Esperanza, esa mala compañera #6
—¿Otra? No sé yo, acabarás contándoselo al posadero.
—Me gustabas antes, Lazor. Desde que te conocí me gustaste y a Rona también. ¿No te has preguntado por qué te hicimos beber directamente de nosotras, al dejar La Sangre Derramada? Admito que lo teníamos un poco orquestado.
Me detengo y la miro con el ceño fruncido. Sigue jugueteando con mi mechón, pendiente de una respuesta. Hay un brillo seductor e increíblemente ebrio en su mirada, por lo que me convenzo de que me está tomando el pelo. Literalmente.
—Joder, vaya dos. —Sigo andando.
—Fue idea de Rona, pero me pareció muy bien. Estabas triste y te quisimos animar un poco.
—Estás confusa, es todo.
—No hay mucho margen para la confusión cuando quieres que te la metan hasta el esternón… ¡Mira, te estás riendo otra vez! Soy graciosa y te gusto, deja de hacerlo tan complicado.
—Pongamos que te creo. —Me detengo frente a la puerta—. Hay cosas que no me puedo permitir, porque sé cómo acaban.
—Tienes un corazón precioso, Lazor. Rona lo sabía y yo también, aunque no te lo creas.
«Llámalo frágil, estúpido, crédulo. La causa de todos mis males se aleja mucho de ser preciosa», me contengo en contestar.
Pone un dedo en la comisura de mi boca y la estira, dice que me he puesto muy serio…
Ajena al impacto de sus palabras y más eufórica que un soldado con su primera paga.
No, aquí quedará todo. Vas a ser listo, Lazor, por una vez en tu vida. Son palabras, nada más que palabras.
Entramos en la habitación y sus dedos reptan por mi manga cuando la dejo en el lecho, antes de envolverme el brazo.
Nos miramos a los ojos y no me muevo cuando se acerca a mi cara, mi frenético corazón iguala al suyo.
Huelo la humedad de su sexo, es menos intensa que el de las drazir pero surte el mismo efecto, me tienta como la botella al borracho.
—Quítate el abrigo.
—¿Qué?
—Estás sudando mucho.
Obedezco como si no tuviese ni idea de lo que se propone, concedo de una forma vergonzosa que por lo menos me voy a dar el gusto al fantasear con que ocurrirá algo más.
Desliza la mano por la curva de mi hombro y la aprieta en torno a mi tríceps, se muerde el labio al hacerlo.
Contengo el aliento cuando sigue el trazo de las espinas que se me juntan en el pecho y agito una onda que le cae por la cara, al soltarlo.
—Así que así se siente el cuerpo de un berserker, con esto diezmabas a poblaciones enteras.
El comentario debería molestarme, pero me excita. Demasiado, el monstruo se ha desperezado al oírlo. En otras circunstancias te estaría desmontando, tendrían que apartarme de ti con brea hirviendo. Pasa el dedo por mi nuez cuando trago, para luego divagar en la tensión que pongo en el otro hombro.
—¿Por qué, Mircea? ¿Por qué te gusto? No te gusto, no es posible.
—¿Te das cuenta de la cantidad de conversaciones que tienes contigo mismo? ¿No te vuelves loco ahí dentro?
—Es que no te gusto, sé que no te gusto. No tiene sentido.
—Me encantas, deja de darle vueltas. ¿No quieres tocarme también?
—No —mi voz suena ridículamente atiplada.
—¿No?
Esquivo sus labios. Tú también me encantas, de lo contrario no me costaría dejarte claro que no va a pasar nada.
Me encantan tus ondas, me encantan tus ojos, hasta esos dientes de conejo.
Me rodea el cuello con los brazos y bajo la cabeza tan deprisa que se encuentra con mi frente de una forma muy dolorosa y repentina.
—¡Coño!
—Perdón… Es solo que… Mircea, me estás poniendo muy nervioso.
—Cachondo —corrige son sorna.
—Nervioso.
Rompe a reír, frotándose el labio con una mano y agarrándome la nuca con la otra.
—No te me escapes, por favor.
—No me quiero escapar —musito.
—¿Qué has dicho?
—Nada.
Echo la cabeza hacia atrás y me sigue, subiéndose a horcajadas.
La tengo tan dura que me hace daño, pero pongo mis energías en que no me siga desnudando.
Tiene más tentáculos que un pulpo y debo resistirme para no quedarme quieto y dejar que me atrape.
Chasqueo la lengua en una negativa cuando une su frente a la mía, luchando porque nuestros labios también se unan.
Se frota contra mi cadera y el cuero de sus pantalones chirría, la calidez que hay entre sus piernas me hace imaginar lo que hay debajo de una forma muy gráfica.
No, Lazor. Quieto, no te frotes de vuelta.
Me muerdo el labio también y una de sus manos se escurre bajo la mía, pero la pesco enseguida y la cosa se repite un par de veces.
Me mordisquea la mejilla y la oreja, cuando giro la cara y atrapo sus muñecas.
La situación es tan absurda que me estoy riendo.
Se deja caer a mi lado y se aparta el pelo de la cara, declarando:
—Cuando ocurra, será perfecto. Eres un caballero.
—¿Me estás poniendo a prueba?
—Puede.
Nos miramos a los ojos, los suyos se entornan porque se está quedando dormida. Ojalá, Mircea, si no me dieses tanto miedo. Acerco los dedos a su mejilla para acariciársela, pero cierro la mano y la dejo entre nosotros, soltando un profundísimo suspiro.