colores.

—Háblame más de eso.

—Pues… —Contengo la respiración, al ver cómo baja más—. Algunos tienen escamas triangulares, como yo, mientras que otros las tienen cuadradas o rectangulares. Cuando nos alteramos se tornan más oscuras, así que las mías son negras y rojas.

—¿Por qué os llaman «mestizos»?

—Supongo que porque tenemos atributos parecidos a los de los humanos. A tu especie no le gusta devanarse los sesos y piensa que es el centro del mundo, haz la cuenta.

Empieza a librarse de las correas de su atuendo, dedicándome miradas fugaces.

Alzo una mano para pedirle que se detenga, pero no consigo decir nada.

Por lo menos sé que está en plenas facultades, que me toca y se desnuda porque desea hacerlo.

No es un gran consuelo, pero me permito disfrutarlo, aunque esté convencido de que lo pararé si la cosa escala.

Por favor, que no escale. Recorro con las pupilas su piel aceitunada y el cabello que le baja en ondas por el hombro, cuando se lo suelta.

Trago saliva cuando las detengo en sus muslos y en el bosquecillo oscuro que hay bajo su vientre.

—Los Caminantes también tenemos tradiciones, Lazor.

—¿Hmm?

—Compartimos un baño al final del camino, con nuestros compañeros. Nos purificamos de todos los desasosiegos que traen consigo los males de las sendas que hemos recorrido y nos adentramos en las nuevas con solo lo bueno a la espalda.

—¿Y es el fin del camino?

—Sí y no. Es el fin de nuestro camino con Rona.

Asiento, con el corazón martilleándome las costillas. Lo que dice es muy bonito, pero estoy concentrado en que no se me vaya toda la sangre a la entrepierna.

—No conocía esa tradición.

—Como yo no conozco las tuyas, pero tiene remedio.

Me fijo en el corte que todavía tiene en el hombro y recuerdo que no se lo hemos curado, por lo que le acerco la nariz para comprobar que esté sana. No sé ni cómo me he atrevido, pero no se aparta, así que me atrevo un poco más. Ríe cuando lo lamo y paladeo.

—¿Y bien?

—No tienes gangrena.

—El mundo se ha perdido a un gran chamán. —Señala mis pantalones—. Te toca.

Me desnudo también, no me lleva el mismo tiempo que a ella porque solo me queda quitarme los pantalones y los calzones.

Sigue mis movimientos con los ojos, sin moverse un ápice.

Estoy tan asustado que mi cuerpo no está reaccionando como lo haría en estas circunstancias y me llevo una alegría tremenda al reparar en ello. Quieto, Lazor. Buen chico.

Me pasa los dedos por el cuello, para sentir el tacto de las escamas que me quedan.

Ronroneo un poco y contesta con un suspiro, cuando reaccionan a sus sutiles caricias.

Me observa con un deje de fascinación y mi parte desconfiada trata de convencerme de que solo soy una novedad, de que lo que siente en este momento será pasajero.

Me enojo al pensar que me molesta que pueda ser así y cierro una mano en la suya.

Bendito enojo draconiano, porque de otro modo me habría lanzado a sus labios.

—Se va a enfriar el agua.

Asiente y la observo mientras camina y se mete en la bañera. No, Lazor. Ni ahora ni nunca.

Los vapores me dan en la cara y suspiro, hará por lo menos un año que no me baño con tanto lujo.

Mircea ya se ha metido entera y ha cerrado los ojos, sus pies ni siquiera tocan el otro extremo a pesar de que se ha sentado con las piernas estiradas.

Abre un ojo y me observa mientras me acomodo y suelto pequeños gruñidos de gozo; me podría quedar aquí hasta el Final de los Tiempos, y puede que lo haga.

Recuesto los brazos en el borde y echo la cabeza hacia atrás.

—Hubo otro Caminante que me contó que no hay beso más profundo que el de un drazir. Hasta anoche no me acordé… ¿Sabes por qué me lo dijo? ¿O es que también me estaba tomando el pelo?

—No te tomaba el pelo.

—¿Y qué quiere decir?

—Nos mordemos mutuamente.

—¿Por qué?

—Algunos lo hacen para pedir disculpas o cuando simplemente no pueden expresar algo con palabras.

—¿Es como el hambre que sientes?

—No es hambre, es… No sé cómo explicarlo, nos pasa a todos los drazir cuando…

—¿Cuando qué?

«Cuando estamos enamorados», me gustaría contestar. Pero no, no vamos a ir por ahí, no hay cabida para ese tipo de conversación con la situación que tengo entre manos. Tamborileo con los dedos en el borde de la bañera.

—Es como besarse, para los humanos. Solo que nuestros besos llevan consigo la esencia del otro.